"Lo han perdido todo, pero no su fe": el testimonio de un misionero en Myanmar

"Lo han perdido todo, pero no su fe": el testimonio de un misionero en Myanmar

Un misionero columbano relata la fe y el sufrimiento de un pueblo marcado por la guerra y la esperanza cristiana.

Las Obras Misionales Pontificias (OMP), a través de su servicio informativo OMPress, han difundido el testimonio de un misionero de la Sociedad de San Columbano que describe la misión en Myanmar como una experiencia que une dolor y esperanza: «Es como vivir el Viernes Santo y la mañana de Pascua en la misma casa».

Según informa OMPress, el país asiático atraviesa una grave crisis desde el golpe de Estado de 2021, con una situación marcada por la guerra, la violencia, el desplazamiento de población y la pobreza, en gran medida olvidada por la comunidad internacional.

El misionero describe Myanmar como una «tierra dorada de lágrimas», donde muchas familias viven con miedo en campos de desplazados o en aldeas amenazadas por la violencia. «Los jóvenes solían tener sueños, pero ahora portan armas y traumas», explica, reflejando el impacto del conflicto en las nuevas generaciones.

En medio de esta realidad, el sacerdote relata cómo ha acompañado a heridos de bala, a personas con adicciones y a comunidades desplazadas que, pese al sufrimiento, continúan rezando y celebrando la fe con esperanza.

Lejos de una visión heroica, el misionero reconoce sus propios límites: «No puedo detener la guerra ni eliminar el sufrimiento, pero puedo estar presente y escuchar». Así, subraya que la misión no consiste tanto en “hacer cosas”, sino en compartir la vida con quienes sufren.

El testimonio pone también de relieve cómo los propios fieles evangelizan al misionero. «Me han enseñado a confiar en Dios, a compartir lo poco que tienen y a dar gracias incluso en medio de la oscuridad», afirma, destacando la profundidad de la fe en estas comunidades.

Uno de los momentos más significativos se produce al celebrar la Eucaristía en campos de desplazados, donde —según relata— la fe se vive con una intensidad especial: «Lo han perdido todo, pero no su fe». En ese contexto, descubre que «la Iglesia es más fuerte cuando es más pobre».

El misionero insiste en que la misión en Myanmar hoy pasa por acompañar a un «pueblo crucificado», formar a los jóvenes en la esperanza y promover pequeñas comunidades que mantengan viva la fe en medio del sufrimiento.

A pesar de las dificultades, también hay signos de esperanza: jóvenes que ayudan a los más pobres, convivencia entre religiones y gestos de solidaridad en situaciones de peligro. «La misión no consiste en llevar a Cristo, sino en ir donde Cristo ya nos espera», concluye.

Desde las Obras Misionales Pontificias, este testimonio invita a los fieles a sostener con la oración y la solidaridad a las comunidades cristianas que viven en contextos de persecución y conflicto.

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Elena Camacho
Justo ahora
El sufrimiento en Myanmar no es un fenómeno nuevo; su historia está marcada por ciclos de violencia y resistencia que rara vez atraen la atención mundial. La indiferencia de la comunidad internacional frente a esta brutalidad perpetúa el dolor y la desesperanza de un pueblo que, a pesar de todo, sigue buscando un propósito en la fe. Este testimonio resalta cómo la misión debe ser más que asistencia; debe ser una verdadera comunión con quienes llevan la carga del sufrimiento diario.
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