El sacerdote español explica cómo proyectos como Jóvenes Católicos, Rezar Hoy o la app Hallow están llevando la oración y el Evangelio al “continente digital”.
En un momento en el que las redes sociales se han convertido en uno de los principales espacios de encuentro para los jóvenes, la evangelización también ha encontrado allí un nuevo campo de misión. Don Pablo López, sacerdote vinculado a iniciativas como Jóvenes Católicos, Hallow o Rezar Hoy, habla en esta entrevista en exclusiva con Iglesia Noticias sobre cómo el llamado “continente digital” se ha convertido en un lugar desde el que acercar la fe a miles de jóvenes.
Aunque no formó parte del origen de Jóvenes Católicos, se incorporó al proyecto durante la pandemia, cuando el aumento del tiempo que muchas personas pasaban frente a las pantallas abrió nuevas oportunidades para acompañar espiritualmente a quienes buscaban respuestas en el entorno digital. En esta conversación reflexiona sobre los retos de evangelizar a los jóvenes hoy, el papel de las redes sociales y las aplicaciones de oración, y comparte testimonios de personas que han redescubierto la fe a través de estos medios.
¿Cómo nace Jóvenes Católicos exactamente?
Jóvenes Católicos no nació en un despacho con un plan de marketing, sino de una necesidad real y un sueño compartido: llenar el vacío espiritual de las redes sociales. Todo empezó cuando un grupo de jóvenes y sacerdotes nos dimos cuenta de que los jóvenes pasaban horas en Instagram, Twitter (ahora X) o TikTok, pero apenas encontraban contenido que alimentara su alma. Veíamos mucha estética, mucho ruido y mucho consumo, pero poca esperanza. Entonces surgió la pregunta: ¿y si llevamos a Dios a donde los jóvenes están realmente?
La idea era sencilla pero ambiciosa: crear una comunidad que hablara el lenguaje de los jóvenes, sin “cursiladas” ni tecnicismos, pero con toda la profundidad del Evangelio. Queríamos demostrar que se puede ser joven, moderno y divertido y, a la vez, tener a Cristo en el centro.
Lo que empezó como un pequeño proyecto de compartir frases y oraciones se convirtió en un fenómeno de comunidad. Hoy Jóvenes Católicos es un altavoz donde compartimos testimonios reales de conversión; también es un refugio donde muchos jóvenes que se sienten solos en su fe en sus institutos o universidades encuentran a otros que piensan como ellos. Y, además, es un equipo en el que sacerdotes, laicos y consagrados trabajamos codo con codo.
¿Qué es lo más difícil de evangelizar a jóvenes hoy: la fe, la constancia o el estilo de vida?
Si tuviera que resumirlo en una frase, diría que el mayor reto no es que los jóvenes no quieran creer, sino que les cuesta escuchar en medio del ruido. Como sacerdote en redes y colaborador de Jóvenes Católicos, veo tres obstáculos principales.
Vivimos en la era del scroll infinito. Los jóvenes están acostumbrados a soluciones de quince segundos. Sin embargo, la fe es un proceso de cocción lenta. Lo más difícil es proponer un encuentro con Cristo que requiere silencio, paciencia y espera en un mundo que les ha enseñado que, si algo no es instantáneo, no vale la pena.
Además, las redes sociales pueden ser un anzuelo maravilloso. El desafío es lograr que ese mensaje que les toca el corazón en Instagram o TikTok se traduzca en una vida con Dios real. Es fácil dar un “like” a una frase de esperanza; lo difícil es que ese joven dé el paso de apagar el móvil y sentarse frente al Sagrario para conseguir esa virtud de la esperanza.
También influye la cultura de la perfección digital. En las redes todo parece perfecto y, a veces, la religión se percibe como una carga más de normas o de perfeccionismo moral. Muchos jóvenes se sienten indignos o juzgados de antemano. Lo más difícil es romper ese prejuicio y mostrarles que la Iglesia no es un museo de santos, sino un hospital de campaña, como dice el Papa Francisco, donde la fragilidad no es un obstáculo, sino el lugar donde Dios quiere abrazarnos.
¿Tiene testimonios de gente que haya vuelto a la fe gracias a Jóvenes Católicos?
Sí, casi a diario. Son historias increíbles; algunas de ellas las cuento en el libro que me pidió escribir la editorial Sekotia, Cómo hablar de Dios en las redes.
