El Servicio de Asistencia Religiosa Católica Urgente ha atendido a los madrileños entre las 22:00 y las 07:00 horas durante siete años, con especial intensidad en la pandemia.

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Sábado, 24 de octubre
Cada noche del año, entre las 22:00 y las 07:00 horas, un sacerdote de la Arquidiócesis de Madrid permanece disponible con el teléfono al máximo de volumen y los santos óleos a mano. Es el Servicio de Asistencia Religiosa Católica Urgente (SARCU), puesto en marcha el 15 de mayo de 2017. Ignacio María Fernández de Torres, que realizó la primera guardia aquella festividad de San Isidro, lo define como «un regalo que Dios nos ha hecho» y como la expresión más concreta de lo que él llama la Iglesia samaritana.
Para Fernández de Torres, la noche no es un horario cualquiera: es «el tiempo de los miedos, de los fantasmas, de las soledades, de las desesperanzas», el momento en que la vulnerabilidad humana se agudiza hasta el límite. El SARCU no pretende duplicar ni sustituir la labor ordinaria de parroquias y capellanías, sino garantizar que la Iglesia esté presente allí donde irrumpe el dolor. El mensaje que el sacerdote de guardia transmite a quien llama se resume en pocas palabras: «Aquí estoy para lo que usted me necesite, usted no está solo».
La tarea nocturna gira en torno a tres verbos: escuchar, acoger y acompañar. A veces basta la conversación telefónica; otras, el sacerdote se desplaza a un domicilio, a un centro hospitalario o a una residencia para administrar sacramentos o rezar junto a un difunto. El servicio incluye también orientar a quien llama hacia instituciones o recursos que puedan darle continuidad de atención. Para estar preparado, cada sacerdote lleva consigo lo que Fernández de Torres llama el «kit SARCU»: el móvil con el volumen al máximo, los santos óleos, el portaviático con las formas consagradas y el ritual.
Desde sus inicios, las llamadas vinculadas a la soledad, la ansiedad y la angustia no han dejado de crecer. «Hay que descubrir la soledad como una enfermedad que no te mata físicamente pero que te mata en vida», señala el sacerdote. Son personas en situaciones vitales muy inestables que en un momento determinado «explotan» y marcan el número. Junto a estas, persisten las demandas más clásicas: la unción de enfermos, el viático o el responso ante un fallecimiento. Hay noches en que el teléfono no suena; otras, la misma persona llama varias veces. Las llamadas de quienes albergan deseos autodestructivos son, reconoce, «especialmente complejas y dolorosas», aunque incluso en esos casos permanece la satisfacción de poder decir que la Iglesia ha estado presente.
El tramo más exigente fue el comprendido entre marzo y septiembre de 2020, durante la pandemia de COVID-19, con jornadas de seis, siete u ocho llamadas, algunas «absolutamente desgarradoras». Fernández de Torres recuerda su primera guardia de aquellos meses: una familia pidió que se administrara la unción a un enfermo de COVID en fase terminal, confinado en una zona de aislamiento hospitalario. Los médicos ya habían advertido que el acceso era imposible por falta de equipos de protección y por los protocolos sanitarios vigentes. El sacerdote tuvo que rezar «casi a distancia».
El servicio exige también un coste interior a quienes lo prestan. Fernández de Torres habla de una «espiritualidad de la impotencia y de la vulnerabilidad», expresión que atribuye al vicario de pastoral: la experiencia de querer dar una respuesta y no encontrarla, de sentirse desbordado como ante un tsunami. En el SARCU, dice, se comprende «el silencio de Dios» y se aprende a vivir la fe «en la noche de Getsemaní». Los sacerdotes del servicio atraviesan también sus propias «noches oscuras del alma». Hay noches en que uno cuelga con la sensación de haber estado a la altura, y otras en que se queda «un poco tocado».
Pese a todo, Fernández de Torres no presenta el SARCU como una carga, sino como «uno de los grandes regalos» de su vida sacerdotal: una imagen viva de Cristo Buen Pastor que carga con la oveja herida. «El SARCU te descentra: te dice que no estás aquí para lo que te gusta, sino para lo que hace falta. Como cura te quita mucha tontería», afirma. Y añade que «los curas que no están en el SARCU no saben lo que se pierden». El origen del servicio respondía a una demanda real: desde los servicios de urgencia del Ayuntamiento de Madrid comunicaban que había personas que pedían expresamente un sacerdote y que llegaban a preguntar dos, tres o cuatro veces si quien acudía era realmente un cura.
Fernández de Torres pide también un uso adecuado del número. El SARCU no está pensado para resolver dudas de carácter general: cuenta que un compañero recibió pasada la medianoche una llamada de alguien que quería aclarar una cuestión sobre el Concilio de Nicea. Para consultas ordinarias, lo apropiado es esperar al día siguiente y acudir a cualquier iglesia. Quien necesite asistencia religiosa para un enfermo ingresado en un hospital público —o en determinadas clínicas privadas— puede dirigirse al personal de enfermería nocturno, ya que esos centros disponen de capellanes de guardia propios. El servicio es completamente gratuito, y la Arquidiócesis lo justifica con una cita del Evangelio de Mateo: «Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis» (Mt 10, 8).
El SARCU atiende situaciones urgentes y graves: personas moribundas, crisis de peligro vital —físico o psicológico—, grandes accidentes o catástrofes y vulneraciones de derechos humanos que requieren intervención inmediata. Funciona mediante una llamada directa al 913 717 717: un sacerdote atiende en persona, recaba los datos necesarios, realiza una llamada de verificación para descartar un uso indebido y acude a continuación para acompañar pastoralmente la situación. En los días posteriores, el SARCU procura complementar su intervención poniendo en contacto a quien llamó con la parroquia, servicios de escucha u otros recursos que se consideren necesarios. En caso de emergencia masiva, el servicio puede movilizar a todos sus sacerdotes colaboradores a cualquier hora.
Los sacerdotes que deseen incorporarse pueden contactar con la Secretaría de la Vicaría de Pastoral Social e Innovación en el teléfono 91 454 64 22. Fernández de Torres concluye con una petición sencilla: «Que la gente rece por nosotros, que falta nos hace».
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