
El Papa León XIV recurrió a Santa Teresa del Niño Jesús para subrayar que, sin amor, la fe pierde su contenido y la esperanza se vuelve vacía.
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Sábado, 24 de octubre
El Papa León XIV centró su meditación dominical ante los fieles congregados en la Plaza de San Pedro, antes del rezo del Ángelus, en el mandamiento del amor como núcleo de la relación entre el hombre y Dios. El punto de partida fue el pasaje del Evangelio de Mateo en que un doctor de la Ley interroga a Jesús sobre el precepto más importante, y a partir de ahí el Pontífice desarrolló una catequesis sobre la naturaleza personal e inseparable del amor a Dios y al prójimo.
Ante la pregunta del doctor de la Ley —«¿Cuál es el mandamiento más grande de la Ley?»—, Jesús responde citando el Deuteronomio: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas». León XIV subrayó que en esa respuesta Cristo sitúa el amor en el centro mismo del vínculo con Dios: no basta reconocer su existencia, su unicidad o su omnipotencia; lo que el Señor reclama es una relación personal. El único Dios verdadero, señaló el Papa, quiere ser nuestro Dios.
Ese primer mandamiento, advirtió el Pontífice, no puede entenderse de forma aislada. Junto a él, el Señor añade un segundo: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Ambos preceptos brotan de la misma fuente, de modo que quien los pone en práctica vence el egoísmo y transforma incluso el amor propio en caridad, orientando la existencia hacia el otro y convirtiéndola en don para quienes están al lado.
Antes de concluir, el Papa recurrió a las palabras de Santa Teresa del Niño Jesús, a quien presentó como alguien que comprendió con hondura el alcance de estos dos mandamientos. La santa afirmó que «solo el amor puede hacer actuar a los miembros de la Iglesia» y que, si ese amor llegara a extinguirse, el Evangelio dejaría de anunciarse. León XIV hizo suya esa convicción al advertir a los fieles que, sin amor, la fe quedaría despojada de su contenido, las buenas obras se reducirían a mero moralismo y la esperanza resultaría vana.
El Santo Padre cerró su meditación con una petición a Dios: la gracia de un corazón nuevo, capaz de acoger y vivir el gran mandamiento. Encomendó esa súplica a la intercesión de la Virgen María, cuyo corazón inmaculado, dijo, no alberga sino amor.
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