El arzobispo Fortunatus Nwachukwu advierte sobre los límites de la inculturación del Evangelio, rechazando tanto la uniformidad como la sacralización de particularismos que contradicen el mensaje cristiano.
Según ha informado tribunechretienne.com, el 3 de septiembre de 2026, el arzobispo Fortunatus Nwachukwu, secretario del Dicasterio para la Evangelización, se dirigió a los nuevos obispos en Roma para abordar la inculturación del Evangelio y sus límites precisos. En su intervención durante los cursos de formación para los obispos recientemente ordenados, Nwachukwu destacó con claridad la necesidad de que las culturas acepten ser "purificadas, transformadas y abiertas por el Evangelio" para lograr una verdadera inculturación que no caiga ni en sincretismo ni en fundamentalismo cultural.
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El arzobispo nigeriano abordó temas particularmente delicados y urgentes como el tribalismo, el sistema de castas, el racismo y el regionalismo dentro de la estructura eclesial. Estos fenómenos plantean una cuestión teológica más amplia y fundamental: ¿hasta dónde puede llegar la inculturación sin comprometer la integridad del mensaje cristiano? Nwachukwu explicó que la inculturación implica el arraigo vivo del Evangelio en una cultura específica, permitiendo que esta exprese la fe a través de su lengua vernácula, sensibilidades particulares y tradiciones autóctonas. Sin embargo, subrayó de forma contundente que esta diversidad cultural tiene un límite fundamental e innegociable: una costumbre local no se convierte automáticamente en cristiana solo por ser antigua o por formar parte de la identidad profunda de un pueblo.
El arzobispo formuló un principio claro y jerárquico sobre la inculturación, afirmando que alcanza su madurez y plenitud cuando la cultura se deja "purificar, transformar y abrir por el Evangelio". Este orden de términos resulta crucial teológicamente, ya que el cristianismo puede manifestarse legítimamente en diversas culturas, pero la palabra de Cristo no debe equipararse jamás a las costumbres humanas, por respetables que sean. Las tradiciones deben ser honradas en su verdad y belleza intrínsecas, pero también deben ser iluminadas por la luz del Evangelio, corregidas donde sea necesario, y eventualmente abandonadas si contradicen el Evangelio o la dignidad fundamental de la persona humana.
Nwachukwu enfatizó que la inculturación tiene sus límites precisos y su verdadera grandeza reside justamente en el hecho de que el Evangelio no puede ser reducido a las dimensiones restrictivas de una cultura particular. "Las costumbres, por respetables que sean, son necesariamente limitadas, mientras que la palabra de Cristo abre al ser humano a una verdad y comunión que trascienden las divisiones de nacimiento, tribu, lengua o región", afirmó el arzobispo. Por lo tanto, inculturar el Evangelio no significa encerrarlo en las categorías cognitivas y valorativas de un pueblo específico, sino permitir que este descubra, a partir de su propia cultura como punto de partida, la amplitud transformadora de un mensaje que lo transforma integralmente.
El arzobispo también abordó directamente el tema del tribalismo eclesial, señalando con precisión que el apego legítimo a una comunidad local o región geográfica no es condenable en sí mismo. Sin embargo, se convierte en un obstáculo grave cuando esta pertenencia particular se antepone deliberadamente a la comunión cristiana universal. "Una cultura evangelizada por Cristo se vuelve capaz de dar y recibir", afirmó Nwachukwu, añadiendo que una comunidad verdaderamente evangelizada "no necesita construir muros para mantener su identidad".
Esta visión equilibrada evita dos extremos perniciosos: la eliminación programática de culturas particulares en nombre de una uniformidad católica desincarnada, y la sacralización de particularismos locales que escapan completamente al juicio crítico del Evangelio. Nwachukwu advirtió además que una Iglesia particular siempre posee necesariamente una historia particular, lengua vernácula y cultura específica, pero nunca debe convertirse en un "feudo cultural" donde el poder eclesiástico se distribuye según criterios étnicos o tribales.
La verdadera identidad del cristiano, insistió Nwachukwu con énfasis pastoral, no proviene de su origen geográfico, lengua materna o etnicidad, sino del bautismo y su pertenencia radical a Cristo. Esta afirmación cobra relevancia práctica inmediata al asignar responsabilidades y liderazgo eclesial, donde el arzobispo advirtió expresamente contra el "síndrome del hijo del suelo", que favorece de forma sistemática a quienes son originarios de un territorio específico para ejercer roles de liderazgo. "La pregunta decisiva no debería ser: '¿De dónde viene?', sino: '¿Quién es?'", insistió con claridad, privilegiando la identidad cristiana sobre las categorías de procedencia cultural o regional.
Esta reorientación del criterio de liderazgo eclesial refleja una visión profundamente paulina, en la que el bautismo disuelve las categorías divisivas tradicionales: "ni judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer; porque todos sois uno en Cristo Jesús".
Finalmente, Nwachukwu utilizó el evento de Pentecostés como clave hermenéutica fundamental para entender esta articulación delicada entre unidad y diversidad en la Iglesia. En Pentecostés, las lenguas no desaparecen en una uniformidad estéril y los pueblos no dejan de ser culturalmente distintos, pero todos reciben simultáneamente el mismo Evangelio, animados por el mismo Espíritu Santo. "No estamos llamados a crear uniformidad. Estamos llamados a evitar que la pluralidad se convierta en Babel", concluyó el arzobispo, invocando la distinción paulina entre la multiplicidad carismática y la confusión sin coherencia.
La inculturación, por tanto, no implica la eliminación programada de culturas locales ni una adaptación indefinida y relativista de la fe a las costumbres cambiantes. Todas las culturas pueden recibir genuinamente a Cristo y expresar la fe en sus propias categorías, pero ninguna puede pretender contenerlo exhaustivamente ni convertirse en la medida normativa de su palabra. El Evangelio se dirige a la totalidad del ser humano integral y a todos los pueblos sin excepción, trascendiendo siempre los límites de cualquier particularismo cultural.
Estas preguntas han sido generadas por inteligencia artificial para favorecer el diálogo y la reflexión.
¿Crees que la Iglesia logra mantener ese equilibrio entre respetar las culturas locales y preservar la integridad del mensaje cristiano, o te parece que en la práctica se inclina más hacia un lado?
¿Piensas que el criterio de seleccionar líderes eclesiales por su identidad cristiana en lugar de su origen geográfico es realista en contextos donde las identidades locales son muy fuertes?
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