De la última semana recuerdo, por ejemplo, una madre de familia con muchísimos problemas que me pidió que rezase por ellos. También una chica muy joven de Argentina, comprometida en matrimonio, que se ha deslumbrado con una biografía de San Carlo Acutis y ahora quiere ser santa. Me preguntaba si en el matrimonio también se puede alcanzar la santidad.
Otra historia es la de una chica de veinte años de Sudamérica que está estudiando en la universidad. Por los audios que subo todos los días en Hallow empezó a rezar. Le pidió a Dios acercarse a alguna persona del Opus Dei, ya que yo pertenezco a la prelatura. Justo el nuevo capellán de su facultad es del Opus Dei; empezó a ir por un centro de la Obra y habló con una numeraria. Ahora se está planteando entregarse a Dios en el Opus Dei como numeraria, es decir, viviendo el celibato.
¿Qué ventajas tiene rezar con una app frente a rezar solo?
Veo ventajas e inconvenientes. Rezar solo a veces puede volverse un monólogo árido en el que no sabemos qué decir. La app de Hallow ofrece itinerarios, meditaciones y lecturas guiadas. Es como tener un acompañante espiritual en el bolsillo que te susurra: “Hoy no te preocupes por las palabras, solo escucha”. Para un joven que está empezando, esto es agua fina.
Además, ayuda a crear un hábito en una cultura de distracción. Nuestra voluntad es frágil, y las apps utilizan notificaciones y recordatorios que nos ayudan a reservar un espacio para Dios. No es mecanizar la fe, sino usar la técnica para proteger lo que importa. Si tenemos alarmas para el gimnasio o el trabajo, ¿por qué no tener un aviso que nos diga: “Para un momento, Dios te espera”?
También permite aprovechar los tiempos muertos. El trayecto en autobús, la fila del supermercado o el descanso en la universidad pueden convertirse en un oratorio. Al tener audios y textos a mano, se puede santificar el día a día. Ya no hace falta esperar al momento perfecto en una iglesia: Dios se hace presente en medio de la agenda. La app no sustituye al Espíritu Santo, pero es como un mapa que ayuda a encontrar el camino cuando uno se siente perdido en el ruido del mundo.
¿Qué le diría a alguien que reza y siente que habla solo?
Le diría: “Bienvenido al club”. No es un síntoma de falta de fe, sino una etapa muy humana que incluso los grandes santos han vivido. Santa Teresa de Ávila pasó más de veinte años así; Santa Teresa de Calcuta, cuarenta y dos; y San Juan de la Cruz también experimentó ese silencio.
El silencio de Dios no es ausencia, es respeto. A diferencia de las redes sociales, donde todos gritamos para ser vistos, Dios es un caballero y no nos interrumpe. Rezar no es esperar una voz espectacular, sino aprender a leer su presencia en la paz que queda después de hablar. A veces parece que hablamos solos porque Dios nos escucha con una atención a la que no estamos acostumbrados.
La oración también es un entrenamiento del oído del corazón. Estamos saturados de estímulos visuales y auditivos, y cuando cerramos los ojos el silencio nos aturde. Al principio puede parecer un monólogo, pero la oración no es solo hablar, también es estar. Como dos amigos que se sientan en un banco y no necesitan decir nada para saber que se quieren. Ese hablar solo es, en realidad, el desahogo necesario para que el alma se calme y empiece a percibir la respuesta de Dios en los acontecimientos del día.
La prueba de que no hablas solo no está en lo que sientes mientras rezas, sino en cómo te levantas después. Si tienes un poco más de paciencia con ese compañero que te saca de quicio, un poco más de luz para tomar una decisión difícil o una esperanza que no sabes de dónde viene, entonces es que alguien estaba al otro lado de la línea trabajando en tu corazón.
Si alguien quiere empezar de cero esta Cuaresma, ¿qué tres cosas le diría que haga sí o sí?
La Cuaresma a veces se ve como algo antiguo o de castigo, cuando en realidad es un entrenamiento para la alegría de la Pascua. Si alguien empieza desde cero, lo primero es no intentar convertirse en un monje de clausura de la noche a la mañana. La Cuaresma es un camino.
