

Sánchez convoca elecciones para el 29 de noviembre y yo paso a todos los partidos por el discurso de León XIV en el Congreso: todos lo aplaudieron, ninguno se lo leyó entero.
El 8 de junio, el hemiciclo del Congreso hizo algo que una no recordaba haber visto nunca: ponerse de acuerdo. León XIV terminó su discurso y sus señorías le aplaudieron durante casi siete minutos. Aplaudió la izquierda, aplaudió la derecha, aplaudió Vox y aplaudió la presidenta de la Cámara. Una, desde el sofá, llegó a pensar que acababa de presenciar un milagro menor. Luego cada uno salió por su puerta llevándose su trozo de discurso, como quien sale de una boda con la tarta envuelta en una servilleta.
El boletín de hoy
Miércoles, 14 de octubre
Cuatro meses después, el 5 de octubre, Pedro Sánchez anunció elecciones generales para el 29 de noviembre, tras el rechazo de PP, Vox y Junts a sus dos decretos de vivienda. Toca votar, pues. Y a una, que es de misa y además columnista, le toca hacer lo que hace con cualquier documento antes de opinar: leer la letra pequeña.
Conviene empezar por lo obvio, porque lo obvio es lo primero que se olvida. Los católicos somos ciudadanos de dos ciudades —San Agustín lo dejó escrito hace dieciséis siglos y nadie lo ha desmentido— y no podemos permitirnos olvidar ninguna: ni la que esperamos ni la que pisamos. En la que pisamos tenemos exactamente el mismo derecho que cualquiera a querer una sociedad a nuestra medida. El masón aspira a una sociedad hecha con escuadra y compás; el colectivo LGTBI, a una con su bandera en el balcón del ministerio; el católico, a una que se parezca un poco más a lo que Dios quiere. Todos pagamos los mismos impuestos. Todos metemos la misma papeleta en la misma urna. Lo que no tiene ningún sentido es que unos lo hagan con orgullo y otros pidiendo perdón.
Con una desventaja, eso sí. Hay quien juega a esto con la vieja regla de que el fin justifica los medios. Nosotros no. El católico no puede decir que todo vale, ni siquiera cuando le vendría de perlas. Eso no es una minusvalía; es una brújula. Pero obliga a mirar los programas con lupa y no con bufanda.
Lo llamativo no es que todos aplaudieran al Papa. Aplaudir es gratis. Lo llamativo es la destreza con que cada partido aplaudió solo la mitad que le convenía. Así que, aviso a navegantes, hagamos el ejercicio.
Empecemos por quien convoca. El Papa dijo en aquella tribuna que «toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural». Lo dijo ante un Gobierno que tenía en tramitación una reforma del artículo 43 de la Constitución para que los poderes públicos garanticen «el ejercicio del derecho de las mujeres a la interrupción voluntaria del embarazo». El artículo 43, por cierto, es el de la salud. O sea, el aborto como prestación sanitaria. Lo resumió con gracia la diputada del PP Silvia Franco: «Ahora resulta que abortar es una cosa saludable». Añadan la ley de eutanasia de 2021 y tendrán el pack completo: se garantiza el principio y se garantiza el final. Lo de en medio, ya si eso.
Ahora bien, para que nadie diga que una pierde el sentido de la justicia cuando se pone borde: este mismo Gobierno aprobó en enero la regularización extraordinaria de inmigrantes que pedía una ILP respaldada por entidades eclesiales, y el presidente de la Conferencia Episcopal, Luis Argüello, la defendió como «un acto de justicia social». Es lo que tiene la doctrina social de la Iglesia: a veces la cumple hasta quien no la ha leído.
Pero no se vayan todavía, que aún hay más. A la izquierda del PSOE, el nuevo Frente Amplio sigue negociando candidato y listas. Lo que sí tiene Sumar es una iniciativa para sacar la Religión del horario lectivo obligatorio, que el adelanto electoral ha dejado en el congelador. Y Podemos encontró la reforma del aborto demasiado tímida: Ione Belarra dijo que llevarlo al artículo 43 era darle «una patada» al derecho. Para ellos, quedarse en prestación sanitaria es poco; lo quieren derecho fundamental. Más claro, agua.
Y aquí llega lo divertido. Alberto Núñez Feijóo salió del hemiciclo asegurando que compartía el discurso del Papa «de la A a la Z». Nueve días después, en El Hormiguero, descartó tocar la ley de plazos incluso gobernando con Vox, porque es una ley que «se contextualiza en el ámbito de Europa», y prometió darle a la eutanasia una «nueva redacción» para «perfeccionar» la norma. De la A a la Z, sí. Pero del abecedario, por lo visto, se cayó la V. La de vida.
