El cardenal José Cobo presidió los actos de conmemoración de fieles difuntos subrayando que la memoria de Dios alcanza a todos sus hijos, también a quienes la historia ha borrado por completo.

El boletín de hoy
Martes, 3 de noviembre
El cardenal José Cobo presidió el 2 de noviembre los actos litúrgicos con los que la archidiócesis de Madrid conmemoró a sus fieles difuntos. La jornada arrancó con un responso en la Colegiata de San Isidro y concluyó con una Eucaristía en la Catedral de la Almudena. En su homilía, el arzobispo situó en el centro una certeza: ningún hijo de Dios queda olvidado ante Él, por mucho que el tiempo borre su rastro entre los vivos.
En la Colegiata de San Isidro reposan monseñor Narciso Martínez Izquierdo, primer obispo de Madrid; monseñor Leopoldo Eijo y Garay; monseñor Casimiro Morcillo, primer arzobispo de la diócesis; el cardenal Vicente Enrique y Tarancón; y los obispos auxiliares monseñor Ángel Morta, monseñor Ricardo Blanco y monseñor Alberto Iniesta. En la Catedral de la Almudena, sede de la Misa, descansan el cardenal Ángel Suquía y, en la Cripta, los obispos auxiliares monseñor Eugenio Romero Pose y monseñor José Antonio Álvarez.
Cobo abrió su homilía con una observación sencilla: hay personas que siguen presentes en la vida de quienes las conocieron mucho tiempo después de su muerte, a través de sus palabras, sus gestos, su modo de afrontar las circunstancias. Afirmó que "muchos de nosotros somos hoy lo que somos gracias a quienes nos precedieron", de quienes se recibió la vida, el aprendizaje del amor, de la confianza y, con frecuencia, también de la fe.
Pero la jornada no se circunscribió a quienes dejaron huella en la memoria de alguien. El arzobispo extendió el recuerdo a todos los que vivieron antes, incluso a aquellos de quienes no se conserva ni el nombre ni la historia: personas que trabajaron, amaron, sufrieron y creyeron en silencio. Frente a los límites de la memoria humana, Cobo opuso la certeza de que "la memoria de Dios llega mucho más lejos que nuestra memoria" y que "ninguno de sus hijos queda olvidado para Él".
El cardenal recordó que la Iglesia no nace con cada generación. Ha sido recibida de creyentes anteriores que transmitieron la fe, levantaron comunidades y sostuvieron la esperanza en momentos adversos. La celebración fue también ocasión para dar gracias por los obispos de Madrid, pero igualmente por los sacerdotes, los consagrados y consagradas, las familias y los fieles anónimos que fueron construyendo la vida de la diócesis a lo largo de los siglos.
En ese punto, el arzobispo reflexionó sobre cómo el pueblo de Dios moldea al propio pastor: "un obispo aprende a ser pastor escuchando a su gente, compartiendo sus dificultades, dejándose interpelar por los pobres, por las familias, por los sacerdotes y por quienes sufren".
Cobo pidió también agradecer a las comunidades que acompañaron a esos obispos, rezaron por ellos y les ayudaron a discernir lo que Dios les pedía. La Iglesia no pertenece a ninguna generación; la precede y camina como pueblo hacia la Vida Plena: "La recibimos como un don y estamos llamados a entregarla a quienes vendrán después".
La homilía planteó preguntas sobre el sentido de tanto amor, tanto esfuerzo y tanto sufrimiento acumulados. A la luz del Evangelio de Juan, Cobo afirmó que Jesús no promete simplemente que los difuntos vivirán mientras alguien los recuerde. Anuncia algo más: que quienes se confían a Él están en manos del Padre y que la muerte no tiene la última palabra.
Dios, dijo, "conoce las historias, las luchas, el amor entregado y también lo que quedó inacabado en cada vida", y es Jesucristo resucitado quien ha revelado ese misterio y ha abierto un camino que los seres humanos no podían abrir por sí mismos.
El arzobispo no eludió el dolor que acompaña a la pérdida. Evocó las lágrimas de Jesús ante la tumba de Lázaro para señalar que la fe no exige disimular el sufrimiento ni ofrecer respuestas fáciles, sino vivirlo sostenidos por la confianza en quien ha prometido la vida. Esa promesa permite comprender que los difuntos permanecen cercanos a través de Cristo resucitado y que la unión con ellos no se rompe.
Para el cardenal Cobo, la Eucaristía es el momento en que la comunidad visible se une a toda la Iglesia, incluidos quienes ya han emprendido el camino hacia Dios. Rezar por los difuntos es, en sus palabras, "una manera de seguir amándolos" y de confiarlos al amor del Padre, poniendo en sus manos tanto el bien realizado como las limitaciones de cada vida.
Los difuntos, añadió, no solo ayudan a recordar el pasado; enseñan a mirar de otro modo el presente y el futuro. A partir de los frutos recibidos de quienes precedieron a la comunidad actual —vocaciones que maduraron, comunidades que encontraron aliento, sacerdotes que pudieron continuar su labor, personas que descubrieron algo del rostro de Dios—, el arzobispo preguntó qué está sembrando la generación presente en la Iglesia que ha heredado.
Ninguna generación, afirmó, puede limitarse a conservar lo recibido ni pretender comenzar de cero: "Es la fidelidad de Dios la que sostiene la historia de nuestra Iglesia y sigue acompañando a su pueblo".
El cardenal cerró su homilía pidiendo al Señor que acoja a todos los difuntos en su misericordia y les conceda participar plenamente de la vida prometida por Cristo, y que la comunidad actual sepa recibir con gratitud lo que otros entregaron y cuidar una Iglesia que, a su vez, habrá de dejar en otras manos. "Los que nos precedieron no han quedado fuera de nuestra historia", concluyó. "Siguen perteneciendo a esta Iglesia que camina hacia el encuentro definitivo con el Señor".
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