Así respondió Juan Pablo II al horror del 11-S: "Que el amor supere al odio"

Así respondió Juan Pablo II al horror del 11-S: "Que el amor supere al odio"

Apenas 24 horas después de los atentados del 11-S, Juan Pablo II compareció ante el mundo profundamente conmocionado. Habló de un «día tenebroso en la historia de la humanidad», se preguntó cómo podía el hombre llegar a semejante crueldad y pidió que el horror no desencadenara una nueva espiral de odio y venganza.

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Era el miércoles 12 de septiembre de 2001. El día anterior, Estados Unidos había sufrido los ataques terroristas que derribaron las Torres Gemelas de Nueva York y golpearon el Pentágono. Miles de personas habían perdido la vida y el alcance de lo ocurrido todavía comenzaba a conocerse cuando Juan Pablo II inició su audiencia general abordando directamente la tragedia.

«No puedo iniciar esta audiencia sin expresar profundo dolor por los ataques terroristas que en el día de ayer ensangrentaron a Estados Unidos», comenzó el Pontífice. Tras expresar sus condolencias al presidente y al pueblo estadounidense, reconoció la conmoción provocada por unos acontecimientos de «un horror tan incalificable» y se unió a quienes habían manifestado su «indignada condena».

Pero desde sus primeras palabras introdujo también una advertencia que marcaría su respuesta al 11-S: «Los caminos de la violencia nunca llevan a verdaderas soluciones de los problemas de la humanidad».

«Un día tenebroso en la historia de la humanidad»

Juan Pablo II no trató de suavizar la gravedad de lo sucedido. Su descripción de aquel 11 de septiembre fue contundente:

«Ayer fue un día tenebroso en la historia de la humanidad, una terrible afrenta contra la dignidad del hombre».

El Papa explicó que había seguido «con intensa participación» el desarrollo de los acontecimientos desde que recibió las primeras noticias y que había elevado a Dios una «apremiante oración». Pero ante la magnitud del mal, formuló también una pregunta que iba más allá de los propios atentados.

«¿Cómo pueden verificarse episodios de una crueldad tan salvaje?».

Su respuesta dirigió la mirada hacia el interior del propio ser humano. «El corazón del hombre es un abismo del que brotan a veces planes de inaudita atrocidad», afirmó, capaces de destruir «en unos instantes la vida serena y laboriosa de un pueblo».

Juan Pablo II reconocía así la dificultad de encontrar palabras ante lo ocurrido. «Todo comentario parece inadecuado», admitió. Y fue precisamente en ese límite donde situó la respuesta de la fe.

«El mal y la muerte no tienen la última palabra»

Ante unas preguntas para las que las explicaciones humanas parecían insuficientes, Juan Pablo II afirmó que «la fe sale a nuestro encuentro». Para el Papa, la respuesta cristiana al horror no consistía en negar la existencia del mal ni en disminuir la tragedia de quienes habían muerto.

«Aun cuando parecen dominar las tinieblas, el creyente sabe que el mal y la muerte no tienen la última palabra».

En esta convicción situó Juan Pablo II «la esperanza cristiana» y la confianza que, en aquellas horas, decía encontrar apoyada en la oración.

El Pontífice se dirigió entonces directamente al pueblo de Estados Unidos, que atravesaba una «hora de angustia y desconcierto», y abrazó de manera particular a las familias de los muertos y los heridos. Aquella misma mañana había celebrado la Misa por las víctimas, a quienes encomendó «a la misericordia del Altísimo».

También tuvo palabras para quienes continuaban trabajando entre las consecuencias de los atentados. Pidió a Dios que diera valor a los supervivientes y sostuviera la labor de los socorristas y de los numerosos voluntarios que estaban dedicando «todas sus energías» a afrontar la emergencia.

El «dolor inocente» ante el que las palabras resultaban insuficientes

La reacción de Juan Pablo II ante el 11-S conectaba con una cuestión sobre la que había reflexionado profundamente durante su pontificado: el sufrimiento de los inocentes. De hecho, en la oración de los fieles celebrada aquel mismo 12 de septiembre habló expresamente de aquellos «días de luto y de dolor inocente».

Diecisiete años antes, en la carta apostólica Salvifici Doloris, el Papa había afrontado precisamente la pregunta que surge cuando el sufrimiento alcanza a quien no parece haber hecho nada para merecerlo. Allí había reconocido la existencia de «tantos sufrimientos sin culpa» y rechazado que todo dolor pudiera explicarse como consecuencia de una culpa o como castigo.

«No es verdad [...] que todo sufrimiento sea consecuencia de la culpa y tenga carácter de castigo».

