

Un jueves por la noche, en una parroquia cualquiera de Madrid, una puede encontrarse la iglesia llena de chavales de rodillas delante del Santísimo. Música bajita, silencio de verdad y cola en los confesionarios. Nadie les ha mandado una circular. Nadie les ha explicado el kerigma con notas a pie de página. Nadie ha pedido ayuda a la Secretaría de Estado para que vayan. Alguien les habló de Cristo, y fueron.
Lo cuento porque el 27 de octubre el cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, concedió a Religión Confidencial una breve entrevista sobre la acogida de Venite ad me, el documento sobre la transmisión de la fe que su dicasterio publicó el 22 de octubre. Un texto aprobado por León XIV el 21 de agosto, que reclama volver al kerigma, al primer anuncio, al corazón de todo. Y el prefecto, preguntado por si esperaba más eco, contesta con una sinceridad que casi desarma: «En realidad no. Era realista».
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Viernes, 30 de octubre
Hasta ahí, nada que objetar. Un pastor que no se engaña con los aplausos es una rareza que se agradece.
Lo llamativo no es que el documento haya pasado sin pena ni gloria. Lo llamativo es el reparto de culpas que viene a continuación. Porque, según el cardenal, «es lógico que este tema del nuevo documento, tan conectado con aquel», con el llamado de Francisco al anuncio misionero, «no despierte pasiones». ¿Y por qué? Pues porque «a los sectores conservadores lo que los desvela es la transmisión de la moral sexual», mientras que a los progresistas «les apasionan los cambios estructurales y el diálogo con la sociedad». Y remata: a unos y a otros el encuentro con Cristo vivo les suena a algo «romántico», casi fuera de la realidad. «En esto coinciden».
Ya no analiza: reparte. Ya no discierne: clasifica. Ya no pregunta qué ha fallado: señala a quién ha fallado. Hace unos meses escribí, a propósito de Vida Nueva, que la vieja jugada consiste en poner las etiquetas y, casualmente, quedarse con el centro moral del tablero. El cardenal ha perfeccionado la técnica. Ya no hay un solo bando sospechoso, sino dos, y en medio, sereno, equidistante, el árbitro que firma el documento. Muy cómodo todo.
Pero no se vayan todavía, que aún hay más.
Le preguntan si no habría sido útil una conferencia de prensa, como se hizo con otros documentos. Y responde: «No creo, porque en este contexto me habrían preguntado sobre otros temas y no sobre el tema de este documento. Creo que habría sido contraproducente».
¿Sobre qué otros temas, Eminencia? ¿Qué contexto es ese que aconseja no dar la cara? ¿Desde cuándo un documento que pide salir a anunciar se presenta sin abrir la boca? El kerigma pide plaza pública; el documento salió por la puerta de servicio. Y luego nos extraña que no lo haya visto nadie.
Y aquí llega lo divertido. Porque el cardenal no se rinde: «No, yo persisto». ¿Y cómo persiste? Pidiendo ayuda a la Secretaría de Estado «para solicitar a las Conferencias episcopales un esfuerzo de recepción y aplicación». O sea: la cautivante experiencia de Cristo vivo, tramitada por valija diplomática. Más burocrático, solo un formulario por triplicado. Y cierra con un «Veremos» que no sé si es esperanza o resignación.
Ahora bien, lo de la moral sexual merece capítulo aparte. Porque una tiene memoria. El 18 de diciembre de 2023, este mismo dicasterio, recién estrenado su prefecto, publicó Fiducia supplicans, la declaración que abría la posibilidad de bendecir a parejas en situación irregular y a parejas del mismo sexo. La respuesta fue un terremoto: cardenales, obispos y conferencias episcopales enteras la rechazaron o la recibieron con frialdad, los obispos de África declinaron aplicarla y el propio dicasterio tuvo que publicar después una nota para aclarar lo que había querido decir.
No fueron los conservadores quienes convocaron ese debate. Se lo encontraron en el buzón, con membrete de Doctrina de la Fe. Y ahora resulta que el problema es que la moral sexual les «desvela». Qué extraño. Qué inesperado. Qué casualidad más persistente. Es como incendiar el salón y quejarse luego de que los invitados no presten atención al postre.
Y, puestos a hablar de pasiones, el cardenal es la última persona que debería sacar el tema. Pocas semanas después de Fiducia supplicans, en enero de 2024, reapareció un libro suyo de 1998 titulado, ni más ni menos, La pasión mística. Espiritualidad y sensualidad. Noventa y pocas páginas en las que, entre «El fuego del amor divino» y «Hermosa mía, ven», aparecían capítulos como «Orgasmo masculino y femenino», «El camino hacia el orgasmo» y, para rematar la faena, «Dios en el orgasmo de la pareja». No lo invento yo: son los títulos del índice. Ya antes, en 1995, había firmado Sáname con tu boca. El arte de besar. Una trayectoria muy coherente, eso sí.
Cuando el libro salió a la luz, el cardenal explicó que era «un libro de juventud que ciertamente ahora no escribiría», que lo había retirado al poco de publicarse y, más tarde, que había comprado y destruido los ejemplares porque, según los estándares de hoy, era «inconveniente». Bien está rectificar. Pero el libro tampoco figuraba en el currículum oficial con el que fue nombrado prefecto. Lo que no se cuenta no existe, hasta que existe.
