
Hay redacciones que trabajan con fuentes, contraste y un mínimo pudor profesional. Y luego están las que parecen funcionar con otra técnica: se lanza la pedrada, se espera el ruido y, si llega una demanda, ya se verá. La mancha corre, el prejuicio hace caja y el lector predispuesto queda servido con su ración de sospecha.
Eso es lo que acaba de suceder entre Religión Digital y el Opus Dei. No hubo aquí un despertar de la conciencia periodística, ni una súbita conversión al rigor, ni esa extravagancia de comprobar antes de acusar. La rectificación llegó después de que la Prelatura presentara una demanda y de que ambas partes alcanzaran un acuerdo extrajudicial. No cuando mandaba la verdad, sino cuando empezó a mandar la realidad procesal. Que no es exactamente lo mismo.
La diferencia importa. Una cosa es corregir porque se ha cometido un error y se conserva decencia para reconocerlo. Otra bastante distinta es rectificar cuando el paseo hacia el juzgado ya no tiene pinta de metáfora. Ahí la verdad deja de ser un principio y se convierte en un gasto evitable.
Pero el asunto no se agota en el error, por grave que sea. Lo verdaderamente relevante es el método. Se publica una acusación aparatosa, con ese aire de escándalo de sacristía mal ventilada que tanto entusiasma a determinado público. Se insinúa opacidad, se dejan caer expresiones severas, se adorna todo con tono de revelación y se espera el efecto acostumbrado: que la gente no compruebe nada, pero sí comente mucho. Y funciona.
Después llega la rectificación. Más pequeña. Más desganada. Más administrativa. Con ese perfume inconfundible de quien no está corrigiendo por amor a la verdad, sino porque ya no le queda otra salida decente. La acusación entra tocando el tambor; la rectificación entra en zapatillas. Así cualquiera fabrica clima, insinúa mugre y deja el trabajo fino para los abogados.
El Opus Dei había desmentido previamente las acusaciones. Recordó que sus estatutos son públicos, que la Santa Sede conoce sus documentos y que la supuesta opacidad publicada no se sostenía. Pero el desmentido tiene menos tirón que la maledicencia con envoltorio de noticia. Sobre todo en ciertos ambientes eclesiales donde hay quien no quiere información, sino confirmación de manías antiguas.
Sería demasiado fácil cargar solo contra quienes escriben y publican sin rigor. También está el lector que prefiere la confirmación a la verdad, el comentarista que amplifica sin verificar, el algoritmo que premia el escándalo sobre la precisión. Todos ellos forman parte de la cadena. Pero eso no exime a nadie de su responsabilidad específica. Quien publica tiene la obligación de comprobar. No después, cuando llega la demanda. Antes.
