El obispo auxiliar de 's-Hertogenbosch denuncia que el proceso sinodal se ha convertido en un fin en sí mismo, alejando a la Iglesia de su verdadera misión: la evangelización y la búsqueda de la santidad.
El obispo auxiliar Robertus Mutsaerts de la diócesis de 's-Hertogenbosch ha publicado una carta abierta al Papa León XIV el 13 de agosto de 2026 en la que cuestiona la eficacia del proceso sinodal y su contribución a acercar las almas a Cristo. En un escrito de gran densidad teológica, el prelado de 68 años argumenta que la Iglesia no requiere un sínodo permanente sobre sí misma, sino que necesita santos, obispos que enseñen, sacerdotes que recen y una renovación profunda de su misión evangelizadora.
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La misiva de Mutsaerts comienza con una pregunta fundamental: "¿Contribuye realmente el proceso sinodal a acercar las almas a Cristo y a la salvación eterna?". Para el obispo, esta es "la cuestión decisiva", invocando el principio tradicional de que "la salvación de las almas es la ley suprema" de la Iglesia. Aunque reconoce las buenas intenciones de quienes han participado en el proceso, Mutsaerts aplica el criterio que dio el propio Cristo: "Por sus frutos los conoceréis", cuestionando qué ha aportado realmente años de consultas, reuniones y documentos sinodales.
Mutsaerts subraya una peculiaridad sin precedentes: que la Iglesia haya convocado un Sínodo sobre la Sinodalidad. Históricamente, los sínodos se han celebrado para abordar cuestiones concretas —la evangelización, el matrimonio, el sacerdocio, la Eucaristía— que requerían deliberación eclesial. "En el Sínodo sobre la Sinodalidad, el propio proceso se convierte en objeto", observa el obispo, comparándolo con una reunión indefinida dedicada a debatir cómo deberían celebrarse las futuras reuniones.
El riesgo, según Mutsaerts, es que "la sinodalidad corre el riesgo de convertirse en un fin en sí misma". En la visión católica clásica, el sínodo era un medio para alcanzar un fin. Cuando se invierte esa relación, la estructura reemplaza a la sustancia. "El sínodo clásico era un medio para alcanzar un fin. En el discurso sinodal actual, la sinodalidad corre el riesgo de convertirse en un fin en sí misma. Y precisamente aquí comienza el problema desde una perspectiva católica clásica".
En el corazón de la crítica de Mutsaerts está una cuestión teológica fundamental: la naturaleza de la revelación y la verdad en la Iglesia. "La Iglesia no comienza con nuestro diálogo. Comienza con Cristo", afirma el obispo. Cristo no fundó un grupo de discusión, sino que llamó a los Apóstoles, les confirió autoridad y los envió a proclamar el Evangelio. "La dirección es fundamental. La fe no surge porque la Iglesia haga primero un inventario de lo que creen las personas y después destile de todas esas experiencias una convicción común. La fe se recibe".
Esta distinción lleva a una conclusión radical: "El cristianismo, por su propia naturaleza, no puede ser democrático. No porque la democracia como forma de gobierno sea mala, sino porque la verdad no surge de una decisión mayoritaria". Si el 90% de los católicos dejara de creer en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, advierte Mutsaerts, esa creencia seguiría siendo verdadera. "La verdad no se produce mediante el consenso".
Aunque reconoce que la escucha es una virtud pastoral necesaria, Mutsaerts advierte sobre un peligro sutil en algunos textos sinodales: la inversión del orden de prioridades. Tradicionalmente, la Iglesia debería escuchar primero a Cristo, la Sagrada Escritura, la Tradición apostólica, los santos y dos mil años de cristianismo, y después a los fieles. "Sin embargo, en algunos textos sinodales este orden parece invertirse ligeramente. Se comienza por las experiencias, deseos, frustraciones y expectativas de las personas de hoy y después se pregunta cómo debe responder la Iglesia".
Esta inversión genera un dilema pastoral: "¿Qué ocurre cuando los deseos del hombre moderno chocan con el Evangelio? Entonces no es el Evangelio el que debe cambiar; es el hombre quien debe cambiar. En el cristianismo esto se llama conversión". El obispo señala que esta palabra "se escucha sorprendentemente poco en muchos debates eclesiales modernos".
