Varden: "Para afrontar la muerte en paz debemos mirarla a los ojos"

Varden: "Para afrontar la muerte en paz debemos mirarla a los ojos"

Ante la muerte, el hombre experimenta la ausencia, la impotencia, el dolor e incluso la rabia. Y, sin embargo, la Iglesia canta a la paz. El obispo Erik Varden ha reflexionado sobre esta aparente paradoja cristiana en la homilía pronunciada el 4 de septiembre durante el funeral de Ulrik Sverdrup-Thygeson.

Varden parte de una imagen que acompaña al cristianismo desde hace siglos: el Requiem. Frente a la muerte, explica, la Iglesia canta a la paz independientemente de las circunstancias en las que esta llegue, ya se trate de «un anciano cargado de años o de un pequeño niño», de una persona que muere acompañada por sus seres queridos o de quien lo hace «en el caótico aislamiento de una trinchera».

Último boletín

La paradoja de cantar a la paz ante la muerte

El obispo reconoce que existe algo profundamente paradójico en esta respuesta cristiana. Incluso quienes llevan años alejados de una iglesia pueden asociar la palabra Requiem con el consuelo, en parte gracias a las grandes composiciones musicales que han dado expresión universal a la Misa de difuntos. Sin embargo, Varden advierte de que esa familiaridad puede hacer olvidar lo extraordinario de aquello que la Iglesia está proclamando.

«Podemos olvidar fácilmente lo paradójico que es, en realidad, cantar a la muerte en una tonalidad de ternura que palpita de esperanza», señala.

Porque, humanamente, la muerte continúa siendo estremecedora incluso cuando era previsible. Varden describe el momento del fallecimiento desde una experiencia reconocible: una persona puede encontrarse inconsciente en su lecho de muerte y, pese a ello, sigue estando inequívocamente presente. Después llega la muerte y esa presencia deja paso repentinamente a la percepción de una ausencia.

El obispo se detiene incluso en la manera de hablar de quienes mueren y de quienes permanecen. En noruego, explica, se dice que la persona que muere «se despide» de nosotros y se habla de aquellos que «quedan atrás». Para Varden, no son expresiones absurdas: quienes permanecen se encuentran «en la encrucijada, impotentes».

Una experiencia semejante puede despertar «fuertes reacciones de dolor, rebelión y rabia». Y es precisamente después de reconocer toda esa crudeza cuando Varden formula la pregunta que atraviesa su reflexión:

«¿Y, sin embargo, cantamos a la paz?».

«El miedo paraliza»

Varden encuentra en el Evangelio dos fundamentos para comprender de dónde puede proceder esa paz. El primero está relacionado con la voluntad y parte de las palabras de Cristo: «No se turbe vuestro corazón».

El obispo dirige entonces su atención hacia el miedo. «El miedo paraliza», afirma. Incluso recuerda que, cuando alguien intenta manipular a otra persona, una de las estrategias consiste precisamente en conseguir que tenga miedo.

Sin embargo, Varden sostiene que el miedo no determina inevitablemente al hombre. Existe, según explica, una capacidad considerable para impedir que domine la mente. Y el primer paso consiste en reconocer la realidad tal como es.

«Podemos afrontar lo real; lo que nos aterra es lo imaginario».

Para Varden, partir de los hechos permite tomar decisiones razonadas. El problema aparece cuando el hombre queda atrapado en la idea de que aquello que está sucediendo no debería estar sucediendo. Frente a la muerte, esta consideración adquiere una importancia particular.

«Debemos aceptar la muerte como parte de la vida»

La paz ante la muerte no consiste, por tanto, en negar aquello que está ocurriendo. Tampoco en presentar la muerte de una manera artificialmente hermosa. Varden propone justamente lo contrario: reconocerla y contemplarla como una realidad que forma parte de la existencia humana.

«Para afrontar la muerte en paz debemos aceptarla como parte de la vida».

El obispo es especialmente claro sobre lo que esta aceptación significa: «No tenemos que ocultarla ni embellecerla». La respuesta consiste sencillamente en «mirarla a los ojos» como algo que llega al hombre y que le es dado.

La paz cristiana de la que habla Varden no nace así de ignorar el carácter estremecedor de la muerte. Su reflexión comienza precisamente reconociéndolo. La muerte produce una ausencia real y puede provocar dolor, rebelión o rabia. Pero el hombre, sostiene, puede enfrentarse a aquello que es real sin quedar necesariamente dominado por el miedo.

La segunda condición para la paz: la fe

El segundo fundamento señalado por Varden procede nuevamente de las palabras de Cristo: «Creed en Dios, creed también en mí».

