
La Semana Santa termina y, sin embargo, la verdadera fiesta acaba de empezar.
Hoy es Lunes de Pascua, y el eco de campanas, el olor a incienso, el recuerdo de los pasos y la cera de los cirios quedan en las calles, pero también en el corazón de quienes saben mirar más allá del folclore.
La última vez hablamos de hipocresía. De quienes se emocionan con los pasos y luego desaparecen de la vida de la Iglesia. Para los que Dios es solo una semana. Pero no toda la devoción callejera es falsa. Para muchos, las procesiones son la primera puerta que se abre a Dios. Salen a la calle, ven al Señor, se acercan a Cristo de una manera sencilla y espontánea. No todos irán a misa regularmente, ni viven la Cuaresma como pide la Iglesia, pero el Señor sale a su encuentro en la calle, y eso también es fuente de gracia.
Lo que no puede quedar olvidado es que la Semana Santa es un camino hacia algo mayor: la Resurrección. La Pascua no es una procesión; es la victoria de Cristo sobre la muerte. Es la alegría que debe transformar la vida cotidiana, no solo los días de espectáculo religioso. Aquí está la verdadera oportunidad: convertir esa admiración por lo visible en un encuentro real con Dios, dejar que la Resurrección nos haga vivir de otra manera, con más fe, más caridad, más oración.
Que nadie se engañe: los pasos no son el final, sino la preparación. La verdadera fiesta, la que hace que nuestra Fe tenga sentido, es ahora. Y si el Señor sale a las calles para encontrarnos, como ocurre en cuaresma, nosotros debemos responder con corazón abierto, no solo con ojos admirados. Ahora es el momento de la alegria de la resurreccion. ¡Feliz Pascua!