Al detenerse en la figura bíblica de Job, Juan Pablo II había llegado a reconocer un límite para la propia inteligencia humana: «El suyo es el sufrimiento de un inocente; debe ser aceptado como un misterio que el hombre no puede comprender a fondo con su inteligencia».

Salvifici Doloris iba todavía más lejos al reconocer que el sufrimiento «es siempre un misterio» y admitir «la insuficiencia e inadecuación de nuestras explicaciones».

Aquellas palabras ayudan a comprender la reacción del Papa ante el 11-S sin convertir su carta de 1984 en una explicación de los atentados. El 12 de septiembre de 2001, frente a miles de víctimas inocentes, Juan Pablo II tampoco pretendió ofrecer una respuesta racional capaz de explicar semejante sufrimiento. Reconoció que «todo comentario parece inadecuado» y dirigió la mirada hacia la esperanza cristiana: incluso cuando parecían imponerse las tinieblas, «el mal y la muerte no tienen la última palabra».

Juan Pablo II pidió que la respuesta no fuera la venganza

Pero una de las partes más significativas de aquella jornada llegó cuando Juan Pablo II miró hacia lo que podía suceder después. Estados Unidos acababa de sufrir el mayor ataque terrorista de su historia y el Papa pidió expresamente que el horror vivido no generara una nueva cadena de violencia.

«Pidamos al Señor que no prevalezca la espiral del odio y de la violencia».

La petición se hizo todavía más explícita durante la oración de los fieles. Juan Pablo II rezó por los responsables de las naciones para que «no se dejen dominar por el odio y el espíritu de venganza» y para que evitaran que «las armas de destrucción siembren nuevo odio y nueva muerte».

También pidió por quienes acababan de perder violentamente a familiares y amigos, para que el sufrimiento no los llevara al «dolor, la desesperación y la venganza», sino que pudieran mantener la fe «en la victoria del bien sobre el mal, de la vida sobre la muerte».

Incluso al rezar por los heridos, pidió que pudieran convertirse en «artífices de justicia y constructores de paz», viviendo «sin rencores ni sentimientos de venganza».

Un año después: «Ninguna filosofía o religión pueden justificar semejante aberración»

Exactamente un año después, el 11 de septiembre de 2002, Juan Pablo II volvió sobre los atentados. Esta vez ya no hablaba en las primeras horas de desconcierto. Habían transcurrido doce meses y el Papa quiso recordar nuevamente a las víctimas, expresar su cercanía a sus familiares y «interpelar la conciencia» de quienes habían concebido y ejecutado aquel «plan tan bárbaro y cruel».

Su condena volvió a ser inequívoca:

«Ninguna situación de injusticia, ningún sentimiento de frustración, ninguna filosofía o religión pueden justificar semejante aberración».

Juan Pablo II defendió que la vida y la dignidad de cada persona eran «bienes inviolables». «Lo dice Dios, lo sanciona el derecho internacional, lo proclama la conciencia humana y lo exige la convivencia civil», afirmó.

El Papa definió además el terrorismo como una realidad incompatible con cualquier verdadera solución a los conflictos.

«El terrorismo es y será siempre una manifestación de crueldad inhumana».

Y volvió a rechazar la violencia como respuesta: «El atropello, la violencia armada y la guerra son opciones que sólo siembran y engendran odio y muerte». Frente a ellas señaló otros dos caminos: «Únicamente la razón y el amor son medios válidos para superar y resolver los conflictos entre las personas y los pueblos».

Condenar el terrorismo sin ignorar las injusticias

Juan Pablo II introdujo entonces un matiz importante. Condenar cualquier justificación del terrorismo no significaba ignorar las situaciones de injusticia existentes en el mundo.

El Papa reclamó «un esfuerzo concorde y decidido» para impulsar iniciativas políticas y económicas capaces de resolver «las escandalosas situaciones de injusticia y opresión» que continuaban afectando a numerosos miembros de la humanidad y que podían crear condiciones favorables para «la explosión incontrolable del rencor».

«Cuando se violan los derechos fundamentales es fácil caer en las tentaciones del odio y la violencia».

La respuesta que propuso fue construir «todos juntos una cultura global de la solidaridad» capaz de devolver a los jóvenes «la esperanza en el futuro».

De este modo, Juan Pablo II mantuvo simultáneamente dos afirmaciones: ninguna injusticia podía justificar el terrorismo, pero las injusticias y la opresión tampoco podían ser ignoradas si se quería construir verdaderamente la paz.