El obispo reconoce que la fe puede convertirse en una cuestión compleja. En particular, se refiere al contexto noruego y a las consecuencias de cierta retórica surgida de la Reforma, que habría llevado paradójicamente a percibir la fe como una especie de «obra» que el hombre debe conseguir realizar correctamente.

Surgen entonces preguntas angustiosas: si la salvación presupone la fe, ¿cómo puede una persona saber que cree suficientemente? ¿Cómo puede saber que su fe posee la pureza necesaria? Varden recuerda que tanto la literatura como la propia experiencia humana muestran personas que han llegado a rozar la desesperación a causa de interrogantes semejantes.

Para iluminar esta cuestión, acude al significado bíblico de la palabra utilizada para hablar de la fe.

La fe no como angustia, sino como fidelidad

Varden recuerda que el término griego pistis, empleado en el Nuevo Testamento para hablar de «fe», puede significar también «fidelidad». Esta consideración cambia profundamente la perspectiva.

Creer, según explica, no consiste bíblicamente en una búsqueda angustiosa y solitaria destinada a comprobar constantemente la calidad de la propia fe.

«La fe representa la certeza firme de que Alguien mantiene su mano tanto sobre mí como debajo de mí, para que pueda caminar y permanecer seguro».

Para expresar esta confianza, Varden recuerda también las palabras del salmo: «Me estrechas detrás y delante» y, aunque el hombre tomase «las alas de la aurora» y habitase «en el extremo del mar», incluso allí la mano de Dios seguiría guiándolo.

«Así habla la fe bíblica», afirma el obispo.

¿De dónde nace una fe capaz de sostener ante la muerte?

Varden distingue tres fundamentos que permiten que esta confianza vaya creciendo. El primero es «una comprensión de Dios cuidadosamente meditada y racional», alimentada por la Escritura y la teología. La fe que describe no se presenta, por tanto, como una renuncia a la razón.

El segundo nace de observar atentamente la vida de otras personas. Aquí adquieren una importancia especial los santos, cuyas vidas muestran «con maravillosa diversidad» cómo la fe puede encarnarse en circunstancias humanas profundamente distintas.

Sus vidas permiten encontrar orientación para la propia existencia cristiana. La fe deja así de aparecer únicamente como una idea y puede contemplarse realizada concretamente en hombres y mujeres que la han vivido en situaciones muy diferentes.

El tercer fundamento señalado por Varden es la propia experiencia. Con el paso del tiempo, sostiene, el creyente puede mirar hacia atrás y reconocer una fidelidad que quizá no había percibido de la misma manera mientras atravesaba cada circunstancia.

«Cuanto mayores nos hacemos, más claramente vemos que es verdad: Dios realmente es fiel; en consecuencia puedo creer, recibo la fe como un don».

La paz cristiana no elimina el dolor

La reflexión de Varden vuelve así a la paradoja con la que había comenzado. La Iglesia puede cantar a la paz ante la muerte no porque ignore lo que significa perder a alguien ni porque pretenda borrar el dolor de quienes «quedan atrás».

El propio obispo ha reconocido la conmoción de la muerte, la experiencia de la ausencia y las reacciones de dolor, rebelión y rabia que puede provocar. La paz de la que habla tiene otro origen: aceptar la realidad sin dejarse dominar por el miedo y confiar en la fidelidad de Dios.

De este modo, el Requiem deja de ser simplemente una expresión musical asociada al consuelo. En la reflexión de Varden se convierte en la expresión de una esperanza que parece paradójica precisamente porque se pronuncia ante la muerte.

El cristiano no necesita ocultarla ni embellecerla. Puede «mirarla a los ojos». Y puede hacerlo desde una fe que no consiste en preguntarse angustiosamente si cree lo suficiente, sino en descubrir progresivamente que Dios permanece fiel. Es desde esa certeza desde donde, incluso frente a la ausencia y el dolor, la Iglesia continúa cantando a la paz.

La Redacción pregunta

Estas preguntas han sido generadas por inteligencia artificial para favorecer el diálogo y la reflexión.

¿Crees que la reflexión del obispo Varden sobre mirar la muerte a los ojos puede ayudarte a replantearte tu propia relación con la finitud?

¿Qué te parece la distinción que hace Varden entre el miedo paralizante y la capacidad de enfrentarse a la realidad tal como es?

Tu opinión es importante. Comparte tu punto de vista con respeto.

Comentarios (0)

Sé el primero en comentar esta noticia.

Escribe un comentario

Participa en la conversación con respeto. Tu comentario se publicará automáticamente, aunque podrá ser retirado por la redacción.

Sigue a Iglesia Noticias en Google
Añadir a mis fuentes favoritas

Publish the Menu module to "offcanvas" position. Here you can publish other modules as well.
Learn More.