La Iglesia celebra cada 24 de agosto a san Bartolomé, uno de los doce apóstoles elegidos por Jesús. Los Evangelios apenas ofrecen datos sobre su vida, pero su encuentro con Cristo y las antiguas tradiciones sobre su misión y martirio dibujan la historia de un hombre que pasó del escepticismo a entregar su vida por el Evangelio.
Su nombre aparece en las listas de los Doce recogidas por los Evangelios sinópticos y por los Hechos de los Apóstoles. Benedicto XVI explicaba en una audiencia general dedicada al apóstol que «Bartolomé» procede probablemente del arameo bar Talmay y significa «hijo de Talmay». Más allá de estas menciones, reconocía el Papa, «de Bartolomé no tenemos noticias relevantes», pues nunca aparece con ese nombre como protagonista de una narración evangélica.
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La tradición cristiana ha identificado a Bartolomé con Natanael, el discípulo de Caná cuyo encuentro con Jesús relata con detalle el Evangelio de san Juan. Benedicto XVI era cuidadoso al presentar esta identificación: Natanael aparece junto a Felipe en la escena de su vocación, precisamente en el lugar que ocupa Bartolomé junto a Felipe en las listas de los apóstoles de otros Evangelios. Su nombre, además, significa «Dios ha dado».
Es a través de Natanael como aparece uno de los episodios más significativos vinculados tradicionalmente a san Bartolomé. Felipe acude a él después de encontrarse con Jesús y le anuncia que han encontrado «a ese del que escribió Moisés en la Ley, y también los profetas: Jesús el hijo de José, el de Nazaret».
La primera reacción de Natanael está lejos de ser una profesión de fe. Responde con una pregunta cargada de escepticismo:
«¿De Nazaret puede salir algo bueno?».
Benedicto XVI veía detrás de estas palabras «un prejuicio más bien fuerte». Según las expectativas judías, explicaba, resultaba difícil imaginar que el Mesías pudiera proceder de una localidad tan poco relevante como Nazaret. Pero el Papa encontraba precisamente en esa reacción una primera enseñanza: Dios puede sorprender las expectativas humanas «manifestándose precisamente allí donde no nos lo esperaríamos».
Felipe no responde al escepticismo de Natanael mediante una larga explicación. Su contestación es mucho más sencilla: «Ven y lo verás». Natanael acepta la invitación y se acerca personalmente a Jesús.
Cuando Cristo lo ve llegar pronuncia unas palabras sorprendentes: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño». Natanael quiere saber cómo puede conocerlo y Jesús responde: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi».
Los Evangelios no explican qué había ocurrido bajo aquella higuera. El propio Benedicto XVI reconocía que «no sabemos qué había sucedido», aunque señalaba que evidentemente debía tratarse de un momento decisivo para Natanael. Aquellas palabras fueron suficientes para que el hombre que poco antes dudaba de que algo bueno pudiera salir de Nazaret pronunciara una de las confesiones de fe más claras de aquel comienzo del Evangelio:
«Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel».
Benedicto XVI veía en estas palabras «un primer e importante paso en el itinerario de adhesión a Jesús». Natanael reconoce en Cristo tanto su relación única con Dios, al proclamarlo Hijo, como su condición mesiánica al llamarlo Rey de Israel.
Bartolomé forma parte del grupo de los doce apóstoles escogidos por Cristo. Su nombre aparece en las listas transmitidas por Mateo, Marcos y Lucas y vuelve a encontrarse en los Hechos de los Apóstoles después de la Ascensión.
El libro de los Hechos lo sitúa junto a Pedro, Juan, Santiago, Andrés, Felipe, Tomás, Mateo y los demás apóstoles cuando regresan a Jerusalén desde el monte de los Olivos. Allí permanecen unidos en oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús.
