La trayectoria de un sacerdote que encontró su propósito en la espiritualidad y el servicio a la comunidad.
Pedro, sacerdote de 48 años, abandonó hace dos décadas su carrera como director jurídico en una inmobiliaria para responder a su vocación. El encuentro con Juan Pablo II en 1997, durante un acto en Cuatro Vientos, fue el punto de quiebre. Las palabras del entonces Pontífice —«Cuando vuelvo la mirada atrás y veo lo que ha sido mi vida, puedo decir que merece la pena dar la vida por Dios y por los hermanos»— le marcaron profundamente y le llevaron a ingresar en el seminario tras un período de discernimiento.
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El camino hacia el sacerdocio no fue sin obstáculos. Su madre cuestionó su elección de vida. Él, sin embargo, encontró confirmación en momentos clave: un retiro en el monasterio de Leire y un viaje a Uruguay, donde sintió la llamada a trabajar en un barrio difícil de Montevideo. Cuando Juan Pablo II murió, Pedro viajó a Roma para despedirse ante la capilla ardiente. Aquella experiencia le permitió sentir la conexión que millones de fieles experimentaban por el Pontífice.
Hoy, Pedro es también poeta. Ha publicado un libro titulado Llamadme loco y reflexiona sobre la poesía como expresión de la fe. «El Papa es el poeta de Dios», afirma, porque su misión consiste en revelar la grandeza de lo humilde y lo cotidiano. Para él, la vocación poética y la vocación sacerdotal comparten una raíz común: mostrar la verdad del amor divino en las cosas sencillas.
Si alguna vez se encontrara con el Papa León XIV, Pedro no le formularía preguntas teológicas ni le pediría favores. Su preocupación sería otra: «¿Cómo estás? ¿Has comido?». «Él se preocupa por todos nosotros. Yo me preocuparía por él», dice con sencillez. En esa frase late su comprensión del sacerdocio: no como poder o privilegio, sino como servicio y cuidado mutuo.
En una oración reciente, Pedro dio gracias a Dios por la figura del Pontífice y pidió que su próximo viaje a España sea ocasión para fortalecer la unidad de la Iglesia y testimoniar la fe ante el mundo. Su historia no es la de un hombre que renunció a algo, sino la de alguien que encontró todo lo que buscaba en el seguimiento de Cristo y en el servicio a los demás.
