Elizalde responde a la crisis en Vitoria: "No me defiendo a mí mismo, sino la fe de mi pueblo"

Elizalde responde a la crisis en Vitoria: "No me defiendo a mí mismo, sino la fe de mi pueblo"

El obispo de Vitoria afronta con serenidad la carta crítica atribuida a 52 sacerdotes y recuerda que desde 2017 viene alertando de la necesidad de una reacción pastoral en la diócesis.

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La Diócesis de Vitoria vive uno de sus períodos más tensos en años recientes. Una carta crítica firmada por 52 sacerdotes diocesanos ha vuelto a colocar en el centro del debate al obispo, monseñor Juan Carlos Elizalde, cuestionado por un sector del clero alavés respecto a su modelo pastoral y su forma de gobernar la diócesis.

Según publicó El Correo, los firmantes trasladan al prelado su “descontento” y una profunda discrepancia con la orientación que ha imprimido a la diócesis desde su llegada en 2016. En la carta, de diez folios, los sacerdotes hablan de una Iglesia local dividida, de una creciente desconfianza y de fieles que se sienten “desilusionados y humillados”.

El conflicto se ha agravado tras las declaraciones del propio Elizalde en Radio Vitoria, recogidas en la plataforma de audio Guau de EITB, en las que defendió su gestión y respondió con dureza a algunos de sus críticos. Sus palabras han generado malestar entre los sacerdotes firmantes, que se han sentido aludidos por expresiones especialmente severas.

Sin embargo, el obispo de Vitoria no entiende esta crisis como una cuestión de defensa personal. En conversación con Iglesia Noticias, monseñor Elizalde resume así su posición: “Estoy tranquilo porque no me defiendo a mí mismo, sino la fe de mi pueblo”.

Esta frase abre la verdadera clave de su respuesta. Para Elizalde, no se trata de una pugna de poder con un sector del presbiterio ni de una cuestión de imagen personal, sino de una preocupación pastoral que viene expresando desde sus primeros años en Vitoria: la necesidad de que la diócesis reaccione ante una situación que él considera grave desde el punto de vista evangelizador, vocacional y eclesial.

Para comprender lo que hoy sucede en la Iglesia alavesa conviene remontarse a una homilía pronunciada hace casi una década. En la Misa Crismal de 2017, apenas un año después de su llegada a Vitoria, Elizalde ya se dirigió con claridad a sus sacerdotes y les presentó un diagnóstico exigente sobre la situación de la diócesis.

Aquel texto, ahora recuperado por la propia diócesis, demuestra que el obispo no ha empezado ahora a hablar de crisis. Ya entonces advertía de una realidad pastoral “dramática” y de una falta de reacción ante los desafíos que tenía por delante la Iglesia de Vitoria.

“No tengo el corazón puesto en otro sitio. Aquí, con vosotros, y para el Señor y los hermanos quiero volcar toda mi energía”, afirmó en aquella celebración. Y añadió una frase especialmente significativa a la luz de las acusaciones actuales: “Sigo aprendiendo a ser obispo. Sigo necesitando de vuestros consejos. Me hacéis un gran bien cuando me decís las cosas francamente”.

Estas palabras matizaban la imagen de un obispo cerrado al diálogo que sus críticos proyectan hoy. En aquella homilía, Elizalde reconocía expresamente sus límites, admitía que podía haber herido al señalar algunas carencias del presbiterio y afirmaba que nunca había pretendido “anular, desenmascarar o desautorizar a nadie”.

También explicaba que había elegido un Consejo Episcopal “variado” para que le completara y subrayaba que escuchaba y quería aprender de quienes le comunicaban sus observaciones. La cuestión, para él, no era evitar el diálogo, sino orientar ese diálogo hacia una verdadera conversión pastoral.

El núcleo de su mensaje de 2017 era inequívoco: la diócesis no podía permanecer instalada en la resignación. “El problema no es la situación trágica de nuestra Iglesia de Vitoria sino la falta de reacción”, dijo entonces. Y preguntó a sus sacerdotes si estaban dispuestos a abrir el corazón al obispo, al Consejo Episcopal y al conjunto del presbiterio.

La carta crítica que ahora ha trascendido presenta a Elizalde como causa de división. Pero, leída a la luz de aquella homilía, también puede interpretarse como la confirmación de una tensión antigua: la dificultad de una parte del clero para asumir una renovación pastoral que el obispo venía reclamando desde el inicio de su ministerio episcopal en Vitoria.

Elizalde planteaba ya entonces la necesidad de pasar de una Iglesia de mantenimiento a una Iglesia evangelizadora. Hablaba de un nuevo Plan Pastoral Diocesano, de una apuesta prioritaria por las vocaciones, de la maduración del laicado y de un renovado amor a la Iglesia. No lo formulaba como una ruptura con la diócesis, sino como un intento de despertar energías dormidas.

Uno de los puntos más llamativos de la carta de los sacerdotes críticos es la acusación de haber desplazado al laicado y, en particular, a las mujeres. Sin embargo, en aquella homilía de 2017, Elizalde dedicó un apartado específico a la “maduración del laicado”. Allí insistía en que los bautizados no podían quedar reducidos al ámbito litúrgico, celebrativo o catequético.