Para Mutsaerts, aquí reside "la debilidad más profunda de todo el proyecto". La Iglesia no existe primordialmente para confirmar a las personas en lo que ya son, sino para conducirlas a Cristo. Las primeras palabras de la predicación pública de Jesús no fueron una invitación a expresar opiniones sobre estructuras eclesiales, sino una orden radical: "Convertíos y creed en el Evangelio".
La Iglesia de los mártires no transformó el mundo romano con grupos de conversación sobre inclusividad, sino anunciando a Cristo. Los grandes reformadores de la Iglesia —Benito, Bernardo, Francisco, Domingo, Catalina de Siena, Ignacio de Loyola, Teresa de Ávila, Juan Bosco, Teresa de Lisieux, Maximiliano Kolbe, Juan Pablo II— tenían "un programa sorprendentemente sencillo: hacerse santos". Un santo, afirma Mutsaerts, posee "una fuerza misionera con la que ningún documento estratégico puede competir".
Mutsaerts identifica una "llamativa discrepancia" entre lo debatido en el proceso sinodal y la crisis real que enfrenta la Iglesia, particularmente en Occidente. Mientras se discuten temas como la participación, las relaciones de poder y las responsabilidades de las mujeres, "las iglesias se vacían. Las parroquias se fusionan. Los monasterios desaparecen. Las comunidades religiosas envejecen. Disminuye el conocimiento de la fe católica. La confesión prácticamente ha desaparecido para muchos católicos".
"Ante esta evolución, cabría esperar que una iniciativa eclesial mundial se ocupara ante todo de una pregunta: ¿cómo podemos recuperar el mundo para Cristo?", escribe el obispo. En su lugar, "la atención se dirige principalmente a las estructuras, la participación, los procesos de toma de decisiones, la responsabilidad de las mujeres, la inclusión, las relaciones de poder y el funcionamiento de los organismos eclesiales. Son temas ciertamente legítimos. Pero una casa en llamas tiene otras prioridades que los asuntos domésticos".
Mutsaerts describe un fenómeno que ocurre en instituciones que pierden de vista su finalidad original: comienzan a hablar intensamente de su propia organización. "Cuanta menos evangelización, más comités sobre evangelización. Cuantas menos vocaciones, más documentos sobre vocaciones. Cuanta menos gente acude a la Iglesia, más largas son las reuniones sobre la naturaleza de la Iglesia".
Esta dinámica, según el obispo, puede crear "la apariencia de actividad mientras la realidad muestra lo contrario. Se navega sin brújula". La pregunta retórica de Mutsaerts es penetrante: "¿Qué ocurriría si la misma cantidad de tiempo, dinero, energía espiritual y atención episcopal se invirtiera en catequesis, seminarios, educación católica, liturgia, confesión, adoración eucarística, pastoral matrimonial y evangelización directa?".
El proceso sinodal ha generado expectativas al abordar durante años cuestiones sobre las cuales la Iglesia ya posee enseñanzas claras: el diaconado femenino, el sacerdocio, la moral sexual, las relaciones homosexuales y la descentralización. "Cuando estos temas se «discuten» durante años, surge naturalmente la impresión de que finalmente podrían cambiar", observa Mutsaerts. Esto conduce a "una paradoja pastoral": se pide a las personas que expresen expectativas que, en última instancia, son incompatibles con la continuidad de la doctrina católica.
"La propia Iglesia ha generado así expectativas que finalmente no puede satisfacer. Eso no constituye un beneficio pastoral, sino una receta para la frustración".
Mutsaerts advierte sobre una paradoja fundamental en la énfasis en la participación: quienes participan intensamente en los procesos consultivos no son necesariamente representativos de toda la Iglesia. "El católico silencioso que acude cada mañana a Misa, reza el rosario y enseña el catecismo a sus nietos normalmente no redacta un informe sinodal. El joven católico que conduce tres horas para asistir a una liturgia tradicional normalmente no forma parte del grupo de trabajo diocesano".
Una madre de seis hijos, una religiosa contemplativa, o un sacerdote rural pueden tener una fe "más profundamente arraigada que la de los participantes profesionales en las asambleas eclesiales". "Quien escucha únicamente a quienes toman el micrófono puede olvidar fácilmente que el pueblo de Dios es mucho más amplio que el círculo reunido alrededor de la mesa de consulta".
