El sacerdote llegó a la zona cero dos horas después del choque y reconoce que acabó llorando con muchos de los familiares a los que atendió.

El boletín de hoy
Jueves, 29 de octubre
José Miguel Fernández, párroco de Urda, estuvo junto a los heridos y a los familiares de las víctimas del accidente ferroviario del miércoles 28 de octubre, ocurrido hacia las 9:00 en el término municipal de esta localidad toledana. Un AVE de Renfe impactó por detrás contra un convoy de Iryo y provocó el descarrilamiento de al menos dos vagones. El siniestro se cobró la vida de 68 personas.
La jornada del sacerdote dio un giro radical cuando recibió la llamada del arzobispo de Toledo, Francisco Cerro Chaves, que le puso al corriente de la magnitud de lo sucedido. Sin dudarlo, se desplazó hasta el lugar del choque. Llegó sobre las once de la mañana, dos horas después de la colisión, y se incorporó al operativo improvisado por decenas de voluntarios, muchos de ellos feligreses de su parroquia.
Lo primero con lo que se encontró fue "una fila enorme de heridos que iban saliendo de los vagones de los trenes", según relató. Los vecinos los atendían como podían y los trasladaban en sus propios vehículos hasta Urda para que recibieran asistencia médica.
Entre quienes salían de los convoyes, Fernández recuerda a un hombre que se le acercó y le pidió: "Padre, deme un abrazo, que estoy vivo". Aquel gesto marcó el resto de la mañana. "Pues a eso me dediqué toda la mañana mientras estuve en la zona cero: a cogernos de la mano y darles un abrazo", explicó el párroco.
El sacerdote describió lo vivido en esas primeras horas como una experiencia que desborda la respuesta humana. "Son momentos en los que, humanamente, te encogen el corazón, pero rápidamente nuestra mente se eleva a Dios y miras al cielo", declaró a los medios de comunicación.
Desde el lugar del accidente, Fernández se trasladó al pabellón municipal de Urda, habilitado como hospital de campaña y punto de referencia para quienes buscaban noticias. Hasta allí fueron llegando familias movidas por la necesidad urgente de saber qué había ocurrido y dónde podían encontrar a sus seres queridos. Muchas mostraban, según describió, una paz y una serenidad llamativas, aunque al mismo tiempo buscaban un apoyo donde descargar la angustia y la impotencia de no saber adónde acudir.
Preguntado por cómo se consuela a alguien en esas circunstancias, el sacerdote fue directo: "Es muy complicado, es muy difícil. Podría decir que casi que no hay consuelo para ellos porque en ese momento lo mejor es estar a su lado". Su respuesta fue exactamente esa: acompañar físicamente a las familias, abrazarlas, tomarlas de la mano y hacerles sentir que no estaban solas.
En la medida de lo posible, añadió, también trató de transmitirles "ese consuelo y ese amor de Dios que les va a ayudar en estos momentos tan decisivos". Así narró esas conversaciones: "No hay consuelo para ellos. Ellos quieren saber rápido qué ha pasado. ¿Dónde está mi familiar? ¿Dónde está mi ser querido? Y entonces, bueno, pues lo que traté era de tranquilizarles, de serenarlos y decirles: mire que lo importante es la esperanza, tengan esperanza, confíen en Dios, que Dios es bueno".
Sobre si la fe de cada persona condicionaba ese acompañamiento, Fernández fue rotundo: en esos momentos resulta irrelevante el grado de creencia de quien sufre. "Da igual quien crea mucho, quien crea poco, quien sea poco creyente", afirmó, porque lo que guía su actuación no es la condición religiosa del afectado, sino la necesidad de compañía que presenta ante él.
El párroco reconoció que en "bastantes ocasiones" acabó llorando junto a las familias, y que esa capacidad de compartir el dolor forma parte también del consuelo que, desde su perspectiva, puede ofrecer la Iglesia. "Somos sacerdotes, por supuesto, pero somos humanos y también nos afecta el dolor y la tristeza de nuestros hermanos", explicó.
Con visible emoción, el sacerdote habló de la reacción del municipio. Muchos vecinos se encontraban ya en la zona cuando se produjo el accidente, puesto que se trata de un área con numerosas fincas donde la gente estaba trabajando, lo que les permitió ser los primeros en acudir. A partir de ahí la movilización fue general: calculó que aproximadamente el 90% de la población se ofreció a colaborar, cada uno con lo que sabía, podía o tenía a su alcance.
Unos se encargaron de trasladar a los heridos desde el lugar del siniestro; otros los atendieron en los pabellones habilitados por el ayuntamiento, y otros llevaron agua, comida o se organizaron de cualquier forma que resultara útil. Entre quienes respondieron figuraron perfiles muy distintos, desde el farmacéutico hasta el juez de paz, y también personas que se desplazaron desde Madrid sin conocer todavía el alcance real de la tragedia.
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¿Crees que el acompañamiento emocional y espiritual que ofreció el párroco fue importante para las familias afectadas en esos primeros momentos de caos e incertidumbre?
¿Qué te parece la respuesta solidaria de los vecinos de Urda, con el 90% de la población movilizándose para ayudar a los heridos y sus familias?
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