A partir de este punto, sin embargo, las fuentes bíblicas dejan de proporcionar información sobre su actividad. Y esta distinción es importante: conocemos su pertenencia a los Doce y su presencia entre los apóstoles por los textos del Nuevo Testamento, pero los detalles de su posterior labor evangelizadora proceden de tradiciones antiguas y no cuentan con la misma certeza histórica.
Las tradiciones sobre Bartolomé describen una intensa actividad misionera en Oriente. Se le atribuye la predicación del Evangelio en distintas regiones, desde Mesopotamia hasta la India, y posteriormente en Armenia. Vatican News recoge estas tradiciones, aunque advierte expresamente de que los acontecimientos posteriores a las noticias ofrecidas por el Nuevo Testamento «ya no resultan reportados por fuentes históricas seguras».
Benedicto XVI hacía una precisión semejante. «Sobre la sucesiva actividad apostólica de Bartolomé-Natanael no tenemos noticias precisas», afirmaba. Sin embargo, recordaba un testimonio recogido por el historiador eclesiástico Eusebio de Cesarea: en el siglo IV, Panteno habría encontrado en la India indicios de una presencia anterior de Bartolomé.
La tradición sitúa también al apóstol en Armenia. Allí habría predicado y conseguido numerosas conversiones, entre ellas, según los relatos transmitidos posteriormente, la del rey Polimio y su esposa. Su predicación habría provocado la oposición de los sacerdotes de los cultos paganos locales y terminado desencadenando su condena.
También sobre la muerte del apóstol existen diferentes tradiciones. Benedicto XVI recordaba que relatos posteriores hablan de su muerte en Armenia y señalaba que algunas versiones sostienen que fue desollado vivo antes de ser decapitado. Esta tradición explica uno de los elementos más reconocibles de la iconografía de san Bartolomé: el cuchillo asociado a su martirio y las representaciones en las que aparece sosteniendo su propia piel.
Vatican News sitúa tradicionalmente su martirio en Albanópolis, en torno al año 68, aunque presenta estos acontecimientos como parte de narraciones posteriores y no como hechos documentados con la misma seguridad que las noticias evangélicas.
Con el paso de los siglos, también sus reliquias quedaron rodeadas de distintas tradiciones. Una de ellas sostiene que terminaron llegando a Roma y que actualmente se conservan en la basílica de San Bartolomé en la Isla Tiberina.
Más allá de las incertidumbres históricas sobre sus viajes y su martirio, Benedicto XVI encontró en el encuentro entre Natanael y Cristo una enseñanza especialmente actual. Todo comienza con el testimonio de Felipe. Es él quien habla a su amigo de Jesús, pero no intenta vencer sus dudas únicamente mediante argumentos. Le dice simplemente: «Ven y lo verás».
Para Benedicto XVI, ese detalle muestra que la fe no puede quedarse únicamente en aquello que otros cuentan sobre Cristo. El testimonio de otras personas es importante y, de hecho, el Papa recordaba que normalmente la vida cristiana comienza gracias al anuncio recibido de otros. Pero después debe producirse un encuentro personal.
«Nuestro conocimiento de Jesús necesita sobre todo una experiencia viva».
Natanael llega hasta Cristo movido por las palabras de Felipe, pero su confesión de fe aparece después de encontrarse personalmente con Él. El hombre que inicialmente había preguntado «¿De Nazaret puede salir algo bueno?» termina proclamando ante Jesús: «Tú eres el Hijo de Dios».
Benedicto XVI resumía la enseñanza de aquel recorrido señalando que cada cristiano debe implicarse personalmente «en una relación íntima y profunda con Jesús». Una idea que permite comprender la figura de san Bartolomé más allá de las tradiciones sobre los lugares que evangelizó o la forma concreta en la que murió.
La historia que conservan los Evangelios comienza con un hombre escéptico que acepta una invitación: «Ven y lo verás». La tradición cristiana recuerda después a ese mismo apóstol recorriendo tierras lejanas para anunciar aquello que había encontrado y entregando finalmente su vida por la fe que un día había comenzado poniendo en duda.
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