98 años de entrega y amor

98 años de entrega y amor

Víctor V. Espinar

Este viernes, 2 de octubre, el Opus Dei cumple 98 años. Y llevo varios días pensando qué escribir sobre una fecha así. Podría hablar de San Josemaría, de aquel 2 de octubre de 1928, de la historia de la Obra o de todo lo que ha sucedido durante casi un siglo. Pero, cuando uno ha crecido con el Opus Dei tan cerca, resulta difícil hablar de la Obra solamente en términos de historia.

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Para mí, la Obra no es una página de un libro. Tiene nombres, caras, conversaciones, correcciones, risas, excursiones, ratos de oración y personas que, de una manera u otra, han ido dejando huella en mi vida.

Conozco el Opus Dei desde pequeño. Y quizá por eso nunca he sabido separar lo que soy de todo lo que he recibido de tantas personas de la Obra. He aprendido muchas cosas. Algunas importantes y otras aparentemente pequeñas, de esas que uno no sabe que está aprendiendo hasta que pasan los años. He aprendido a intentar hacer bien las cosas, a no conformarme demasiado conmigo mismo, a buscar a Dios en medio de mi vida cotidiana y a entender que la santidad no es algo reservado para personas extraordinarias. Pero, sobre todo, he aprendido de personas.

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Personas que han estado ahí, que me han escuchado cuando lo necesitaba, que han compartido conmigo alegrías y preocupaciones y que, en más de una ocasión, me han corregido. Algunas correcciones me han gustado más que otras, evidentemente. Pero muchas de ellas nacieron de alguien que se preocupó lo suficiente por mí como para decirme la verdad con cariño.

También he tenido la suerte de encontrar amigos gracias a la Obra. Algunos de ellos forman parte de mi vida desde hace muchos años. Otros han aparecido más recientemente. Por eso, cuando este viernes mire esos 98 años, me resultará imposible no sentir un profundo cariño por todo lo que la Obra ha significado para mí. Y también una enorme responsabilidad.

Aunque 98 años puedan parecer muchos, si lo pensamos bien, la Obra acaba de empezar a caminar. Quedan muchísimas personas por conocer, muchísimas almas por acompañar y muchísimas historias que todavía están por escribirse. Y aquí es cuando llega nuestro momento.

Los que hemos recibido todo esto no podemos limitarnos a contemplarlo. Nos toca construir, trabajar, servir, querer y entregarnos. Nos toca conseguir que aquello que un día alguien nos enseñó siga llegando a personas que todavía no lo conocen.

Y para eso también tendremos que aprender a explicar mejor el espíritu del Opus Dei. A hablar de Dios de una manera que un joven de hoy pueda entender. A mostrar que la santidad no consiste en alejarse del mundo, sino en descubrir que precisamente en la universidad, en el trabajo, en la cerveza con amigos, en una familia, en las preocupaciones y en las alegrías de cada día, Dios nos espera.

Tendremos que aprender también de nuestros errores porque los hemos cometido, los cometemos y los seguiremos cometiendo. La Obra está formada por personas y las personas somos imperfectas. No hay nada de extraño en ello. Lo importante será tener la humildad suficiente para reconocer aquello que hemos hecho mal, pedir perdón cuando corresponda y volver a empezar. También eso forma parte de la lucha por la santidad.

Y creo sinceramente que el mundo necesita hoy, quizá más que nunca, aquello que San Josemaría comenzó a enseñar aquel 2 de octubre. Mi generación necesita descubrir que Dios no es una idea del pasado. Necesita jóvenes que sepan que se puede ser cristiano sin esconderse, que se puede buscar la santidad sin dejar de ser plenamente uno mismo, que se puede trabajar, estudiar, hacer deporte, tener amigos, enamorarse, equivocarse y volver a empezar intentando poner a Cristo en el centro.

Tantas personas buscan desesperadamente un sentido y necesitamos recordar que nuestra vida tiene uno. En mi generación, en la que tanto se habla de éxito, necesitamos volver a poner en el centro el servicio y la alegría de entregarse a los demás.

Por eso quiero que estos 98 años sean también un motivo para mirar hacia delante con esperanza. Queda muchísimo por hacer. Porque la historia de la Obra no terminó con quienes la recibieron de San Josemaría. Cada generación tendrá que hacerla suya, vivirla y transmitirla con el lenguaje y la vida de su tiempo.

Este viernes, cuando el Opus Dei cumpla 98 años, volveré a pensar en todas esas personas que han formado parte de mi historia. Pero también pensaré en los que todavía no han tenido esa suerte. En tantos jóvenes que buscan respuestas, que quieren ser felices y que, en medio de todo el ruido de nuestro tiempo, quizá todavía no han descubierto que Dios también les está buscando a ellos. Por eso la Obra sigue siendo necesaria. No porque vivamos anclados en el pasado, sino precisamente porque vivimos en un presente que necesita volver a descubrir muchas de las cosas que el mundo parece haber olvidado.

Nos queda mucho por hacer. Nos queda aprender, rectificar, mejorar y, sobre todo, querer mucho. Querer a Dios, querer a las personas y querer esta Obra que tantos hemos recibido como un regalo.

La Redacción pregunta

Estas preguntas han sido generadas por inteligencia artificial para favorecer el diálogo y la reflexión.

¿Crees que el mensaje de santidad en la vida cotidiana que plantea el autor sigue siendo relevante para los jóvenes de hoy?

¿Qué significa para ti que la fe se viva en espacios como el trabajo, la universidad o las amistades, en lugar de alejarse del mundo?

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