Alzad la mirada y bajad el ruido

Alzad la mirada y bajad el ruido

Víctor V. Espinar

Reportero de Actualidad Religiosa y Conflictos

En marzo de 2019, el Papa Francisco dejó caer una frase que en su momento sonó casi a reproche y que, con el paso del tiempo, ha ido adquiriendo un aire de diagnóstico certero. Condicionaba su visita a España a que “nos pusiéramos de acuerdo”, a que hubiera cierta paz entre nosotros.

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No hablaba solo de política —aunque inevitablemente la rozaba—, sino de algo más profundo: de ese clima enrarecido en el que todo se convierte en trinchera, en el que cualquier palabra es sospechosa y cada gesto se somete al escrutinio implacable de la interpretación interesada.

Aquel aviso, que muchos despacharon con ligereza o incluso con desdén, resuena hoy con una claridad incómoda ante la inminente visita del Papa León XIV el próximo mes de junio. Porque si algo parece previsible no es tanto el contenido de sus palabras —eso pertenece al terreno de la expectativa y del descubrimiento—, como el ruido que las rodeará desde el primer instante. Un ruido que no nace del interés por comprender y que está orientado hacia la apropiación del mensaje.

España, país de conversación viva y de desacuerdo casi estructural, ha perfeccionado con los años una habilidad peculiar. Retorcer el significado de las palabras hasta hacerlas encajar en el molde previo de nuestras convicciones. Aquí no escuchamos para entender, escuchamos para confirmar. Y en ese ejercicio participan, sin excepción, voces de todos los espectros políticos. Habrá quien busque en cada intervención del Papa una alineación ideológica; quien rastree, con paciencia selectiva, una frase que pueda convertirse en titular; quien transforme una homilía en munición dialéctica.

Pero en medio de esa disputa constante hay algo que corre el riesgo de desvanecerse: la experiencia misma del acontecimiento. La posibilidad de vivirlo como lo que es, y no como lo que algunos necesitan que sea.

Para muchos jóvenes en España, esta será la primera vez que veamos a un Papa por las calles de nuestro país. La última visita pontificia se remonta a 2011, cuando Benedicto XVI aterrizó en un contexto muy distinto. Desde entonces, ha pasado el tiempo suficiente como para que toda una generación haya crecido sin haber vivido algo así de manera directa. No es un detalle menor. Para nosotros no es una repetición, es un gran estreno. Y lo que se espera de ese momento no tiene nada que ver con el ruido.

Queremos escuchar. Sin intermediarios interesados. Sin traducciones forzadas. Sin ese murmullo constante que todo lo distorsiona. Queremos mirar al Papa y preguntarnos, de forma honesta, qué nos dice, qué nos pide, qué horizonte nos propone. Queremos entender hacia dónde señala su mensaje, sin que nadie nos lo entregue ya masticado y reducido a una etiqueta ideológica.

Porque quien intente secuestrar las palabras de León XIV para vestirlas con ropajes políticos estará, en el fondo, robando algo que no le pertenece. No estará ganando un argumento, estará empobreciendo una experiencia. Estará arrebatando a miles de jóvenes la oportunidad de descubrir por sí mismos el sentido de ese encuentro. Y eso sí que es una pérdida real.

Nosotros queremos otra cosa. Queremos vivir esos días con la atención limpia, sin prejuicios prestados. Queremos recorrer calles que ojalá se llenen de personas —no de consignas—, de miradas expectantes, de una cierta alegría compartida que no necesita explicación ideológica. Queremos dar al pontífice un recibimiento que esté a la altura de lo que representa, no de lo que algunos quieren que represente.

Queremos, sencillamente, disfrutar del viaje. Y hacerlo en su dimensión más profunda: la de quien reconoce que está participando en algo que no ocurre todos los días, en algo que deja huella.

El lema elegido para esta visita, “Alzad la mirada”, encierra una invitación tan simple que, en el contexto actual, resulta casi disruptiva. Alzar la mirada significa dejar de fijarla únicamente en el corto plazo, en la polémica inmediata, en el detalle que alimenta la discusión. Significa levantarla hacia algo que nos trasciende, que nos saca —aunque sea por un momento— de nuestras posiciones enquistadas. Es, en cierto modo, una propuesta de altura frente a una conversación que a menudo discurre a ras de suelo.

Tal vez sea mucho pedir en un país que ha hecho del desacuerdo una seña de identidad. Tal vez resulte ingenuo pensar que, por unos días, se puede suspender la lógica del enfrentamiento. Pero también es cierto que las grandes ocasiones sirven, precisamente, para intentar lo improbable. Y esta, sin duda, podría ser una de ellas.

Ojalá, por una vez, España sea capaz de ponerse de acuerdo en algo. No en una idea política, ni en una lectura única, ni en una consigna compartida. Más bien en una actitud: la de escuchar. La de conceder al momento el respeto que merece; la de aceptar que no todo tiene que ser filtrado, interpretado y devuelto al debate.

Porque más allá de titulares, de tertulias y de lecturas interesadas, lo que llegará a España en julio no es un actor político más, ni una figura destinada a reforzar posiciones previas. Es una voz que pretende hablar de algo que nos supera: de sentido, de esperanza, de una dirección posible en medio de la incertidumbre. En definitiva, de lo más importante, de Dios.

Y eso, si se nos permite vivirlo sin interferencias, sin apropiaciones y sin ruido, puede ser —para muchos— mucho más grande que cualquier discusión. Puede ser, incluso, el comienzo de algo que todavía no sabemos nombrar, pero que merece, al menos, la oportunidad de ser escuchado.

Iglesia Noticias no se hace cargo de las opiniones de sus colaboradores, que no tienen por qué coincidir con su línea editorial.
Comentarios
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Eduardo Franco
Ayer
¡Basta de ruido y confusión! Es imperativo que aprovechemos la visita del Papa León XIV para escuchar sin prejuicios, en lugar de intentar instrumentalizar su mensaje. ¿Estaremos dispuestos a recibirlo con corazones abiertos, o seguiremos atrapados en nuestras propias agendas?
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