Don Burgio: los jóvenes de los disturbios de Milán han crecido dejados solos por los adultos

Don Burgio: los jóvenes de los disturbios de Milán han crecido dejados solos por los adultos
Don Burgio atribuye los disturbios de Milán al desarraigo juvenil y la falta de referentes adultos

El capellán del centro de menores Beccaria señala que el desarraigo identitario de las segundas generaciones y la ausencia de referentes adultos creíbles están en la raíz de los disturbios.

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Los graves incidentes del 17 y 18 de octubre en el centro de Milán —destrozos en comercios, saqueos y choques con la policía concentrados en los alrededores de la plaza del Duomo— han reabierto el debate sobre el malestar que se extiende entre los jóvenes de las ciudades italianas. Entre los protagonistas había chicos de muy corta edad, muchos de ellos menores. Don Claudio Burgio, capellán del centro penitenciario juvenil Beccaria de Milán, ha ofrecido su lectura de lo ocurrido y advierte de que sería un error equiparar esa violencia con las movilizaciones estudiantiles, que responden a lógicas y motivaciones completamente distintas.

Para don Burgio, lo que estalló aquellos días no fue algo repentino ni espontáneo. Detrás de esos comportamientos late una rabia acumulada durante años en un entorno marcado por la soledad, la pobreza educativa y la pérdida de confianza en los adultos y en las instituciones. El perfil de los implicados tampoco responde a un único origen: «No son necesariamente solo de segunda generación; también hay muchos italianos», señala. Lo que sí comparten, a su juicio, es la extensión de un sentimiento de impunidad y la ausencia de sentido cívico.

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El sacerdote apunta a varios factores que alimentan esa rabia acumulada. Las condiciones de fragilidad que desde hace tiempo atraviesan las periferias y las ciudades constituyen el caldo de cultivo. A ello se suman la influencia de lo que ocurre en otros países —menciona expresamente el caso de Francia— y la difusión de modelos violentos a través de las redes sociales. Don Burgio no descarta que pueda existir algún grado de organización en estos episodios, pero insiste en que la pregunta de fondo es otra: en qué condiciones han crecido estos chicos. Su diagnóstico es directo: «Son hijos de familias pobres, tanto desde el punto de vista económico como educativo, chicos que han sido verdaderamente dejados solos».

El abandono escolar forma parte de ese mismo cuadro. Que haya jóvenes que dejan los estudios cuando aún están en edad de escolarización obligatoria es, para don Burgio, una señal de un malestar profundo.

Uno de los ejes del análisis del capellán es la cuestión de la ciudadanía, que afecta de manera particular a las segundas generaciones. Muchos de estos jóvenes viven una doble exclusión: no se identifican con el país de origen de sus familias, pero tampoco se sienten reconocidos por el Estado en el que han nacido y se han criado. De esa situación nace, según el sacerdote, «un desarraigo identitario que puede alimentar sentimientos de exclusión y manifestaciones de odio y violencia». Por eso don Burgio reclama una reflexión seria sobre el derecho a la ciudadanía, al margen de cualquier instrumentalización ideológica o partidista: «El problema de la ciudadanía no es una cuestión ideológica, política ni partidista; es un derecho que debe concederse absolutamente».

A ese desarraigo se añade una fragilidad emocional. Muchos de estos chicos viven instalados en la impulsividad y no han aprendido a reconocer ni a reelaborar sus propias emociones. Cuando no existe la posibilidad de nombrar la rabia ni de encontrar a alguien dispuesto a escucharla, la reacción puede volverse incontrolable. En palabras de don Burgio, en esas circunstancias de pobreza y fragilidad «estos chicos reaccionan haciendo una justicia que no tiene nada de justa».

El capellán aborda también la cuestión de las responsabilidades individuales con matices. Estar presente en una multitud no equivale automáticamente a haber participado en los actos violentos; algunos chicos pudieron encontrarse allí sin haber tenido un papel activo. Pero eso no exime a nadie: «Debe comenzar el tiempo de las responsabilidades personales para estos chicos», afirma. La dinámica de grupo tiende a diluir la percepción de la propia culpa, y la toma de conciencia, advierte, llevará tiempo.

La reflexión de don Burgio concluye con una interpelación directa al mundo adulto. Los jóvenes con los que trabaja le repiten con frecuencia que el adulto no es creíble, no es coherente y, sobre todo, no está presente. La presencia de los adultos —en la familia, en las instituciones, en las fuerzas del orden— se percibe únicamente como control. El verdadero reto, por tanto, va más allá de contener la violencia o depurar responsabilidades: pasa por reconstruir vínculos educativos que ayuden a los jóvenes a reconocer sus emociones y a recuperar la confianza en quienes deberían guiarles.

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¿Crees que la soledad y la falta de referentes adultos que señala don Burgio son las causas principales de los disturbios, o hay otros factores que el capellán no ha tenido en cuenta?

¿Qué medidas te parecen más urgentes para reconectar con los jóvenes de las periferias: reforzar la educación, mejorar las oportunidades económicas o reconstruir la confianza en las instituciones?

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