Mutsaerts cuestiona por qué fue necesario un concepto nuevo y omnicomprensivo —la sinodalidad— cuando la tradición católica ya contaba con un término preciso: la colegialidad. "Un concepto que puede significarlo todo termina por no significar nada", afirma, apuntando que diferentes personas entienden cosas diferentes por sinodalidad: para unos, escucha; para otros, descentralización; para terceros, democratización; para cuartos, reforma del ministerio eclesial.
Esta ambigüedad semántica, según el obispo, genera confusión y hace más difícil evaluar la proporcionalidad de lo que se está invirtiendo en el proceso.
Desde una perspectiva clásica, Mutsaerts señala que la crisis de la liturgia ha recibido "comparativamente poca atención central" en el proceso sinodal. "Porque quien quiera comprender realmente el estado de una Iglesia debe mirar su culto", escribe, invocando el principio tradicional: "Lex orandi, lex credendi: la manera en que se reza expresa la fe".
Cuando los católicos ya no comprenden que la Misa es el sacrificio sacramental de Cristo, cuando desaparece el sentido de lo sagrado, cuando los confesionarios permanecen vacíos y la adoración eucarística se relega a los márgenes, "la Iglesia no tiene un problema de estructuras de gobierno. Tiene un problema de fe". Una nueva estructura de participación no puede resolverlo; quizá lo haga "un redescubrimiento de Dios".
Para Mutsaerts, el Evangelio de los discípulos de Emmaús ofrece "el mejor modelo para una auténtica sinodalidad católica". Cristo camina con los discípulos, los escucha y los corrige. Los enseña. Finalmente se da a reconocer al partir el pan. "Esta es la sinodalidad católica en su forma más pura".
Lo decisivo es lo que sucede después: "Los discípulos no permanecen indefinidamente reunidos en Emmaús evaluando su experiencia del camino. Se levantan. Regresan a Jerusalén. Salen a anunciar". Para Mutsaerts, "el proceso sinodal se ha quedado atascado en Emmaús, y la pregunta es si todavía sabe cómo salir de allí. Estamos tan ocupados discutiendo cómo debe caminar junta la Iglesia que a veces olvidamos hacia dónde camina".
En un pasaje particularmente significativo, Mutsaerts contrasta la crisis espiritual del mundo moderno con los recursos que la Iglesia posee. "Las personas buscan sentido. Los jóvenes buscan identidad. Aumenta la soledad. Las familias se rompen. La tecnología penetra cada vez más profundamente en la existencia humana. La pornografía distorsiona la sexualidad. El materialismo no hace feliz".
La Iglesia, sin embargo, "posee algo extraordinario: el Evangelio, los sacramentos, la Eucaristía, la confesión, dos mil años de sabiduría, la Sagrada Escritura, los Padres de la Iglesia, los místicos, los santos, una tradición incomparable de arte, música, filosofía, moral y espiritualidad. Y, sobre todo, Jesucristo".
"El mundo no espera otra organización que lo escuche. Ya existen suficientes. El mundo espera a alguien que le diga para qué fue creado".
Mutsaerts concluye su carta con una petición al Papa León XIV: "Denos claridad. Cuando el mundo hable lleno de incertidumbre, deje que Pedro hable con claridad". Pide al Pontífice que recuerde a la Iglesia que la verdad revelada "no es una posesión de la que podamos disponer a nuestro antojo, sino un tesoro precioso que hemos recibido y debemos transmitir íntegramente".
El obispo insta a que se anime a sacerdotes, religiosos, padres de familia y jóvenes que buscan "la verdad, la santidad, la belleza y la aventura radical de una vida con Cristo". Su mensaje final es una llamada a la renovación radical: no menos estructura, sino más santidad; no menos participación, sino más conversión; no menos diálogo, sino más anuncio.
"En último término, la Iglesia católica no necesita un sínodo permanente sobre sí misma. Necesita santos. Obispos que enseñen. Sacerdotes que recen. Religiosos que vivan radicalmente para Dios". Y concluye con las palabras del propio Cristo: "Cristo no envió a su Iglesia al mundo con las palabras: «Id y organizad procesos sinodales por todas partes». Dijo: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación». Así comenzó la Iglesia".
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