“El lugar de actuación del bautizado maduro es la familia, la empresa, la política, la educación, los sindicatos, los medios de comunicación, la acción social y la vida cultural”, afirmó entonces. Su tesis era que una verdadera madurez laical no consiste sólo en ocupar espacios intraeclesiales, sino en vivir la fe en medio del mundo con formación, responsabilidad y amor a la Iglesia.

También la crítica a la presencia de nuevas realidades eclesiales en la diócesis debe leerse con cautela. La carta menciona al Camino Neocatecumenal, al Opus Dei, a Pro Ecclesia Sancta y a otras sensibilidades como si su presencia implicara una ruptura con la tradición pastoral local. Pero la pluralidad de carismas forma parte de la vida ordinaria de la Iglesia, siempre que se integren en comunión con el obispo y al servicio de la evangelización.

En este sentido, la cuestión de fondo no parece ser únicamente organizativa, sino eclesial: qué modelo de diócesis se quiere para afrontar un contexto de secularización, envejecimiento del clero, crisis vocacional y pérdida de transmisión de la fe.

Otro elemento relevante es la forma en que se ha conocido la carta. Según la versión difundida en el entorno diocesano, el documento fue entregado al obispo el lunes 4 de mayo por dos sacerdotes, con sus dos únicas firmas, aunque en nombre de un grupo más amplio de presbíteros. También se le comunicó que no había intención de hacerlo público. Al día siguiente, sin embargo, el contenido ya era conocido.

Este dato no invalida el malestar de quienes apoyan el documento, pero introduce una pregunta legítima: quienes acusan al obispo de falta de transparencia han impulsado una carta de gran impacto público sin que inicialmente aparezcan los nombres de todos los firmantes. La crítica a la gobernanza episcopal queda así acompañada por una cierta opacidad en la propia forma de plantear la discrepancia.

La crisis llega, además, después de las críticas a la homilía de Elizalde en la festividad de San Prudencio, donde sus palabras incomodaron a sectores políticos, especialmente socialistas y nacionalistas. Ese contexto ha contribuido a amplificar una tensión que ya existía dentro de la diócesis, pero que ahora ha adquirido una dimensión pública mucho mayor.

Las declaraciones del obispo en Radio Vitoria han añadido dureza al momento. Algunos de sus términos han causado dolor entre los sacerdotes críticos. Pero también reflejan un desgaste acumulado de años y una convicción que Elizalde ha repetido desde el principio: la situación de la diócesis no se resuelve con lamentos, sino con una reacción pastoral real.

En la Misa Crismal de 2017, el obispo no negó el trabajo de muchos sacerdotes. Al contrario, agradeció el “enorme trabajo pastoral” desarrollado en las comunidades. Pero quiso señalar que no bastaba con seguir haciendo las cosas como si todo fuera bien. “Hoy no basta aguantar”, dijo. Para él, la diócesis necesitaba más alegría, más experiencia de Dios, más pasión apostólica y más comunión.

Ese es el punto decisivo. La tensión actual no puede reducirse a una batalla entre un obispo y un grupo de sacerdotes descontentos. En el fondo hay dos lecturas distintas de la situación de Vitoria. Para los críticos, Elizalde habría impuesto una orientación pastoral ajena a la tradición local. Para el obispo, en cambio, la diócesis necesitaba salir de una dinámica de inercia para recuperar vigor evangelizador.

“Yo apuesto con toda mi alma por la esperanza, el crecimiento, la comunión y el trabajo apasionado de futuro”, dijo Elizalde en 2017. Esa frase resume su planteamiento. No aparece ahí un deseo de fractura, sino la voluntad de convocar a la diócesis a una respuesta común ante un momento que él consideraba crucial.

La pregunta ahora es si la Iglesia de Vitoria será capaz de convertir esta crisis en una ocasión de verdad, comunión y conversión pastoral, o si quedará atrapada en una guerra interna entre sensibilidades. La carta de los 52 sacerdotes ha puesto sobre la mesa un malestar real. Pero la homilía de 2017 muestra que Elizalde llevaba años poniendo sobre la mesa otro malestar: el de una diócesis que, a su juicio, debía reaccionar para no resignarse a la pérdida de impulso evangelizador.

Por eso, la frase que el obispo traslada ahora a Iglesia Noticias no es sólo una defensa ante una polémica. Es una clave de lectura de todo su ministerio en Vitoria: “Estoy tranquilo porque no me defiendo a mí mismo, sino la fe de mi pueblo”.

Lo que algunos presentan como autoritarismo puede leerse, desde sus propias palabras, como el esfuerzo de un pastor por despertar una Iglesia local que encontró debilitada, envejecida y necesitada de una nueva pasión misionera. En Vitoria, el debate de fondo no es sólo sobre el estilo de un obispo, sino sobre la capacidad de una diócesis para afrontar, sin nostalgia ni resignación, la crisis de transmisión de la fe.

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Comentarios
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Javier Lara
Ayer
Es inaceptable que la Diócesis de Vitoria esté atravesando una crisis tan profunda y el obispo siga en modo defensivo. Se necesita un enfoque más colaborativo, donde se escuche verdaderamente a los sacerdotes y a los feligreses, y no solo se responda a las críticas con desdén. La fe y la comunidad deben ser prioridad, pero eso requiere humildad y disposición al diálogo genuino.
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