Coherencia, hermanos cofrades

Coherencia, hermanos cofrades

Tomás Bosque

Comentarista de Opinión y Fe Pública

El proyecto del Gobierno para blindar el aborto en la Constitución marca un punto de inflexión en la vida moral de nuestra sociedad. No estamos ante una simple reforma legal, sino ante algo más profundo: convertir en derecho lo que supone terminar con una vida humana en su etapa más indefensa.

Ante esto, la Iglesia ha hablado con claridad, como siempre ha hecho. No por ideología, sino por fidelidad al Evangelio.

San Juan Pablo II enseñó con firmeza que ninguna ley humana puede legitimar la muerte de un inocente. En continuidad con él, Benedicto XVI lo expresó con una profundidad que interpela la conciencia: el aborto “no resuelve nada, sino que mata al niño, destruye a la mujer y enceguece la conciencia”.

El Papa Francisco, con un lenguaje que sorprendió incluso a muchos que lo consideraban un pontífice “progresista”, fue todavía más directo: afirmó que el médico que practica un aborto es “un sicario”. Palabras duras, sin duda. Pero palabras pronunciadas por el Sucesor de Pedro. Y lo dijo, ya lo creo que lo dijo.

El papá León XIV ha reiterado recientemente esta misma enseñanza, denunciando el aborto, no solo como un grave atentado contra la vida, sino también contra la paz.

No hay ruptura. No hay matices esenciales. Hay continuidad.

Porque en el fondo de toda esta enseñanza hay algo muy sencillo y muy profundo: el quinto mandamiento, “no matarás”. Un mandamiento que no es una norma fría, sino la expresión de un amor radical a la vida humana. El mismo amor que llevó a Jesucristo a acercarse siempre a los más débiles, a los descartados, a los que no tenían voz. Y, ¿quién más débil hoy que quien no ha nacido?

Ante esto, en Sevilla, la voz del arzobispo ha sido tan necesaria como valiente. Monseñor José Ángel Saiz lo dijo sin rodeos: el aborto, que destruye la vida de los más inocentes e indefensos, es “un crimen abominable”.

Sus palabras han sido acompañadas por hermandades que, con responsabilidad y sentido eclesial, han recordado que defender la vida no es una opción, sino una exigencia de la fe.

Y, sin embargo, es aquí donde aparece el mayor dolor.

Porque lo más desconcertante no es la ley, ni siquiera el clima social, sino la reacción de algunos católicos —muchos de ellos esclavos, hermanos, cofrades— que han criticado que la Iglesia hable así. Hermanos que participan en cultos, que visten la túnica, que acompañan a su sagrada imagen … pero que no aceptan que sus pastores defiendan la vida.

Y eso no es solo incoherente. Es profundamente triste.

No estamos ante una cuestión secundaria. La defensa de la vida no es una opinión más dentro de la Iglesia. Es un pilar. Pretender que la Iglesia calle, o que las hermandades se mantengan al margen, es vaciar de contenido todo aquello que dicen representar.

¿Qué significa entonces pertenecer a una hermandad? ¿Qué sentido tiene acompañar a la Virgen si después se rechaza que la Iglesia defienda a los más indefensos? ¿Cómo se puede vivir una fe que se muestra en la calle, pero se esconde cuando incomoda?

El riesgo es evidente: convertir las cofradías y hermandades en una tradición cultural sin alma. Reducirlas a emoción, estética o costumbre, separadas del compromiso cristiano que les da sentido.

Y eso, más que enfadar, duele.

Porque la devoción a la Virgen, vivida con sinceridad, siempre ha sido un camino que lleva a acoger, cuidar y defender la vida. María nos enseña a decir sí, a confiar, a sostener incluso cuando no es fácil.

Escribo estas palabras con firmeza, pero sobre todo con una profunda pena. No desde fuera, sino desde dentro. Sé de lo que hablo porque pertenezco a una hermandad de la Virgen, a la que quiero y venero con toda mi alma. Soy el primero que se emociona cuando ve a su Virgen en las calles de Madrid o cuando Jesús de Medinaceli se impone ante mí con esa fuerza que solo Él tiene.

Y precisamente por eso siento la necesidad de decirlo con claridad y con cariño: pertenecer a una hermandad, a una esclavitud, a una cofradía —a estos movimientos que tantos queremos y admiramos profundamente— no puede quedarse en lo externo ni en un momento concreto del año. No es solo una estación de penitencia, ni una procesión, ni una emoción intensa.

Tiene que ser un testimonio de vida cristiana completa.

Una fe viva, una fe real, una fe vivida, una fe llevada a la práctica.

Y por eso también hoy quiero terminar dando las gracias. Gracias a nuestros pastores, por su claridad y su valentía. Gracias a todas las hermandades que han levantado la voz, que no han callado, que han sabido secundar con fidelidad las palabras de su arzobispo.

Porque en ese testimonio hay esperanza y porque ahí se ve la Iglesia que permanece fiel.

Iglesia Noticias no se hace cargo de las opiniones de sus colaboradores, que no tienen por qué coincidir con su línea editorial.
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Pablo Lara
Justo ahora
¿De qué sirve pertenecer a una hermandad si se apoya el aborto? No se pueden separar la fe y la defensa de la vida. Defender lo indefenso no es solo un deber; es la esencia misma del cristianismo. La incoherencia de algunos católicos duele y revela un desinterés por lo fundamental.
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