
El sábado 5 de septiembre la talla románica de Nuestra Señora de los Ángeles saldrá de su camarín blindado del retablo de Torreciudad y bajará a la ermita milenaria para recibir allí a cerca de cuarenta advocaciones marianas de Ribagorza y Sobrarbe, en la 47ª edición de su romería. Después, todas juntas subirán al templo nuevo, donde habrá misa, vídeo-mapping y bendición final. Es una noticia hermosa. Y es lo único hermoso de todo este asunto, porque para llegar hasta aquí ha habido que utilizar una imagen de mil años como ficha de un tablero.
Repasemos la hemeroteca, que es corta y letal.
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13 de agosto. El Obispado de Barbastro-Monzón manda una nota a los medios locales de siempre. El obispo, Ángel Javier Pérez Pueyo, «ha dispuesto» el traslado de la imagen original a su ermita. Ha dispuesto. Y, ya que estamos, la nota aprovecha para colar dos cosas que nadie había preguntado: que la talla debe volver «de forma estable» a la ermita y que en el templo del Opus Dei se coloque una copia; y que Torreciudad debería ser santuario internacional dependiente de la Santa Sede. Casi nadie formuló la pregunta obvia. ACI Prensa sí: ¿esto lo ha acordado usted con el comisario pontificio? El Obispado no contestó. No contestó porque no había nada que contestar.
27 de agosto. Responde el Santuario, y lo hace con la frialdad de quien redacta con el código canónico en una mano y el termómetro en la otra: «con el deseo de atender la petición formulada por el obispo de Barbastro-Monzón», los responsables de Torreciudad elevaron la propuesta al comisario pontificio, mons. Alejandro Arellano, «quien ha autorizado» que la talla original permanezca en la ermita. Y añaden el detalle que lo desmonta todo: la procesión posterior la encabezará la copia peregrina, esa que tiene «los anclajes y demás elementos necesarios para ser transportada con seguridad».
Traduzcan conmigo. En la versión del 13 de agosto el obispo ordena y la románica encabeza la peregrinación detrás de él. En la del 27, el obispo pide, Roma autoriza y la románica se queda quieta en la ermita mientras desfila la doble de acción. Nadie ha desmentido a nadie: simplemente se ha vuelto a contar la misma historia con el sujeto cambiado de sitio y la protagonista sustituida en el segundo acto. Eso, en periodismo, no se llama matiz. Se llama corrección, y va sin sangre pero con firma.
Porque el fondo es este, y conviene decirlo sin adornos: el obispo anunció como decisión propia algo que no le correspondía decidir. El Santuario se enteró por la prensa. El comisario pontificio se enteró por la prensa. Y a mons. Arellano no le ha hecho la menor gracia. No lo dirá él, que lleva casi dos años callado como un notario y ahí reside su autoridad; pero lo sabe cualquiera que haya hablado con quienes tratan con él estos días. Lo ocurrido es que el delegado del Papa para Torreciudad ha tenido que ratificar a posteriori, para no dejar en evidencia a un obispo, una decisión que se tomó pasando por encima de él.
Deletreemos la palabra, porque en algún despacho de Barbastro parece haberse entendido como cargo honorífico, tipo pregonero de fiestas: ple-ni-po-ten-cia-rio. Plenos poderes. Delegado de la Santa Sede desde octubre de 2024. El que manda allí en nombre del Papa. No un asesor al que se avisa si queda hueco en la agenda.
Y aquí llega el chiste que se cuenta solo, el que debería sonrojar a alguien: el obispo que lleva tres años reclamando que Torreciudad dependa directamente de la Santa Sede es el mismo que ha tomado una decisión sobre Torreciudad sin consultar al hombre que allí representa a la Santa Sede. Quiere más Roma para el santuario y menos Roma en su patio. Exige rigor jurídico a los demás y gobierna a golpe de nota de prensa. Uno esperaría otra cosa de una diócesis que ha convertido la palabra «regularización» en su único argumento durante tres años.
No me consta —y conste que no me consta— que don Ángel se mire cada mañana al espejo recién levantado y se diga aquello de «porque yo lo valgo». Sería una imagen injusta y seguramente falsa. Pero que alguien me dé otra explicación para la secuencia de los últimos tres años, porque yo no la encuentro: la publico entera, en portada y sin cortar una coma.
Y como la Iglesia es madre y no señala en público a ninguno de sus hijos —tampoco al bocachancla de la familia, ese que corre a contárselo a los medios amigos antes de hablarlo con nadie; en privado sí se señala, y con una claridad que los interesados ya conocen—, de aquí ha salido una solución de compromiso tan salomónica que roza el sainete. La Virgen bajará, sí, para que el obispo tenga su foto y su nota no quede desmentida del todo. Pero no volverá a subir en hombros de nadie: la subirán protegida, en vehículo, como un cuadro de museo en préstamo temporal. Peregrinará la copia. Resultado: la única imagen mariana de España que baja andando y sube en coche.
Nada de esto va contra la romería, que es lo único limpio del asunto. Cuarenta pueblos que suben a sus patronas a un monte porque quieren, con autobuses a diez euros para cubrir gastos y la comida en la mochila, llevan cuarenta y siete años haciendo esto sin necesidad de una sola nota de prensa. Han entendido Torreciudad mejor que los dos bandos: es un sitio al que se va a rezar, no un activo en litigio. Que su romería del cincuenta aniversario haya acabado convertida en un pulso de despacho no es culpa suya, y merecen que alguien se lo explique.
Permítanme una apuesta, porque para eso existen las columnas de opinión. Ésta ha sido la gota. El informe que Arellano entregó y que León XIV tiene sobre la mesa va a resolverse antes de lo que muchos esperan, y va a resolverse peor para quien lo ha forzado. Barbastro-Monzón es una diócesis pequeña, con pocos sacerdotes y presente en todas las quinielas de reordenación del mapa diocesano español; tiene más números que ninguna de acabar fusionada, y su titular más números que ninguno de que la fusión coincida con una jubilación oportunamente anticipada. No será una purga. Será un archivo.
A Arellano se le encargó cerrar esto sin vencedores ni vencidos, y ha cumplido con un silencio ejemplar. Lo que no se puede es proteger de la derrota a quien lleva tres años empeñado, nota tras nota, en salir en la foto de los vencidos.
El sábado, cuando arranque el vídeo-mapping «El retablo te cuenta», habrá que recordar que el retablo cuenta muchas cosas. Otras las cuenta la hemeroteca. Y últimamente las cuenta bastante mejor.
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