El Viernes Santo es, probablemente, el día más sobrecogedor de toda la Semana Santa. No solo por lo que se recuerda, sino por cómo se vive. A lo largo de la jornada —y especialmente en los oficios— se suceden una serie de gestos que llaman.
El Viernes Santo es, probablemente, el día más sobrecogedor de toda la Semana Santa. No solo por lo que se recuerda, sino por cómo se vive. A lo largo de la jornada —y especialmente en los oficios— se suceden una serie de gestos que llaman la atención incluso a quienes no están familiarizados con la tradición cristiana: el beso a la cruz, el silencio profundo, la ausencia de música, la sobriedad del templo. Son gestos sencillos en apariencia, pero cargados de significado. Cada uno de ellos forma parte de un lenguaje que no se expresa solo con palabras, sino también con símbolos. El beso a la cruz: un gesto de veneración Uno de los momentos más impactantes del Viernes Santo es la adoración de la cruz. Durante la celebración, los fieles se acercan uno a uno para besarla o tocarla. A primera vista, puede resultar extraño: ¿por qué besar una cruz? La clave está en lo que representa. La cruz no es un simple objeto, sino el símbolo del lugar.
