El cardenal José Cobo ha llamado a “superar la polarización y apostar por el bien común” en una entrevista concedida a Religión Digital. La frase, tomada en sí misma, resulta difícilmente discutible. La Iglesia y la sociedad española necesitan menos bloques enfrentados, menos etiquetas automáticas y mayor disposición a escuchar a quien piensa de otra manera. Hasta ahí, nada que objetar.
Una recuerda perfectamente aquellas imágenes de la JMJ de Madrid. Filas interminables de jóvenes esperando para confesarse bajo el sol de agosto en el parque de El Retiro. Sacerdotes de medio mundo atendiendo en distintos idiomas. Confesionarios llenos hasta la noche. Gente arrodillada. Silencio. Penitencia. Absolución. Iglesia Católica en estado puro.
La semana pasada, durante una conversación con un sacerdote, escuché una afirmación que me sorprendió profundamente. No porque encerrara una gran novedad teológica, sino porque contenía una verdad tan evidente que a menudo pasa desapercibida. “En la Iglesia estamos los más necesitados”.
El 8 de septiembre de 1943 Italia se derrumbó militarmente y los alemanes ocuparon Roma, transformando la ciudad eterna en una capital bajo administración nazi. Poco después, las autoridades alemanas exigieron a la comunidad judía de Roma la entrega de 50 kilos de oro bajo amenaza de deportación, un preludio del horror que estaba por venir.
Desde pequeño he tenido la inmensa suerte de recibir una sólida formación cristiana. Crecí escuchando hablar de las grandes llamadas que Dios puede hacer al corazón humano: el matrimonio, la vida consagrada, el sacerdocio e incluso la vocación a la soltería.
La reciente tensión verbal entre Donald Trump y León XIV ha vuelto a poner sobre la mesa una confusión recurrente: la tentación de leer el Evangelio con las gafas de la política interna de Estados Unidos.
Hace años el Occidente cristiano está luchando contra los planes maléficos de la Agenda de Davos 2030, en la que tienen la voz cantante las sociedades secretas.
En marzo de 2019, el Papa Francisco dejó caer una frase que en su momento sonó casi a reproche y que, con el paso del tiempo, ha ido adquiriendo un aire de diagnóstico certero. Condicionaba su visita a España a que “nos pusiéramos de acuerdo”, a que hubiera cierta paz entre nosotros.
La nota "Cor ad cor loquitur" de la Conferencia Episcopal Española ha puesto el dedo en una llaga muy actual: confundir emoción con voluntad de Dios.
En alguna mesa de despacho eclesial alguien debió de pensar que faltaba un concepto capaz de abrazarlo todo: la fe, la familia, el reciclaje, la economía doméstica, la moral sexual, la cesta de la compra y, si se tercia, el uso razonable del autobús. Y apareció la fórmula mágica: ecología integral. Suena bien. Muy redondo. Tan redondo que dentro cabe casi cualquier cosa.
El proyecto del Gobierno para blindar el aborto en la Constitución marca un punto de inflexión en la vida moral de nuestra sociedad. No estamos ante una simple reforma legal, sino ante algo más profundo: convertir en derecho lo que supone terminar con una vida humana en su etapa más indefensa.
En una rueda de prensa —de esas que deberían girar en torno a símbolos, ilusión y anuncio— se presenta el logo oficial de la visita de León XIV a España. Todo parece encajar: imagen, mensaje, expectativa. Y, sin embargo, entre los datos ofrecidos, se desliza una idea que pesa más de lo que aparenta.
En estos días, una no deja de escuchar que Torrente presidente “es la de siempre, pero con política”. Lo dicen con esa media sonrisa de quien ya sabe a lo que va. A mí, en cambio, me basta esa frase para decidir que no voy. Y, sobre todo, para inquietarme por otra cosa: la cantidad de católicos que sí irán… sin plantearse siquiera si les conviene.
La Semana Santa termina y, sin embargo, la verdadera fiesta acaba de empezar.
Hay algo que chirría. Y mucho.
Llega la Semana Santa y las calles se llenan. En Córdoba —y en media Andalucía— no cabe un alfiler. Trajes impecables, miradas emocionadas, silencios solemnes, incienso perfumando las calles... Todo parece perfecto. Todo parece fe. Pero no lo es.
Una entra en una iglesia y espera encontrar silencio, recogimiento, una lámpara encendida, el rumor de una oración quizá torpe pero sincera. Lo normal. Lo católico. Lo civilizado, incluso. No espera, desde luego, encontrarse con un número de vergüenza ajena servido entre aplausos, capote y contorsión de famoso jubilado, como si el presbiterio fuera una mezcla de plató de sobremesa y verbena con barniz solidario. Pero ya se ve que hay quienes confunden la casa de Dios con un salón de actos al que solo le falta una máquina de humo.
La escena era de foto oficial, de pasillo enmoquetado, de sonrisas medidas y firmas solemnes para consumo público.
En España es gratis odiar a la Iglesia. Eso, en una democracia, es una vergüenza y a mí presonalmente me cansa...
La expansión de la burocracia estatal es uno de esos problemas que no hacen ruido, pero lo impregnan todo.
Hoy, 19 de marzo, Día del Padre, es una fecha que invita a algo más que una felicitación. Es una oportunidad para parar y pensar en una figura que, muchas veces sin hacer ruido, sostiene una de las realidades más importantes de nuestra sociedad: la familia.
Leon XIV se muda al palacio apostolico e instala allí su residencia habitual. Además lo ha hecho con sus colaboradores más cercanos. A algunos les parece sorprendente y a otros sencillamente les encanta.
Cayó en mis manos el último número de Vida Nueva y, la verdad, tampoco puedo fingir sorpresa. Una abre la revista con esa mezcla de curiosidad y prevención con la que se mira una cazuela sospechosa en la nevera: quizá esté mejor de lo que parece, pero lo normal es que confirme lo que ya temías. Y sí, las sospechas se confirmaron otra vez. Aviso a navegantes.
