El cardenal Müller exige detener el proceso, mientras los nuevos líderes alemanes buscan alinearse con Roma.

El boletín de hoy
Miércoles, 4 de noviembre
El obispo de Münster Heiner Wilmer, nuevo presidente de la Conferencia Episcopal Alemana, ha adoptado un tono marcadamente distinto al de su predecesor, enfatizando la fidelidad a la doctrina de la Iglesia y la comunión plena con Roma en medio de la conclusión del Camino Sinodal alemán. El treinta de octubre, en una intervención ante la asamblea plenaria del Consejo de las Conferencias Episcopales Europeas (CCEE) celebrada en Salzburgo, Wilmer aseguró que los obispos alemanes desean recorrer su camino «como Iglesia Católica, en plena comunión con el Santo Padre y en fidelidad al Magisterio de la Iglesia».
El contraste con las posiciones anteriores resulta particularmente evidente en las críticas del cardenal Gerhard Ludwig Müller, prefecto emérito de la Congregación para la Doctrina de la Fe. En una entrevista publicada por el Gibbons Institute el diecinueve de octubre, Müller reclamó públicamente la detención del Camino Sinodal alemán, argumentando que el proceso no puede servir de vehículo para introducir ideas heréticas en la antropología cristiana ni para negar los misterios revelados. «Estos documentos que publican no tienen sentido, no tienen valor para el magisterio», afirmó el purpurado, quien subrayó que la Iglesia «no es un sínodo permanente».
A juicio de Müller, las asambleas del Camino Sinodal apenas dedicaron atención a Dios, a la revelación o a Jesucristo como único Salvador. «El grueso del debate se centró en asuntos de índole social y política», denunció el cardenal, quien defendió que una auténtica reforma eclesial solo puede brotar de la fidelidad a la doctrina recibida.
Müller dedicó parte de su intervención a criticar el despliegue de símbolos LGBT en determinadas diócesis y entidades eclesiales alemanas como señal de apertura. «No hay lugar para las banderas arcoíris en la Iglesia», declaró, defendiendo que la identidad católica debe girar en torno a Cristo y a la Cruz, y no a emblemas de carácter ideológico o político. El cardenal vinculó esa tendencia con la penetración de corrientes como el movimiento woke y la política identitaria.
El Camino Sinodal ha concluido formalmente. Su sexta y última asamblea tuvo lugar en Stuttgart en enero de dos mil veintiséis, y los estatutos de la proyectada Conferencia Sinodal permanente —órgano en el que participarían conjuntamente obispos y laicos— fueron remitidos a Roma a finales de marzo, donde permanecen en estudio por parte de los dicasterios vaticanos.
En su intervención de Salzburgo, Wilmer enunció tres criterios que deben regir los próximos pasos de la Iglesia en Alemania: que cada decisión se ajuste plenamente al derecho canónico y al orden eclesial; que las reflexiones e iniciativas se desarrollen en diálogo estrecho con Roma; y, el que más atención ha concentrado, que los alemanes no quieren «un camino específicamente alemán que nos aleje de la Iglesia universal».
El presidente de la Conferencia Episcopal reconoció ante sus colegas europeos que tanto la Santa Sede como otros episcopados del continente albergan inquietudes sobre el rumbo de la Iglesia alemana, e indicó que tiene intención de tomarlas en serio. Recordó que el origen de todo el proceso de reformas fue la profunda herida causada por los escándalos de abusos sexuales y de abuso de poder dentro de la institución, admitiendo la erosión de la confianza de los fieles: «Debemos reconocer con humildad que muchas personas han perdido la confianza en nosotros».
Wilmer consideró que el Camino Sinodal en su configuración original ha llegado a su fin, y que lo que debe abrirse paso a partir de ahora es un itinerario de conversión, responsabilidad y renovación.
El cambio de tono resulta llamativo comparado con su predecesor, el obispo Georg Bätzing. Mientras Wilmer subrayó la necesidad de «plena comunión con el Santo Padre y fidelidad al Magisterio» en el impulso reformador, Bätzing atacó directamente al Papa León XIV, calificando de «inadecuada y, por sus posibles implicaciones, profundamente problemática» la respuesta del Pontífice a las conclusiones alemanas sobre la crisis de los abusos.
Ambos obispos comparten origen generacional —nacidos en abril de mil novecientos sesenta y uno— y orientación teológica progresista, pero sus estilos de liderazgo divergen de forma notable. Wilmer, que estudió en París y Roma y ejerció la docencia en el Bronx, aparece como un mediador meticuloso entre la Iglesia alemana y el resto del mundo católico. Bätzing, formado principalmente en la cultura eclesiástica alemana, se perfiló como defensor combativo de la singularidad del camino propio.
Wilmer fue elegido presidente de la Conferencia Episcopal en febrero de dos mil veintiséis. La presión del entorno internacional no es menor: dos obispos auxiliares alemanes reconocieron hace pocas semanas que, durante el curso para nuevos obispos celebrado en Roma, varios colegas de otros países les preguntaron abiertamente si lo que ocurre en Alemania «sigue siendo católico». La intervención de Salzburgo constituye, desde que Wilmer preside el episcopado alemán, la formulación más explícita de su posición sobre la relación entre el proceso nacional y la Iglesia universal.
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