La decisión del gobernador demócrata Gavin Newsom representa la mayor conmutación colectiva de penas registrada en la historia mundial y es calificada por una organización católica como un testimonio de justicia restaurativa.

El boletín de hoy
Viernes, 6 de noviembre
El gobernador demócrata de California, Gavin Newsom, anunció el pasado 5 de noviembre la conmutación de las penas capitales de los 548 reclusos que aguardaban ejecución en el corredor de la muerte del estado, sustituyéndolas por cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional. La decisión, plasmada en una carta abierta dirigida a todos los californianos y adoptada poco antes de que Newsom abandone el cargo, convierte a California en el escenario de lo que la organización católica Catholic Mobilizing Network (CMN) ha calificado como la mayor conmutación colectiva de penas de la historia del mundo.
La medida afecta a más de una cuarta parte de todos los condenados a muerte en el conjunto del territorio estadounidense. Newsom —que se identifica como católico— argumentó que, tras casi treinta años en la vida pública, ha llegado al convencimiento de que la ejecución ordenada por el Estado es incompatible con los valores de California, socava los fundamentos del sistema jurídico y empequeñece a toda la sociedad.
En su carta, Newsom describió la cadena perpetua sin posibilidad de excarcelación como la sanción más severa que puede imponer dentro de la legalidad, y resumió su posición con la frase de que los condenados «morirán en prisión, pero no por nuestra mano». El gobernador reconoció también que la decisión se cuenta entre las más difíciles de su carrera, precisamente porque puede reavivar recuerdos desgarradores en las familias de las víctimas.
La Constitución de California exige que el Tribunal Supremo del estado revise y apruebe las conmutaciones de quienes acumulan varias condenas por delitos graves. Newsom, no obstante, expresó su confianza en que el conjunto del indulto colectivo se ajusta a la legalidad vigente. El gobernador ya había firmado en 2019 una orden ejecutiva que suspendía las ejecuciones mientras permaneciera en el cargo.
Krisanne Vaillancourt Murphy, directora ejecutiva de Catholic Mobilizing Network, valoró la resolución como «un testimonio extraordinariamente alentador y de alcance histórico a favor de la vida y la dignidad humana», y subrayó que demuestra cómo la justicia puede cimentarse en la misericordia y la reparación en lugar de en la muerte y la venganza.
Para CMN, cada uno de los 548 reclusos beneficiados recibe con esta decisión «un signo tangible de esperanza y una posibilidad de rehabilitación», pues la organización sostiene que toda persona merece la oportunidad de transformar el dolor y el sufrimiento en curación, redención y plenitud. El Catecismo de la Iglesia Católica establece con claridad que la pena capital es «inadmisible porque atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona».
Vaillancourt Murphy quiso dejar constancia del sufrimiento que padecen las familias y los seres queridos de las víctimas de homicidio, un dolor que calificó de incomparable. «Escuchamos el clamor de justicia y responsabilidad que el daño grave merece con razón, y continuamos teniéndoles presentes en la oración», señaló.
En un mensaje posterior dirigido a los simpatizantes de la red, la directora evocó el pasaje del profeta Miqueas —«actuar con justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con tu Dios»— como expresión de lo que esta decisión representa en toda su plenitud.
CMN, con sede en Washington D.C., es una organización nacional que moviliza a católicos y personas de buena voluntad en favor de la abolición de la pena de muerte y la promoción de la justicia restaurativa. Vaillancourt Murphy destacó que Newsom ha demostrado «el tipo de claridad moral y valentía política que define un liderazgo duradero» y ha fijado un estándar nacional que la organización espera ver seguido por otros gobernadores, en particular Mike DeWine de Ohio, Laura Kelly de Kansas y Kay Ivey de Alabama.
En Estados Unidos, los reclusos pasan habitualmente más de una década en el corredor de la muerte. La media ronda los veintidós años de espera, aunque algunos permanecen entre treinta y cuarenta años antes de ser ejecutados o de que su situación se resuelva por otra vía.
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