Empezaría por la oración, pero de verdad: cinco minutos de reloj. No hace falta rezar el rosario completo si no hay hábito. Basta con cinco minutos de silencio al día. Apagar el móvil, buscar un rincón tranquilo o entrar en una iglesia y decir: “Aquí estoy, no sé muy bien qué hacer, pero quiero conocerte”. La constancia de cinco minutos diarios vale más que una hora un solo día.
También propondría una limosna con nombre y apellidos. No se trata solo de dar dinero, sino de dar tiempo o atención: llamar a ese abuelo que está solo, escuchar a ese amigo que siempre cuenta sus penas o colaborar en algún voluntariado.
Y, por último, el ayuno, pero de aquello que te quita la paz. Más allá de no comer carne los viernes, conviene preguntarse qué es lo que roba tiempo o engancha: el scroll infinito, las quejas, juzgar a los demás o ciertos pensamientos. Elegir una sola cosa y dejarla durante esos cuarenta días abre un espacio que puede llenar Dios con una alegría más profunda.
¿Cómo encaja Jóvenes Católicos dentro de la estructura de la Iglesia?
Es una ayuda a la Iglesia para que muchos jóvenes que nunca pisarían una iglesia se encuentren con el mensaje que pueden recibir en la vida, con el mejor mensaje que pueden recibir en la vida.
¿La fe debe adaptarse a los tiempos o mantenerse firme aunque choque?
Ni una cosa ni la otra en exclusividad. La fe no es una pieza de museo que se llena de polvo, pero tampoco es una moda que cambia cada temporada. Yo diría que la fe debe ser firme en su raíz y creativa en sus ramas.
Hay verdades que no caducan porque responden a las preguntas más profundas del ser humano: el deseo de amar, la necesidad de perdón o la esperanza ante la muerte. El mensaje de Jesús —que Dios es amor y que la vida vence a la muerte— es una roca. Si lo adaptamos para que no moleste a nadie, terminamos ofreciendo un refresco sin gas que no sacia la sed.
Pero las formas sí deben evolucionar. El lenguaje, la música, las redes sociales o la forma de comunicar tienen que cambiar. Un joven de 2026 no se siente interpelado por métodos de 1950. Adaptarse no significa cambiar el mensaje, sino hacerlo comprensible.
¿Qué postura doctrinal es más difícil de defender hoy y por qué?
Lo más difícil de explicar hoy es la antropología cristiana, es decir, nuestra visión de quién es el ser humano y qué sentido tiene su libertad. Esto se concreta en temas como la moral sexual, el valor de la vida desde el inicio hasta el final o la naturaleza del matrimonio.
Vivimos en una cultura que dice: “Yo soy lo que decido ser en cada momento”. La Iglesia, en cambio, propone que somos criaturas, que hemos recibido una naturaleza, un cuerpo y una dignidad que no hemos inventado nosotros, sino que son un regalo de Dios. Defender que la libertad no es hacer lo que uno quiera, sino la capacidad de elegir el bien, suena extraño para muchos jóvenes.
Además, hoy se tiende a pensar que si algo se siente bien es bueno. La doctrina cristiana a veces propone sacrificios o renuncias que no se sienten bien a corto plazo, pero que construyen una felicidad más profunda.
También pesa el prejuicio de que la Iglesia es la institución del “no”. Sin embargo, cada uno de esos “no” —al aborto, a la eutanasia o al sexo sin compromiso— es en realidad un sí muy grande: un sí a la vida, un sí a la dignidad de la persona y un sí a un amor que no utiliza a los demás como objetos.
¿Cómo se habla de temas difíciles sin espantar?
En el mundo digital, si empiezas con un “no”, pierdes la atención en el segundo uno. Para hablar de temas complejos conviene recordar tres cosas.
La primera es poner a la persona antes que el dogma. Detrás de muchas preguntas hay historias de dolor, miedo o búsqueda. El lenguaje no puede ser el de un juez, sino el de un hermano. Jesús primero acogía y después decía: “Vete y no peques más”.
La segunda es proponer, no imponer. La moral cristiana no es una lista de prohibiciones, sino una propuesta de vida plena. La castidad, por ejemplo, se puede presentar como la libertad de no ser esclavos de los impulsos para poder amar de verdad.
Y la tercera es la positividad. El cristianismo no es una acumulación de prohibiciones, sino una afirmación de amor. Por cada “no” que la Iglesia dice a una ideología o práctica, hay un sí mucho más grande a la dignidad humana, a la belleza del cuerpo y a la verdad que nos hace libres.
