Veinticinco años después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, católicos que perdieron a sus seres queridos encuentran en la fe un pilar fundamental para sobrellevar el dolor. Historias de resiliencia y espiritualidad emergen entre quienes han vivido esta tragedia.
Joseph Connor, un neoyorquino de 60 años, recuerda el impacto devastador de los atentados. Se encontraba en su oficina, a medio kilómetro de la torre norte del World Trade Center, cuando un avión colisionó contra ella. Al ver caer los papeles de su oficina, comprendió que su primo, Steven Schlag, estaba en uno de los pisos superiores. La tragedia se intensificó con el segundo impacto, confirmando el ataque terrorista. Connor, que también había perdido a su padre en un atentado anterior, ha encontrado consuelo en su fe católica y en su hijo, un fraile agustiniano.
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Jean Schlag Nebbia, hermana de Steven, nunca culpó a Dios por los atentados. Su decisión de entregar su dolor a Dios marcó un punto de inflexión en su duelo. A pesar de su fe, ha comenzado a cuestionar su capacidad para perdonar a los terroristas. Vera Murphy Trayner, quien perdió a su esposo Patrick, también se apoyó en su fe, rezando el rosario en momentos críticos. Aunque ha encontrado cierta paz, la herida sigue siendo profunda. Las historias de estas personas ilustran cómo la fe católica ha operado como un mecanismo de resiliencia ante el dolor.
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