«Sólo de la verdad y la justicia pueden brotar la libertad y la paz»

En el primer aniversario de los atentados, Juan Pablo II terminó señalando los fundamentos sobre los que consideraba posible reconstruir después del horror. Recurrió al salmo 95 —«regirá el orbe con justicia y los pueblos con verdad»— para formular después una de las afirmaciones centrales de su intervención:

«Sólo de la verdad y la justicia pueden brotar la libertad y la paz».

Sobre esos valores, afirmó, podía construirse «una vida digna del hombre». Sin ellos, en cambio, «solamente hay ruina y destrucción».

Había transcurrido un año desde que Juan Pablo II describiera el 11-S como «un día tenebroso en la historia de la humanidad». Durante aquellas primeras horas había pedido que no prevaleciera «la espiral del odio y de la violencia». Doce meses después, su mensaje desembocaba en la misma dirección.

«En este tristísimo aniversario elevamos a Dios nuestra oración para que el amor supere al odio».

Desde el desconcierto del 12 de septiembre de 2001 hasta la reflexión del primer aniversario, Juan Pablo II sostuvo una misma respuesta frente al terrorismo: condenar sin ambigüedades el mal, permanecer junto a las víctimas, rechazar la venganza, combatir las injusticias y confiar en que el odio y la muerte no tienen la última palabra.

La oración de Juan Pablo II apenas 24 horas después del 11-S

La audiencia general del 12 de septiembre de 2001 concluyó con una oración de los fieles marcada directamente por lo ocurrido el día anterior. Juan Pablo II la introdujo reconociendo el «horror de la violencia destructora» y aquellos «días de luto y de dolor inocente». Esta fue la plegaria:

El Santo Padre:

Hermanos y hermanas, con gran preocupación, frente al horror de la violencia destructora, pero con la fuerza de la fe que siempre ha guiado a nuestros padres, nos dirigimos al Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, salvación de su pueblo, y con confianza de hijos le suplicamos que venga en nuestra ayuda en estos días de luto y de dolor inocente.

Lector:

1. Por las Iglesias de Oriente y de Occidente, y en particular por la Iglesia que vive en Estados Unidos, para que, aunque postrada por el desconcierto y el luto, inspirándose en la Madre del Señor, mujer fuerte al pie de la cruz de su Hijo, alimenten en los corazones deseos de reconciliación y paz y trabajen por la construcción de la civilización del amor, roguemos al Señor.

2. Por todos los que llevan el nombre de cristianos, para que, en las tristes vicisitudes de una humanidad llena de incomprensión y de odio, sigan siendo testigos de la presencia de Dios en la historia y de la victoria de Cristo sobre la muerte, roguemos al Señor.

3. Por los responsables de las naciones, para que no se dejen dominar por el odio y el espíritu de venganza, hagan todo lo posible por evitar que las armas de destrucción siembren nuevo odio y nueva muerte, y se esfuercen por iluminar la oscuridad de las vicisitudes humanas con obras de paz, roguemos al Señor.

4. Por los que lloran y sufren por la pérdida violenta de familiares y amigos, a fin de que en esta hora de sufrimiento no se dejen vencer por el dolor, la desesperación y la venganza, sino que sigan teniendo fe en la victoria del bien sobre el mal, de la vida sobre la muerte, y trabajen por construir un mundo mejor, roguemos al Señor.

5. Por los heridos y los que sufren a causa de los insensatos actos terroristas, para que recuperen pronto estabilidad y salud, y ante el don de la vida alimenten en su corazón deseos de construcción, colaboración y servicio a toda forma de vida, sin rencores ni sentimientos de venganza, y se conviertan en artífices de justicia y constructores de paz, roguemos al Señor.

6. Por los hermanos y hermanas que han encontrado la muerte en la locura de la violencia, a fin de que hallen en la paz del Señor su segura alegría y la vida sin fin, y su muerte no sea vana, sino levadura para tiempos nuevos de fraternidad y colaboración entre los pueblos, roguemos al Señor.

El Santo Padre:

Señor Jesús, acuérdate ante tu Padre de nuestros hermanos difuntos y de nuestros hermanos que sufren. Acuérdate también de nosotros y admítenos a rezar con tus palabras:

«Pater noster...».

El Santo Padre:

¡Oh Dios omnipotente y misericordioso, no te puede comprender quien siembra la discordia, no te puede acoger quien ama la violencia!: mira nuestra dolorosa situación humana probada por crueles actos de terror y muerte, conforta a tus hijos y abre nuestros corazones a la esperanza, para que nuestro tiempo pueda conocer todavía días de serenidad y paz. Por Cristo, nuestro Señor. Amén.

La Redacción pregunta

Estas preguntas han sido generadas por inteligencia artificial para favorecer el diálogo y la reflexión.

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