
Algunas palabras parecen haberse convertido en pecado: «inmigrante» «frontera» son algunas de ellas. Y, en determinados ambientes cristianos, también «control migratorio», «devolución» o incluso «invasión». Como si pronunciarlas implicara automáticamente haber dejado de amar al prójimo.
Pero no es así.
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Lo ocurrido en Ceuta obliga a recuperar una verdad elemental que algunos parecen haber olvidado: un Estado tiene derecho a defender sus fronteras. No lo dijo un político de derechas. Lo dijo Benedicto XVI: los Estados tienen derecho a regular los flujos migratorios y a defender sus fronteras, siempre respetando la dignidad de cada persona.
Y precisamente por eso hay que llamar a las cosas por su nombre. Lo ocurrido en Ceuta a finales de julio fue una entrada masiva y descontrolada de decenas de miles de personas desde Marruecos. Murieron decenas de seres humanos intentando alcanzar España. Y el 15 de agosto, aunque no se produjo una segunda entrada masiva, cientos de personas volvieron a intentar alcanzar la frontera española después de que las redes sociales difundieran convocatorias para un nuevo cruce. Marruecos tuvo que intervenir para impedirlo.
¿Podemos decir que aquello fue una invasión? La palabra puede incomodar. Pero más incómodo debería resultar contemplar cómo se normaliza que una frontera nacional pueda ser atravesada masivamente al margen de las leyes y que quien lo cuestione sea inmediatamente acusado de falta de caridad.
Un cristiano no puede mirar al inmigrante y ver solamente un problema. Ve a un hombre. Ve a una criatura de Dios. Ve a alguien que puede estar huyendo del hambre, de la guerra, de la miseria o de la desesperanza. Y ante el pobre, el cristiano no puede cerrar el corazón.
Pero tampoco puede cerrar los ojos ante la realidad.
Porque acoger al necesitado no significa que las fronteras dejen de existir. Amar al extranjero no significa abolir la ley. Y sentir compasión por quien ha arriesgado su vida no significa que un Estado renuncie a decidir quién entra, cómo entra y en qué condiciones puede permanecer…
La caridad no destruye la justicia.
Devolver a quien ha entrado irregularmente, cuando jurídicamente proceda y respetando siempre sus derechos fundamentales, no es necesariamente un acto de crueldad. Puede ser precisamente una consecuencia del orden que una sociedad necesita para proteger el bien común.
Y existe además una paradoja que deberíamos atrevernos a mirar de frente: permitir que la inmigración irregular se convierta en la única puerta de entrada puede terminar alimentando aquello mismo que queremos combatir. Las mafias venden esperanza a quienes apenas tienen nada. Les cobran fortunas. Los arrojan al mar. Los empujan hacia fronteras cada vez más peligrosas. Y cuando alguno muere, Europa contempla el cadáver y vuelve a empezar el ciclo.
León XIV lo recordó en Canarias desde otra perspectiva: no basta con gestionar las llegadas; hace falta una respuesta compartida entre países de origen, tránsito y destino.
Quizá la pregunta cristiana no sea solamente cuántos podemos acoger, sino por qué tantos tienen que verse obligados a marcharse.
Hay que ayudar al que llega. Pero también hay que ayudar a que pueda quedarse. Hay que rescatar al que naufraga. Pero también hay que impedir que las mafias sigan enviándolo al mar. Hay que defender su dignidad cuando cruza nuestra frontera. Pero también hay que defender su dignidad antes de que tenga que cruzarla.
Por esto un cristiano puede llorar ante los muertos de Ceuta y, al mismo tiempo, exigir una frontera segura. También puede abrazar al inmigrante y pedir que se cumpla la ley, o rechazar el odio y rechazar también el “buenismo”.
Y puede decir, sin contradicción alguna: no quiero que nadie muera intentando entrar en España; precisamente por eso quiero una política migratoria firme, justa y humana que impida que otros sigan enviándolo a morir.
Hace unos días un amigo, Julio, me dijo: Miguel tienes que escribir sobre esto; y me quedé pensando... creo que la verdadera caridad no consiste en mirar el drama desde la orilla y llamarlo inevitable sino que hay hacer todo lo posible para que nadie tenga que morir en el camino. Y yo puedo escribir y expresarlo.
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