Es verdad que el PP votó contra el blindaje constitucional del aborto. Pero conviene leer por qué. Su enmienda hablaba de «fraude constitucional» y de que el Gobierno buscaba «un beneficio electoral». Es decir, se opuso a cómo se hacía, no a lo que se hacía. Una cuestión de trámite. Muy fino todo.
Queda Vox, que en este examen saca la mejor nota en la asignatura troncal. Su enmienda a la misma reforma fue al fondo: sostuvo que contraviene el artículo 15 de la Constitución, el que reconoce «el derecho de todos a la vida». Y eso, lo digo sin ironía, se agradece. Por una vez alguien defiende al no nacido sin pedir disculpas y sin esconderse detrás del reglamento.
El problema es la otra mitad del discurso. El Papa pidió ante las Cortes que la situación de los migrantes tuviera «una respuesta que mire a las personas», y advirtió de que donde alguien es discriminado por su origen nacional «se vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos». Santiago Abascal salió diciendo que no veía «ninguna contradicción», porque León XIV «distingue perfectamente entre el discurso y la política práctica». Qué cómodo. Qué práctico. Qué poquísimo evangélico. En abril ya había acusado a algunos obispos de «hacer negocio con la inmigración ilegal», y dirigentes de su partido avisaron de que las ONG que acogen a inmigrantes irregulares se quedarían sin subvenciones autonómicas, «tampoco las de la Iglesia». O sea, Cáritas, a la cola. El secretario general de los obispos, César García Magán, llamó a aquello por su nombre: «injuria».
Y aquí está la trampa, bastante burda por cierto, en la que caen unos y otros. El Catecismo, en su número 2241, dice dos cosas a la vez: que las naciones más prósperas deben acoger al extranjero en la medida de lo posible, y que la autoridad puede regular la inmigración y el inmigrante debe respetar las leyes del país que lo recibe. La izquierda se lee la primera mitad. Vox, la segunda. Ninguno llega al punto final.
En el fondo, lo que asoma es lo de siempre: un Evangelio troceado y repartido por grupos parlamentarios, como un menú del día. Unos se quedan con el primero, otros con el segundo, y el postre —la verdad entera— vuelve a la cocina sin tocar.
¿Y entonces? ¿Me quedo en casa, como esas almas finísimas que no votan para no mancharse? No. Benedicto XVI dejó escrito en Sacramentum caritatis que hay valores que no son negociables: la vida desde la concepción hasta su fin natural, la familia, la libertad de los padres para educar a sus hijos y el bien común en todas sus formas. Y Juan Pablo II explicó en Evangelium vitae que, cuando no se puede abolir una ley injusta, es lícito apoyar a quien limite el daño. No se busca un partido santo, que no existe. Se busca un orden de prioridades, que sí existe.
Sí, ya sé lo que están pensando. Hace unos meses me burlé de Vida Nueva por rematar un número con aquello de «Que los católicos sepan a quién votan». Pues ahí va la diferencia: yo no les digo a ustedes a quién votar. Les cuento a quién voy a votar yo, y por qué. Que no es exactamente lo mismo.
Descarto a quien quiere el aborto en la Constitución, y a quien lo quiere todavía más arriba. Descarto también, con pena y sin rencor, a quien jura el discurso del Papa de la A a la Z y a los nueve días pierde la V. Mi papeleta irá para quien se opuso a blindar el aborto por lo que es y no por cómo se tramitaba. Es decir, Vox. Con la nariz tapada en lo que toca a Cáritas, a los cayucos y a mis obispos, a quienes nadie llama negociantes en mi presencia sin llevarse una respuesta. Votar no es comulgar con un partido. Es elegir el mal menor sabiendo perfectamente que sigue siendo un mal.
Siete minutos de aplausos. Dos segundos de papeleta. Y cuatro años de memoria.
Estas preguntas han sido generadas por inteligencia artificial para favorecer el diálogo y la reflexión.
¿Crees que los partidos políticos deberían ser más coherentes entre los valores que aplauden y las políticas que defienden, o consideras que es inevitable cierta flexibilidad en política?
¿Piensas que los católicos tienen derecho a reivindicar una sociedad conforme a sus valores de la misma forma que otros colectivos reclaman la suya?
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