De iglesias y banderas, entre nacionalcatólicos y ateo-republicanos

De iglesias y banderas, entre nacionalcatólicos y ateo-republicanos

José M. Domingo

La entrada de hoy va dedicada a comentar brevemente una práctica que conocí en las iglesias de Estados Unidos y que cada vez veo más extendida en las españolas. Me refiero a la costumbre de colocar la bandera nacional y la del Vaticano en algún lugar del templo, sobre todo en el presbiterio pero también en la entrada principal o en alguna de las capillas laterales.

No sé si mis comentarios van a ser o no certeros, y mucho menos si serán o no del gusto del lector, pero sí me parece interesante la diferente lectura que se puede hacer de esta costumbre en función de la historia de cada país. Aclaro que algunas de las ideas referidas al caso americano proceden de eso que llamamos “Inteligencia Artificial” (que en realidad es más artificial que inteligente) pero que, al mismo tiempo, sus respuestas referidas al caso español no me han convencido en absoluto y por ello las reflexiones correspondientes proceden sólo de mi propia “inteligencia natural”.

Así, y resumo lo que “afirman” tanto ChatGpt como Grok, lo obvio es recordar que en Estados Unidos los católicos comenzaron siendo una minoría a la que la mayoría protestante solía ver con recelo y, por su fidelidad al papa, como un posible riesgo para la seguridad nacional. Más tarde, tras la llegada masiva de inmigrantes irlandeses, italianos, polacos y la creciente participación de éstos en la vida pública, una de las maneras de los católicos de mostrar su lealtad al nuevo país sin renunciar a sus creencias fue la de colocar juntas en sus iglesias la bandera estadounidense y la vaticana. Así quedaba claro que eran simultáneamente católicos y estadounidenses y que no tenía por qué haber conflicto entre la fidelidad a su fe y la fidelidad a su Constitución.

Si esta lectura del caso americano resulta fácil de aceptar, mucho menos acertada me ha parecido la respuesta de la IA referida al caso español, pues ésta se ha referido sobre todo a la aislada presencia de la bandera española en los ya lejanos tiempos del nacionalcatolicismo y no alude para nada a su presencia al lado de la bandera vaticana, que es una costumbre mucho más reciente. Como nota al margen, esta deficiente contestación de la IA a mi pregunta ha hecho crecer mi vanidad aún un poco más, pues parece que al menos es esto aún sé más que ella y que todas las bases de datos de los chicos de Silicon Valley.

Pero vamos al grano. Si en el caso estadounidense las cosas parecen bastante claras, es decir, que la presencia contigua de las dos banderas es a la vez una imagen de la separación entre Iglesia y Estado y de la doble ciudadanía (espiritual y terrena) del creyente, esto no parece tan claro con el caso español. Para explicar esta diferencia se me ocurre que un supuesto práctico puede ser más útil que una exposición teórica. Además me interesa porque en este supuesto es donde entra la otra cara de la moneda, es decir, ese “negativo” del nacionalcatólico al que podemos llamar “ateorrepublicano” por defender una especie de teocracia a la inversa y que es tan común en nuestros lares.

Así, aterrizando ya en el supuesto, se me ocurre que si un protestante visita una Iglesia Católica estadounidense creo que entenderá fácilmente que el católico es a la vez americano y católico. Por el contrario, me parece más plausible que, al visitar una parroquia española con las dos banderas, tanto el nacionalcatólico como el ateorrepublicano no acaben viendo otra cosa que la antigua alianza Iglesia-Estado propia de la Posguerra.

A estas alturas es posible que mi querido lector se pregunte adónde quiero ir a parar con todo esto. Pues, sencillamente, a la idea de que, tanto para el nacionalcatólico como para el ateorrepublicano, la lectura modélica debería ser la estadounidense, es decir, la que propone la separación Iglesia y Estado junto a la plena y fiel ciudadanía del creyente y del ateorrepublicano y, también, la obligación del Estado de respetar y fomentar al mismo tiempo y dentro del lógico cuidado por el bien común la dinámica nacida de esa situación.

Así, el católico español debería olvidarse en gran medida de una época marcada por la nada evangélica alianza entre la cruz y el trono y recordar que la referencia principal es siempre el componente espiritual del binomio. Pero por su parte, y de manera igualmente urgente, el ateorrepublicano debería superar su complejo de propietario del espacio público y meditar más en el modelo americano y en la realidad de que, al igual que el creyente, él está obligado también a convertirse en un ciudadano ejemplar.  Los dos, en resumen, deberían ser menos aldeanos y más universales; en definitiva, ambos más deberían ser más universales, que es el significado original de “católico”. Así todos saldríamos ganando.

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