Gracias, monseñor Elizalde

Gracias, monseñor Elizalde

Aurora Buendía

Columnista de Opinión Crítica

Querido Monseñor Elizalde:

Último boletín

Hay escenas eclesiales que parecen salidas de la pluma de alguien con memoria de sacristía, oído atento y cierta dosis de mala intención. Dos sacerdotes presentan una carta en nombre de 52 colegas. Solo dos firman. Los otros 50 permanecen en esa práctica pastoral tan frecuente en ciertos círculos: presencia real, pero cuidadosamente invisible.

Y, sin embargo, pretenden ofrecer lecciones sobre comunión.

Por eso conviene comenzar por lo fundamental: gracias, monseñor Elizalde. Gracias por no ceder ante lo que se presenta como un clamor colectivo, pero que en realidad descansa sobre dos nombres concretos. Gracias por recordar una verdad tan elemental como olvidada: en la Iglesia cabe discrepar, cabe pedir correcciones, cabe solicitar diálogo e incluso protestar; pero resulta poco evangélico envolver la protesta en el anonimato y exigir al obispo que se deje gobernar por voces sin rostro.

Porque la pregunta inicial aquí no es teológica. Es casi de sentido común: si son 52, ¿por qué solo firman dos? Si la causa fuera tan justa, si el sufrimiento fuera tan insoportable, si la diócesis estuviera realmente “dividida”, si el obispo hubiera cometido los excesos que le atribuyen, lo natural sería presentarse con nombre, apellido y responsabilidad personal. Lo contrario recuerda demasiado a esa vieja costumbre clerical de hablar en plural cuando conviene y desaparecer en la penumbra cuando llega el momento de asumir las consecuencias.

Estas tácticas me generan desconfianza inmediata. Cualquiera podría hacer mañana lo mismo: “somos 50”, “somos 80”, “somos la mayoría silenciosa”, “somos el verdadero pueblo de Dios”. Y a partir de ahí, acusar a quien sea de lo que convenga. Sin pruebas públicas, sin firmas completas, sin identidad. Una asamblea espectral. Una sinodalidad con máscara.

Usted ha explicado que encontró en Vitoria “una iglesia monocorde”, en una situación “terrible, agónica, trágica, dramática”, y que ahora existe “una variedad y una vitalidad que no había antes”. Sus detractores, en cambio, parecen escandalizarse justamente de eso: de que entren realidades eclesiales nuevas, de que funcione el seminario, de que surjan vocaciones, de que se confíen parroquias a nuevos responsables, de que se quiebre el monopolio de quienes durante años trataron la diócesis como un cortijo espiritual privado.

Y aquí radica el verdadero problema. Existe un tipo de clero muy identificable que lleva décadas hablando de apertura mientras cierra puertas, de diálogo mientras rechaza a quien piensa distinto, de comunidad mientras administra sus propias parcelas, de libertad mientras vigila cualquier manifestación de catolicismo demasiado católico. Son los herederos de aquel posconcilio mal asimilado que confundió renovación con demolición, sencillez litúrgica con negligencia, cercanía con frivolidad y pobreza evangélica con un jersey de lana permanente.

Sí, dicho así suena áspero. Pero llevo demasiados años presenciando lo mismo: altares convertidos en mesas de comedor, homilías sociológicas sin Cristo, penitenciales colectivas como sustituto de la confesión personal, liturgias improvisadas según la ocurrencia del momento y una desconfianza casi alérgica hacia todo lo que huela a adoración, doctrina, vida sacramental o vocaciones sacerdotales. Luego se sorprenden de que no atraigan a nadie. Un misterio verdaderamente incomprensible.

Usted ha señalado que algunos “no acompañan a nadie, no confiesan a casi nadie, no están cerca de los pobres, no llevan grupos de oración ni de nada”. La frase ha causado dolor. Naturalmente. A veces el diagnóstico duele más que la enfermedad misma. Pero convendría preguntarse si el problema es que el obispo lo diga o que sea posible decirlo.

Porque el sacerdote no existe para preservar nostalgias ideológicas. Existe para celebrar la Santa Misa, predicar a Cristo, absolver pecados, acompañar almas, estar junto a los pobres, suscitar vida cristiana y abrir senderos hacia la santidad. Cuando eso se reemplaza por asambleas, manifiestos, agravios acumulados y resistencia pasiva al obispo, no estamos ante una primavera eclesial. Estamos ante una jubilación espiritual prematura.

También conviene recordar algo que en el País Vasco no puede tratarse como un detalle menor: la relación de ciertos ambientes eclesiales con ETA no fue precisamente ejemplar. Hubo complicidades, ambigüedades y silencios reconocidos; hubo sectores que llegaron tarde al dolor de las víctimas; hubo clérigos que confundieron la cruz con la ikurriña y el Evangelio con justificación política. No se trata de acusar sin fundamento a estos sacerdotes específicos. Se trata de recordar el terreno en el que crecieron. Y ese terreno existió.

Por eso me fatiga —bastante, en realidad— que algunos pretendan presentarse ahora como defensores de la comunión, cuando durante décadas tantos silencios pesaron más que muchas homilías. La Iglesia vasca sabe bien qué sucede cuando la prudencia se convierte en cálculo, cuando la mediación se transforma en equidistancia y cuando el miedo a molestar termina abandonando a las víctimas. En ese contexto, monseñor, que un obispo hable con claridad no es un abuso. Es casi un acto de misericordia.

Sus críticos dicen temer un “giro conservador”. La expresión lo revela todo. Para ciertos sectores, que haya seminaristas es “giro conservador”; que lleguen familias jóvenes es “giro conservador”; que se enseñe la doctrina católica es “giro conservador”; que el Opus Dei, el Camino Neocatecumenal, Pro Ecclesia Sancta o Peregrinos de la Eucaristía tengan presencia es “giro conservador”. Al final, uno acaba sospechando que llaman “conservador” a cualquier cosa que no esté en agonía.

Y, sin embargo, la diócesis no necesita conservar inercias. Necesita convertirse. Necesita sacerdotes que no vivan instalados en el resentimiento, sino en la obediencia fecunda. Necesita parroquias donde se rece, se confiese, se celebre con dignidad, se enseñe la fe y se acompañe a las familias. Necesita pastores, no comisarios de una revolución envejecida.

Con todo, la edad no es el problema. Hay sacerdotes mayores que son una bendición: discretos, fieles, confesores pacientes, hombres de altar y rosario, columnas silenciosas de la Iglesia. El problema no son las canas. El problema es convertir las canas en licencia para bloquear toda renovación que no controla uno mismo.

Por eso, gracias, monseñor Elizalde. Gracias por no rendirse ante una minoría ruidosa. Gracias por recordar que la diócesis no pertenece a quienes durante años tuvieron “la sartén por el mango”. Gracias por abrir ventanas en una casa que algunos preferían mantener cerrada, aunque apestara a humedad pastoral.

Quien quiera fundar su propia Iglesia, con su liturgia personalizada, su doctrina opcional, sus firmas invisibles y su obediencia condicionada, que al menos tenga la honestidad de decirlo. Pero que no la llame comunión católica.

Y quien quiera corregir al obispo, que dé la cara.

La vid no se poda desde la sombra.

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