La consejera matrimonial advierte de que obligar al cónyuge a abandonar sus amigos daña la confianza, y propone el diálogo como vía para resolver este conflicto frecuente.

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Jueves, 29 de octubre
Que los amigos del cónyuge no caigan bien es algo más habitual de lo que suele reconocerse. Cuando esa incomodidad se gestiona mal, la tensión crece y el distanciamiento puede instalarse sin que la pareja sepa muy bien cómo ha llegado hasta ahí. La consejera conyugal Isabelle Gastal, del Réseau Mots croisés, propone un camino concreto para afrontar el problema sin que la relación pague el precio.
El primer paso, según Gastal, es la reflexión personal antes de abrir cualquier conversación. Conviene preguntarse qué genera exactamente el malestar: las actitudes de esas personas, los temas que tratan, sus opiniones, su modo de vida. A veces la inquietud nace de la ambigüedad de ciertas relaciones o del temor a una influencia perjudicial. La consejera recuerda el caso de una esposa que veía como una amenaza para su matrimonio —ya de por sí en dificultades— la amistad que su marido mantenía con amigos de juventud, todos ellos separados. Identificar con claridad qué es lo que realmente preocupa resulta indispensable antes de dar cualquier paso.
Una vez hecho ese ejercicio de introspección, llega el momento de abordar el asunto con el cónyuge. Muchas disputas estallan cuando alguien dice «no soporto a tus amigos» o «siempre los eliges a ellos antes que a mí», frases que colocan al otro a la defensiva de inmediato. Gastal recomienda que la conversación se produzca en un clima de calma y confianza, nunca en el calor del momento, y que lo que se exprese sea concreto y observable, no una acusación genérica. Sustituir el reproche por la descripción del propio sentimiento —«me siento incómodo cuando ocurre esto», «me cuesta relacionarme con esa persona porque…»— cambia por completo el tono del diálogo y abre la puerta a soluciones.
Si el cónyuge no comparte esa valoración, la tentación de lanzar un ultimátum —«¡Ellos o yo!»— puede ser grande. Pero Gastal advierte de que no es posible obligar a nadie a abandonar sus amistades por el simple hecho de que no gusten a la pareja. El respeto dentro del matrimonio exige reconocer que cada persona tiene derecho a construir sus propios vínculos y a establecer sus propios límites. «Podemos decir lo que nos ocurre e invitar al otro a tenerlo en cuenta, pero no podemos imponérselo. Es el cónyuge quien debe recorrer su propio camino», señala la consejera.
Cuando los dos han podido expresar sus razones, el reto es buscar juntos una salida que ambos puedan asumir. Las soluciones varían según el caso: si la amistad en cuestión propicia comportamientos que debilitan la relación —consumo excesivo de alcohol, falta de respeto, vínculos ambiguos o influencias negativas—, el cónyuge puede optar por tomar distancia. Si el problema es más bien de afinidades personales, puede bastar con reducir la frecuencia de los encuentros o reservar ciertos momentos para la pareja sin esas presencias. «Qué hacemos en esta situación es algo que cada pareja debe construir por sí misma», apunta Gastal.
Para la consejera, el objetivo último es que la pareja logre vivir en lo que denomina «seguridad emocional»: un espacio donde cada uno pueda expresar sus preocupaciones sin miedo al rechazo y sintiéndose escuchado. Cuando las inquietudes se desestiman o el tema se convierte en algo tácitamente prohibido, la complicidad y la confianza se erosionan. En palabras de Gastal, «es precisamente esa proximidad emocional la que da a la pareja la capacidad de encontrar, paso a paso, las soluciones que necesita».
Estas preguntas han sido generadas por inteligencia artificial para favorecer el diálogo y la reflexión.
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