
La nota "Cor ad cor loquitur" de la Conferencia Episcopal Española ha puesto el dedo en una llaga muy actual: confundir emoción con voluntad de Dios.
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Esta frase era el lema episcopal del Cardenal Newman recientemente nombrado doctor de la Iglesia. Ha sido utilizada por la CEE precisamente por la fuerza que tiene en este aspecto: El corazón habla al corazón.
Hoy abundan decisiones importantes tomadas al calor del sentimiento inmediato. Un entusiasmo fuerte, una relación naciente, una paz pasajera o una experiencia intensa bastan a veces para sentenciar: Dios me lo ha mostrado. Y no siempre es verdad.
Dios puede servirse de los afectos. Claro que sí. El corazón importa. Pero el corazón también se desordena, se precipita, idealiza y se engaña. Por eso la Iglesia nunca enseñó que bastara con sentir mucho para decidir bien.
La voluntad de Dios no se discierne solo en la intimidad subjetiva. Se busca con oración, formación, tiempo, humildad y contraste serio. También con acompañamiento espiritual, obediencia eclesial y capacidad de escuchar a quien corrige. Cuando una persona solo acepta la voz que confirma lo que ya desea, deja de discernir y empieza a justificarse.
Es especialmente delicado cuando entran en juego afectos intensos. El enamoramiento, la necesidad de cariño o el cansancio pueden hablar muy alto. Tanto, que uno termina llamando inspiración divina a lo que quizá solo era impulso humano.
Parece que apelar a la razón sea un lastre, la Iglesia no enfría la acción de Dios cuando hace eso. Nos protege del autoengaño.
En una época en que se idolatra la emoción instantánea, conviene recordar una verdad antigua: no todo lo que conmueve conduce. No todo lo que atrae ilumina. No todo lo que se siente viene de Dios.
Y muchas veces, precisamente Dios habla más claro cuando alguien nos pide esperar.
