Para siempre nos queda grande

Para siempre nos queda grande

Víctor V. Espinar


Hace unas semanas, hablando con un grupo de amigos, salió una conversación que se repite con bastante frecuencia entre los jóvenes de mi generación. Hablábamos de trabajo, de parejas, de planes de futuro y de esas decisiones importantes que, antes o después, todos tenemos que tomar. En un momento dado, alguien dijo algo que me hizo pensar: “Lo difícil hoy no es elegir; lo difícil es renunciar a todo lo demás”. Creo que esa frase explica bastante bien una de las particularidades de nuestro tiempo.

Tenemos miles de alternativas en nuestra vida. Podemos estudiar una carrera y después otra, cambiar de ciudad, buscar trabajo en otro país, conocer a personas muy distintas y acceder a una cantidad casi infinita de información. Todo está al alcance de la mano y, en teoría, nunca había sido tan fácil diseñar la propia vida. Sin embargo, da la impresión de que esa abundancia de opciones no siempre nos hace más libres. A veces ocurre justo lo contrario. Cuanto más amplio es el abanico de posibilidades, más difícil resulta decidirse por una de ellas y mantenerla en el tiempo.

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Quizá por eso se repite tanto la idea de que los jóvenes tenemos miedo al compromiso. Se dice que nos cuesta asumir responsabilidades, que evitamos las decisiones definitivas y que preferimos dejar siempre una puerta abierta por si aparece algo mejor. Puede ser que esta afirmación sea cierta, pero la verdad es que la realidad es mucho más compleja. Muchos jóvenes desean formar una familia, sacar adelante proyectos ilusionantes, encontrar un trabajo que les permita desarrollar sus capacidades o dedicar la vida a una vocación concreta. El deseo de construir algo valioso sigue estando ahí. Lo que ocurre es que vivimos en una cultura que nos recuerda constantemente que siempre puede existir una alternativa mejor y que cualquier decisión es revisable.

Esta manera de entender la vida termina influyendo en casi todo. En las relaciones personales, por ejemplo, abundan las situaciones indefinidas, los “ya veremos” y los compromisos aplazados. También ocurre en el trabajo, donde muchos jóvenes enlazan contratos temporales o viven con la sensación de que nunca ha llegado el momento de asentarse. Incluso en cuestiones más pequeñas nos hemos acostumbrado a posponer las decisiones. Parece que mantener abiertas todas las opciones se ha convertido en una forma de seguridad.

Sin embargo, la vida solo avanza cuando uno se decide por algo. Nadie puede construir una amistad profunda sin dedicar tiempo a unas personas concretas o formar una familia sin apostar por alguien. Ningún proyecto sale adelante sin esfuerzo y continuidad. Las cosas importantes requieren permanencia, paciencia y una cierta capacidad para sostener las decisiones en el tiempo, también cuando desaparece el entusiasmo inicial o llegan las dificultades.

Hace unos días, León XIV hablaba a miles de jóvenes reunidos en Asís y les animaba a no tener miedo de las grandes decisiones. Me llamó la atención que utilizara un lenguaje exigente y esperanzador al mismo tiempo. En esta época en la que muchas veces se nos invita a no complicarnos la vida y a mantener todas las posibilidades abiertas, el Paparecordaba que merece la pena apostar por aquello que da sentido a la existencia.

Probablemente, muchos jóvenes necesitamos escuchar esto. Que una vida valiosa no se construye evitando cualquier riesgo, sino entregándose a aquello que consideramos importante.

La experiencia demuestra, además, que ninguna decisión importante viene acompañada de una garantía absoluta de éxito. Nuestros padres y nuestros abuelos tomaron decisiones trascendentales sin tener todas las certezas que hoy buscamos. Se casaron, cambiaron de ciudad, comenzaron trabajos o iniciaron proyectos sin conocer exactamente cómo sería el futuro. Nosotros, en cambio, tenemos acceso a una cantidad inmensa de información, podemos comparar opciones y buscar opiniones sobre casi cualquier asunto, pero seguimos sintiendo el mismo vértigo ante las grandes preguntas. Tal vez porque hay cuestiones que ninguna pantalla puede responder y que solo se aclaran caminando.

También en la fe ocurre algo parecido. A veces esperamos tener todo perfectamente claro antes de dar un paso adelante, cuando la realidad suele ser mucho más sencilla. La vida cristiana se parece más a un camino que a un plano detallado. Hay decisiones que se entienden mejor después de haberlas tomado y compromisos cuyo sentido se descubre con el paso del tiempo. La vocación, la amistad, el servicio a los demás o la pertenencia a una comunidad se construyen poco a poco, con pequeños síes cotidianos que terminan dando forma a una vida.

Pienso que una de las tareas más importantes para mi generación consiste precisamente en recuperar el valor del compromiso. No porque comprometerse esté de moda o porque sea una obligación, sino porque las cosas verdaderamente grandes suelen exigir continuidad. Una amistad duradera, una familia, una vocación o un proyecto que mejore la vida de otros no aparecen de un día para otro. Requieren tiempo, fidelidad y la decisión de permanecer incluso cuando no todo resulta fácil.

Es posible que nunca lleguemos a tener todas las respuestas antes de tomar una decisión importante. Quizá la vida adulta tenga algo que ver con aprender a convivir con esa incertidumbre y seguir adelante a pesar de ella. Al fin y al cabo, crecer significa ir descubriendo qué merece de verdad nuestro tiempo, nuestro esfuerzo y nuestros años. Y tal vez, dentro de un tiempo, miremos atrás y comprendamos que las decisiones que más vértigo nos daban fueron precisamente las que acabaron dando forma a nuestra vida.

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