
Hay disputas que, por mucho que se intenten explicar con documentos, competencias y decretos, terminan revelando algo mucho más sencillo: que hemos olvidado lo esencial.
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Lo ocurrido estos días en Torreciudad tiene todos los ingredientes para convertirse en una batalla eclesial de primera magnitud: un obispo que reclama una imagen de la Virgen del siglo XI, el Opus Dei que niega haberla retenido ilegalmente, cartas privadas del papa Francisco al obispo Pérez Pueyo en las que se habla incluso de «intrigas mafiosas», un comisario pontificio encargado de buscar una solución y, finalmente, la amenaza del obispo de poner su cargo a disposición de la Santa Sede.
Demasiado ruido para una imagen de la Virgen.
Y conviene recordar algo que parece haberse perdido entre tantos comunicados: el conflicto no lo inició el Opus Dei. Ha sido la diócesis la que ha cuestionado ahora una situación que llevaba décadas consolidada y la que ha reclamado la devolución de una imagen cuyo traslado, según sostiene la Obra y la documentación que ha hecho pública, fue autorizado en los años sesenta.
El Opus Dei puede y debe explicar su posición. Y lo ha hecho. Pero resulta difícil acusarlo de desobediencia mientras existe un comisario pontificio encargado precisamente de estudiar el asunto y la institución manifiesta que está esperando su resolución.
Lo verdaderamente extraño es que, después de solicitar la intervención de Roma, se pretenda también condicionar públicamente el resultado de esa intervención. Un ultimátum no es precisamente la forma más elegante de practicar la obediencia eclesial. Y poner el propio cargo sobre la mesa puede expresar una convicción legítima, pero también puede convertirse en una presión difícil de ignorar sobre quien tiene que decidir.
Las cartas de Francisco tampoco ayudan a despejar el panorama. Que un Papa anime personalmente a un obispo que se siente acosado es comprensible. Que, mientras existe un mecanismo pontificio para resolver el conflicto, aparezcan expresiones como «intrigas mafiosas» deja una pregunta incómoda: ¿estábamos ante una mediación o ante una batalla en la que hasta el árbitro tenía ya favorito?
Y, sin embargo, hay algo que merece destacarse. Después de llevar la tensión hasta este punto, el propio obispo acudió a Torreciudad y afirmó que desea que el Opus Dei continúe allí desarrollando su misión.
Bueno, pues muy bien. Puede que esa sea la única conclusión verdaderamente sensata de todo este episodio: Torreciudad debe servir para acercar almas a Dios por medio de su madre, lo dirija el Opus dei o la diócesis.
La Virgen tampoco debería convertirse en el trofeo de una disputa entre instituciones. Lleva siglos siendo venerada allí mucho antes de que existieran comunicados, comisarios pontificios y guerras de competencias.
Quizá haya llegado el momento de dejar de preguntarnos quién consigue quedarse con la última palabra y empezar a preguntarnos por qué hemos permitido que una Virgen del siglo XI termine en medio de una pelea tan poco cristiana. En serio, vamos a rezar más, y dejarnos ya de historias...
Estas preguntas han sido generadas por inteligencia artificial para favorecer el diálogo y la reflexión.
¿Crees que el conflicto de Torreciudad refleja un problema más profundo en cómo resolvemos las disputas dentro de la Iglesia?
¿Te parece que debería primar la continuidad de la misión espiritual sobre la resolución de quién tiene la autoridad sobre el santuario?
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