Así que recapitulemos. El prefecto que escribió sobre la presencia de Dios en el orgasmo de la pareja, el que firmó el documento que obligó a media Iglesia a discutir sobre bendiciones de parejas, es el mismo que ahora lamenta que a los conservadores solo les desvele la moral sexual. ¿Quién ha estado hablando de moral sexual estos años, Eminencia? ¿Quién ha puesto el tema encima de la mesa una y otra vez? ¿Quién ha escrito sobre ello con capítulos que una no lee en voz alta en la catequesis? Qué manera tan curiosa de echar en cara a los demás la conversación que uno mismo ha protagonizado.
Y hay algo más que el cardenal no parece haber visto. Esos «sectores más clásicos» a los que, según él, el encuentro con Cristo les suena a cuento romántico son, en no pocos casos, los mismos que llenan los retiros de Emaús, de Effetá, de Bartimeo, las noches de adoración de Hakuna. Los mismos a los que la Comisión para la Doctrina de la Fe de nuestra Conferencia Episcopal reconoció en marzo como signo de un «renacer de la fe cristiana». Es decir, el kerigma no está muerto. Simplemente no está donde el prefecto lo busca. «Mira la realidad», le dice al periodista. Pues eso. Mírela.
Y ahora, para que nadie diga que me pongo borde por deporte, conviene reconocer lo que es de justicia. El cardenal tiene razón en media frase, y no es poca cosa: hay un progresismo eclesial que lleva años confundiendo la reforma de la Iglesia con un organigrama nuevo. Y tiene toda la razón en lo que dice al final: «Hemos migrado del corazón del Evangelio hacia otras cuestiones que no se entienden ni seducen sin ese corazón». Magnífico. Verdadero. Lo firmo. También acierta al lamentar que Dilexit nos, aquella preciosa encíclica de Francisco sobre el Corazón de Cristo, pasara por las diócesis como pasa la lluvia por un tejado de uralita: mucho ruido un rato y nada dentro.
Por eso duele más. Porque el diagnóstico es bueno y el diagnosticador se ha quedado fuera del cuadro.
Y aquí está lo que el cardenal no se atreve a decir, así que lo digo yo. Si lo que propone no interesa ni a la derecha ni a la izquierda, ni a progresistas ni a conservadores, ni a obispos ni a movimientos, quizá el problema no esté en la derecha, ni en la izquierda, ni en los obispos, ni en los movimientos. Quizá esté en quien habla. Cuando nadie escucha a nadie, la culpa es del ambiente. Cuando nadie te escucha a ti, conviene mirarse al espejo.
Ese es el truco de fondo: el kerigma no ha perdido interés; lo ha perdido el mensajero. Tres años de documentos que hay que aclarar después de publicarlos. Una declaración, Fiducia supplicans, que necesitó una nota explicativa para decir lo que supuestamente ya decía. Una nota sobre la Virgen que despachó como «siempre inapropiado» un título que han usado papas y santos. Ocurrencias, matices que nadie pidió, ambigüedades servidas como profundidad, doctrina con grandes dosis de indefinición y un currículum con capítulos que había que esconder. Muy pastoral todo. Y así, documento a documento, el prefecto ha ido gastando el poco prestigio que le quedaba, hasta llegar a este punto: el día en que por fin dice algo sensato, algo que cualquier católico de misa firmaría, ya no le cree nadie.
No es que el tema no despierte pasiones. Es que él ya no despierta confianza. Que no es exactamente lo mismo.
Las pasiones no se apagan solas, Eminencia. Se consumen. Y quien ha dividido a los fieles con un documento difícilmente los unirá con el siguiente pidiendo, encima, que la culpa sea de ellos. Antes de repartir responsabilidades entre derechas e izquierdas, convendría preguntarse por qué la voz de Doctrina de la Fe se escucha hoy con más recelo que confianza. No es una conspiración. Es una consecuencia.
Mientras tanto, el jueves que viene, en una parroquia cualquiera, la iglesia volverá a llenarse de chavales de rodillas. Sin rueda de prensa. Sin Secretaría de Estado. Sin necesidad de un prefecto que les explique por qué no se apasionan.
Dice el cardenal que era realista. Pues seamos realistas los dos. Si persiste, que persista en otra parte. Un prefecto al que ya no escucha nadie no sirve a la doctrina, ni al Papa, ni a la fe que dice querer transmitir. Ha llegado la hora de que le dé las gracias a León XIV, recoja sus papeles y se vuelva a casa.
Veremos, dice. Ojalá pronto.
Estas preguntas han sido generadas por inteligencia artificial para favorecer el diálogo y la reflexión.
¿Crees que el cardenal Víctor Manuel Fernández tiene razón al señalar que tanto conservadores como progresistas ven el encuentro con Cristo como algo romántico y alejado de la realidad?
¿Te parece coherente que el prefecto critique que la moral sexual desvele a los conservadores, teniendo en cuenta su trayectoria académica sobre el tema?
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