Un profesor nos habla sobre la Pascua

Un profesor nos habla sobre la Pascua

Peter Kopa

Colaborador de Opinión

En la medida en que el hombre tiene fe, en esa medida tendrá la esperanza que trasciende este mundo y se fija en la eternidad de Dios. Viendo hoy el panorama humano, uno tiende a pensar que son pocos los que tienen esta suerte. Pero como no debemos juzgar a los demás, ni como grupo, cabe esperar que la misericordia inmensa de Dios abra las puertas del purgatorio y del cielo a millones y millones que a nosotros nos puedan parecer indignos.

El punto 836 del Catecismo declara que todos los ocho mil millones creados por Dios forman parte de la Iglesia, si bien de modos diversos. El que los católicos tengamos la predilección de estar en la plenitud de la verdad y de la gracia tiene que ser un motivo vital y eficaz para acercar a la fe a los que están lejos de ella. Y esto porque todos pueden salvar su alma, aun cuando inculpablemente no tuvieron acceso a esa plenitud, en cuyo caso basta que hubiesen intentado siempre hacer el bien y evitar el mal según los dictados de su conciencia.

Si la Iglesia nos dice que Cristo murió por todos, y que nadie se salva sin la mediación de la Iglesia, el punto citado del Catecismo es una consecuencia necesaria de esos acontecimientos. Si el pagano se salva, es porque ya ante era parte de la Iglesia de Cristo, sin ser consciente de ello. De hecho, quienquiera haya conocido a tales paganos sabe que en todos se manifiesta un profundo deseo de paz y felicidad, sabiendo que no son posibles durante la vida terrena. Si no, cómo se explican tantas conversiones de paganos, anglicanos, judíos, protestantes y mahometanos.

Citamos abajo el mensaje por Pascua de un Prof. de la Universidad de Navarra, David Thunder:

Sea quien sea usted, sea cual sea su fe o sus creencias personales, le deseo una feliz y bendita Pascua. Para mí, como cristiano, la Pascua es una celebración de la esperanza de que Dios puede vencer el mal con una abundancia de bien, encarnada en la persona de Cristo. La oscuridad del pecado, del mal y del sufrimiento puede ser intensa, pero no es la última palabra.

Para las personas de otras religiones, o incluso sin ningún credo religioso, es muy difícil vivir feliz o en paz sin esperanza.

La propia esencia de la esperanza es que no se puede saber con certeza absoluta y matemática que lo que se espera exista realmente. Hay una cierta certeza moral o confianza en la esperanza, pero ya no sería tal si se pudiera demostrar de forma definitiva, a satisfacción de quien espera, que lo que se espera existe.

El concepto de la esperanza se presenta de todas las formas y tamaños. Está la esperanza de vivir un cierto número de años sin demasiado dolor ni enfermedad, o la esperanza de tener hijos, o de conseguir un trabajo decente, o de encontrar a alguien con quien compartir la vida, o de mejorar la calidad de vida en general.

Pero ninguna de estas esperanzas capta realmente la esperanza más profunda y trascendente, aquello que todo ser humano anhela, que es una forma de paz y gozo interior y exterior auténtica y eterna. Es la esperanza de la vida eterna y la dicha eterna.

Tal esperanza puede parecer irracional e ingenua para algunos, pero mientras el objeto de esta esperanza no pueda descartarse como una posibilidad, ¿por qué no esperar que un Dios amoroso traiga algún tipo de orden cósmico y justicia a este mundo quebrantado, y pueda sanar nuestras propias heridas y vencer a la muerte misma?

Para aquellos que ni siquiera se atreven a albergar tal esperanza, la existencia de una comunidad mundial de cristianos que ponen su fe en el poder de Dios para sanar a la humanidad, y más concretamente en el poder del Hijo de Dios para redimirnos a todos de nuestros pecados y abrirnos las puertas del Cielo, podría al menos darles algo en qué pensar.

Iglesia Noticias no se hace cargo de las opiniones de sus colaboradores, que no tienen por qué coincidir con su línea editorial.
Comentarios
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Mario Martínez
Justo ahora
La esperanza no es un simple deseo, sino una certeza de que Dios puede transformar la oscuridad en luz. No podemos quedarnos callados ante un mundo que necesita esa verdad; proclamarlo es nuestra responsabilidad. La Pascua nos recuerda que el triunfo del bien sobre el mal es posible y necesario.
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