
La fundación CARF, vinculada al Opus Dei, se anuncia en la web de Vida Nueva, la revista que reparte etiquetas de «ultras». Una se pregunta si es marketing o póliza de seguros.
Va una preparada para la sinodalidad pronunciada con unción sacramental, para la alerta contra los retiros de primer anuncio, para el último editorial que reparte carnés de catolicidad dialogante. Para lo que no iba preparada era para encontrarse con un anuncio del CARF.
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Me froté los ojos. Volví a mirar. Ahí seguía.
Para quien no lo conozca: el Centro Académico Romano Fundación es una fundación vinculada al Opus Dei, nacida en 1989 de la mano del hoy beato Álvaro del Portillo, para costear la formación de seminaristas, sacerdotes y religiosos sin recursos en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, en Roma, y en las facultades eclesiásticas de la Universidad de Navarra. Casi 40.000 alumnos de unos 130 países han pasado por sus becas, y entre ellos hay ya más de un centenar de obispos. Es, sin exagerar, una de las obras más hermosas y menos ruidosas que tiene hoy la Iglesia en España. Curas de medio mundo, formados con rigor y devueltos a sus diócesis. Sin pancartas. Sin portadas. Sin aspavientos.
Lo llamativo, por tanto, no es que el CARF se anuncie. Hace bien: las becas no se pagan con jaculatorias, y una fundación que vive de donativos tiene que salir a buscarlos. Lo llamativo es dónde.
Porque Vida Nueva no es un escaparate neutro. Es la revista que hace nada titulaba en portada «Alerta Emaús», que advertía de una supuesta «deriva jansenista» en parroquias y casas de espiritualidad, que despachaba como «grupos ultraconservadores» a quienes discrepan de cierta lectura de Amoris laetitia y que remataba un número con un «Regularización sí, por supuesto» y guiño electoral de propina. La misma que mira por encima del hombro, con su sonrisa pastoral, a buena parte de la gente que dona al CARF y reza por sus becarios.
Y con la Obra en particular no ha sido precisamente tierna. Ha contado con todo detalle cómo la Fiscalía argentina pidió citar a declarar al número dos del Opus Dei en la causa abierta por la denuncia de 43 exnumerarias auxiliares, unas acusaciones que la Prelatura niega de forma categórica. Ha informado de que el abogado de las denunciantes quiere sentar ante el juez al propio prelado. Y sigue con lupa cada estación del vía crucis de unos estatutos que siguen «en fase de estudio», sin fecha a la vista. Es información, sí. Pero con un encuadre que cualquiera reconoce a la primera.
Pero no se vayan todavía, que aún hay más.
Porque resulta que el romance no es de ahora. Vida Nueva lleva años dedicando al CARF piezas de una amabilidad que ya quisieran para sí Emaús o Effetá. Un reportaje titulado, nada menos, «CARF, semilla de pastores con olor a oveja», con el olor a oveja, claro, que en según qué redacciones es la denominación de origen de lo aceptable. Una crónica sobre su récord de donaciones. Otra sobre su mercadillo solidario. Y la web del Opus Dei recoge esos reportajes con evidente satisfacción, como quien enseña a las visitas el diploma enmarcado. Qué idilio. Qué discreción. Qué poquísimo se habla de esto.
¿Que la publicidad es publicidad y no hay más que hablar? No. Eso sería demasiado sencillo. Una, que es mal pensada pero procura no ser injusta, se hace la pregunta que se haría cualquiera: ¿esto es publicidad o es una vacuna?
La hipótesis tiene su lógica. Si la prensa progresista eclesial te sacude un día sí y otro también, quizá convenga tener un pie dentro. Pagar el anuncio, mantener el tono cordial, dejarse hacer un reportaje simpático de vez en cuando. Comprar algo de paz, ganarse algo de comprensión y, con suerte, ablandar a algún obispo lector que, entre una alerta contra los retiros y una tribuna sinodal, tropiece con un seminarista africano becado y piense: «Pues estos del Opus no son tan fieros». Muy hábil todo. Muy de despacho todo. Muy de centenario a la vista, con los estatutos en la mesa de Roma y la causa argentina abierta, cuando lo que más conviene es que nadie se ponga nervioso.
Que conste: no digo que el anuncio compre trato editorial. No lo sé, y a diferencia de otros, cuando una no tiene pruebas, no lo afirma. Las redacciones serias separan el departamento comercial de la mesa de redacción, y la Vida Nueva que cobra el anuncio es la misma que ha publicado lo que ha publicado sobre la Obra. Si era una vacuna, a la vista está que no inmuniza del todo.
Ahora bien, para que nadie diga que me pongo borde sin motivo, reconozco lo que hay que reconocer. A Vida Nueva la leen curas, religiosas, seminarios y despachos diocesanos. Justo el público que sabe lo que cuesta formar a un sacerdote y que puede, desde una parroquia o una congregación, mover un donativo. Desde el punto de vista del marketing, el CARF ha elegido bien. Y a un seminarista congoleño le da igual en qué revista salió el anuncio que le paga la matrícula. Faltaría más.
Pero el fondo del asunto no está en el marketing. Está en esa tentación tan humana, y tan clerical, de querer caer bien a todo el mundo. De confundir la prudencia con el complejo. De pensar que, si pagas peaje a quien te apedrea, dejará de apedrearte, cuando lo más probable es que acabes financiándole la cantera.
Y hay un detalle que a una le escuece especialmente. Cuando Religión Digital lanzó su pedrada contra el Opus Dei y acabó rectificando después de una demanda, una salió aquí mismo a decir lo que pensaba. Sin anuncio. Sin reportaje. Sin mercadillo. Lo hice porque creía que la Obra tenía razón. Y ahora resulta que la Obra pone el dinero que le confían sus donantes en el mismo ecosistema de medios progresistas eclesiales que la trata como sospechosa habitual. Unos ponen la cara; otros ponen el banner. Que no es exactamente lo mismo.
No le pido al CARF que deje de anunciarse. Le pido algo más modesto: que mire bien dónde pone el dinero de quienes rezan por sus seminaristas. Y a la Obra, con el centenario en el horizonte, que recuerde que san Josemaría no fundó nada para caer simpático en los salones, sino para santificar el trabajo. Incluido, imagino, el de elegir en qué revista se anuncia una.
Yo, por mi parte, seguiré abriendo Vida Nueva con el detector de sesgos en una mano. Ahora, además, con la calculadora en la otra.
Por si acaso.
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¿Crees que una fundación como el CARF debería anunciarse en medios que critican habitualmente a la institución a la que está vinculada?
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