Giovanni Galizia, el rostro del célebre calendario vaticano, revela cómo una sesión fotográfica casual lo convirtió en un ícono turístico sin haber sido nunca ordenado
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Giovanni Galizia, la imagen más reconocible del popular calendario de curas de Roma, ha revelado una verdad que sorprenderá a quienes durante más de dos décadas adquirieron su fotografía como recuerdo: nunca fue sacerdote ni modelo profesional. Actualmente trabaja como azafato para una aerolínea española y reside en Verona, lejos del mundo eclesiástico que su rostro parecía representar.
El joven siciliano cuenta que todo comenzó en 2002, cuando el fotógrafo Piero Pazzi lo abordó casualmente en Palermo. Con apenas 17 años, Galizia aceptó posar vestido de sacerdote en la iglesia del Gesù de su ciudad natal. Lo que fue concebido como una broma fotográfica terminó convirtiéndose en un fenómeno de ventas que cautivó a turistas de todo el mundo. "Para mí posar fue solo un juego muy gracioso", comentó Galizia sobre aquella sesión, subrayando que para él fue simplemente una experiencia lúdica sin mayores pretensiones.
Pese a que su imagen se transformó en un símbolo de los souvenirs romanos, Galizia nunca percibió compensación económica alguna. Renunció voluntariamente a sus derechos de imagen, decisión que mantiene sin arrepentimientos. "No he ganado nada, pero no es una crítica. Piero fue un encanto", afirmó, evidenciando su conformidad con la experiencia y su relación positiva con el fotógrafo que lo hizo famoso sin saberlo.
El joven también abordó las interpretaciones provocativas que algunos han hecho de su fotografía a lo largo de los años. "Entiendo el contraste entre la cara bonita de un chico joven vestido de sacerdote y que ello despierte cierto imaginario, pero yo no veo absolutamente nada de sensual en esa foto", aseguró con firmeza, rechazando cualquier lectura que distorsione el carácter inocente de aquella sesión fotográfica de hace dos décadas.
Hoy, Galizia continúa su vida laboral en el sector aeronáutico, ajeno a la fama que generó su imagen. Paradójicamente, el «cura» más célebre que jamás existió permanece en el anonimato, protegido por la distancia geográfica y profesional que lo separa de aquel encuentro casual que lo inmortalizó en los recuerdos de millones de turistas.
