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El boletín de hoy
Jueves, 5 de noviembre
León XIV predica en San Pedro sobre el seguimiento de Cristo, la resurrección y la oración por los difuntos como expresión de fe y esperanza.
León XIV predicó este jueves en la Basílica de San Pedro una homilía sobre la esperanza cristiana en la resurrección y la comunión de los santos, meditando sobre el sentido espiritual de la muerte y la oración por los difuntos. El Papa partió de las palabras de Jesús en el Evangelio de San Juan: «El que quiera servirme, que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor» (Jn 12,26).
El Pontífice subrayó que seguir a Jesús exige recorrer «el camino de la gloria a través de la cruz». Quien camina tras Cristo se convierte en su servidor y permanece unido a Él, sobre todo en las pruebas y el sufrimiento. Para sostener esta enseñanza, León XIV acudió al apóstol Pablo: «Si hemos muerto con él, viviremos con él» (2 Tm 2,11).
La homilía se pronunció en el contexto de la celebración por el sufragio de cardenales y obispos fallecidos durante el pasado año. El Papa presentó la oración por los difuntos no como un gesto aislado, sino como expresión de «certeza de fe y de esperanza» que anima la vida entera de la Iglesia.
León XIV reflexionó sobre el lugar del recuerdo en la tradición cristiana, citando las palabras de Santa Mónica, madre de San Agustín, pronunciadas poco antes de su muerte: «Solamente os ruego que os acordéis de mí ante el altar del Señor doquiera que os hallareis» (S. Agustín, Confesiones, IX, 11, 27).
El Pontífice señaló que el misterio de la muerte está íntimamente unido a la oración por los difuntos, práctica que la Iglesia mantiene «desde sus orígenes, siempre ha practicado como uno de sus deberes fundamentales».
León XIV ahondó en dos verdades doctrinales que dan sentido al sufragio por los difuntos: la esperanza en la resurrección y la comunión de los santos. Tomó como base el relato de Judas Macabeo (2 M 12,43-46), en el que el caudillo judío ofrece un sacrificio expiatorio por compañeros caídos en batalla, fundamentando su gesto «en la certeza de que la comunión entre nosotros vivida en la tierra, aun cuanto esté marcada por límites y culpas, no se debilita si se pone en las manos de Dios».
Ese gesto, explicó el Papa, constituye «un acto de fe, porque ofreció su sacrificio con la firme esperanza de que los muertos iban a resucitar». A la luz de Cristo resucitado, la Iglesia reza también por sus difuntos «en virtud de esta gran esperanza que nos ha sido dada en el misterio pascual».
León XIV citó la exhortación del apóstol Pablo con «celo apremiante»: «¡Si no hay resurrección, Cristo no resucitó! Y si Cristo no resucitó, es vana nuestra predicación y vana también la fe de ustedes» (1 Co 15,13-14), dejando claro que la oración por los difuntos carece de sentido si se arranca de la promesa de la resurrección.
El Pontífice afirmó que «rezar en sufragio de los difuntos significa celebrar la vida»: la vida resucitada de Cristo y, por su gracia, la de todos los bautizados que en Él resucitan. Presentó el sacrificio eucarístico como «el memorial de su Pascua, mediante la cual nos ha salvado entregándose a sí mismo por nosotros».
León XIV pidió que «el recuerdo de los difuntos no se reduzca a mera nostalgia», sino que sea meditado desde la fe. Recordó las palabras de Jesús en el Evangelio de San Juan: «el Señor está vivo, nos espera y ya ha preparado un lugar para nosotros en la casa de su Padre» (cf. Jn 14,2-3).
Una de las ideas centrales de la homilía fue que «cuando oramos por los difuntos, lo hacemos no solo por ellos, sino también con ellos», en una reciprocidad vivificada por el Espíritu Santo. La Iglesia, explicó el Papa, es un «misterio de comunión entre Cristo, la cabeza, y nosotros, sus miembros; de Él recibimos la vida».
Esa comunión une a «los espíritus bienaventurados que ya contemplan el rostro de Dios» con cuantos, en el cielo o en la tierra, avanzan hacia «la meta luminosa».
El Papa cerró la homilía con una afirmación teológica de fondo: «En Cristo la muerte no deshace los vínculos, sino que los transfigura en una nueva dimensión, que se comprende solo en el misterio de su amor entregado hasta el fin en la cruz y derramado después de la victoria pascual».
León XIV animó a los fieles a custodiar esta comunión acogiendo en la Eucaristía «la caridad del Señor Resucitado», para que al llegar su hora puedan «recibir el sufragio de los hermanos peregrinos y gozar con todos los santos de la alegría de la patria celestial».
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