Un libro italiano de 2018 publica por primera vez cartas y notas que documenta los intentos del Pontífice para lograr la adhesión del arzobispo a las decisiones del Concilio Vaticano II.
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Pablo VI buscó en múltiples ocasiones la reconciliación con Marcel Lefebvre, fundador de la Sociedad de San Pío X, antes de agotar finalmente su paciencia ante las críticas del arzobispo sobre el concilio. Los documentos, incluidos en el libro La Barca de Pablo, escrito por Mons. Leonardo Sapienza, regente de la Prefectura de la Casa Pontificia, revelan la envergadura del conflicto que se convirtió en una de las mayores pruebas del pontificado de Pablo VI.
El enfrentamiento alcanzó su punto más crítico durante una reunión privada celebrada en la villa papal de Castel Gandolfo el 11 de septiembre de 1976. En esa ocasión, el Papa expresó su frustración ante las acusaciones del arzobispo, quien lo había calificado de "papa modernista" por aplicar las decisiones conciliares. Lefebvre llegó a sugerir que, si tales acusaciones fueran ciertas, Pablo VI debería renunciar y cederle el puesto.
Cuatro meses antes de este encuentro, el 24 de mayo de 1976, Pablo VI condenó en una reunión secreta con cardenales la doctrina que consideraba "falsa e inconsistente" y las acciones divisivas del arzobispo. La ruptura se consumó en julio cuando Lefebvre fue suspendido tras ordenar ilegalmente a trece sacerdotes en el seminario de Ecône, Suiza.
A pesar de la sanción, Lefebvre celebró una misa masiva en un estadio de Lille, Francia, ante miles de fieles y periodistas, donde defendió la fe tradicional y criticó a la "Iglesia conciliar". Después de varios intentos de mediación sin éxito, el Pontífice decidió encontrarse personalmente con el arzobispo.
El Papa abrió la conversación expresando su deseo de tener ante sí "un hermano, un hijo, un amigo", pero lamentó que la postura de Lefebvre se asemejara a la de un "antipapa". Pablo VI subrayó que el problema no era la obediencia personal, sino la obediencia hacia la institución del papado. Recordó al arzobispo que este había cuestionado su fidelidad a la fe, una acusación que el Pontífice consideraba grave.
Lefebvre, a su vez, insistió en que no buscaba atacar al Papa y reconoció que sus palabras y escritos podían haber sido inapropiados. Afirmó que su objetivo era seguir su conciencia y responder a las inquietudes de muchos fieles que temían perder la fe ante los cambios recientes en la Iglesia.
En respuesta, Pablo VI indicó que la Santa Sede estaba trabajando para eliminar abusos que no se ajustaban a la ley de la Iglesia, que es la del concilio y la tradición. El Pontífice también expresó su preocupación por la actitud del arzobispo hacia el concilio, del que había formado parte activamente.
Lefebvre argumentó que no estaba en contra del concilio, sino de algunos de sus actos. El Papa le recordó entonces que, si no se oponía al concilio, debía adherirse a todos sus documentos. Cuando el arzobispo propuso que se habilitaran capillas para rezar según la forma anterior al concilio, el Pontífice respondió que no podía permitirse autonomía en el comportamiento en diferentes lugares.
La reunión concluyó con el Papa pidiendo a Lefebvre que firmara una declaración pública retractándose de sus recientes declaraciones y acciones, calificadas como divisivas. Pablo VI cerró la conversación con una invitación a la unión en la oración y la reflexión, dejando claro que la situación requería un examen de conciencia por parte del arzobispo.
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