La enseñanza del Concilio Vaticano II inspira un llamamiento a la acción solidaria en la búsqueda del bienestar común.
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El Papa León XIV dedicó la Audiencia General del miércoles 23 de julio a reflexionar sobre el valor de la actividad humana y su relación con el progreso, a la luz de la enseñanza del Concilio Vaticano II. Ante miles de fieles y peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro, el Pontífice analizó cómo el verdadero avance de la sociedad debe orientarse hacia la caridad y la defensa de la dignidad humana.
La catequesis giró en torno a la Constitución pastoral Gaudium et Spes, concretamente su tercer capítulo, dedicado a “la actividad humana en el mundo”. El Papa subrayó que el progreso no debe atribuirse a fuerzas ajenas al hombre, sino que brota de su libertad y su inteligencia: el ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, actúa como verdadero agente del avance histórico. “Gran número de los bienes que antes el hombre esperaba alcanzar sobre todo de las ‘fuerzas superiores’, hoy los obtiene por sí mismo”, afirmó el Santo Padre.
León XIV salió también al paso de quienes sostienen que el desarrollo técnico y científico debilita el vínculo del hombre con Dios. Calificó esa visión de "prejuicio" arraigado en sectores de la cultura occidental que han perdido el contacto con la fe cristiana. A su juicio, “en los humanismos post cristianos, el ser humano y Dios son presentados erróneamente como rivales”, lo que conduce a una conclusión inevitable: negar la relación con Dios equivale a renunciar al valor trascendente de la persona humana.
El Pontífice recordó que el Concilio Vaticano II ofrece una respuesta precisa a esas interpretaciones: los esfuerzos del hombre por mejorar sus condiciones de vida reflejan, en realidad, la voluntad de Dios. “Las victorias del hombre son signo de la grandeza de Dios y consecuencia de su inefable designio”, señaló León XIV.
El Santo Padre añadió que Dios ha confiado al ser humano la tarea de llevar a término una creación que se encuentra en estado de crecimiento. "La humanidad, y con ella, el trabajo, el progreso y la autonomía de las realidades creadas, no queda absorbida o anulada por el encuentro con Dios, sino más bien asumida en su totalidad", explicó. El trabajo humano resulta así indispensable para alcanzar la verdad y la libertad plenas en Cristo.
León XIV subrayó que el pan y el vino ofrecidos en la mesa eucarística son frutos del trabajo humano, y que para encontrar a Dios el hombre no necesita abandonar sus ocupaciones terrenas. “Puede vivir plenamente su propia vocación haciendo bien su trabajo cotidiano y santificándolo”, afirmó el Papa. Añadió que un progreso auténtico ha de estar guiado por la caridad, de modo que sirva siempre para defender la dignidad del hombre y mejorar las condiciones de vida de todos, con especial atención a los más desfavorecidos.
Para concluir, el Papa animó a los presentes a compartir conocimientos y capacidades, a fin de que todos los hombres y pueblos puedan desarrollar sus potencialidades y contribuir, con la ayuda de Dios, a la construcción de un futuro más justo.
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