
Este fin de semana he asistido a la misa de clausura de un retiro de Effetá, y mientras observaba los rostros de quienes acababan de vivir la experiencia, entre lágrimas, abrazos y silencios difíciles de explicar, no podía evitar pensar en el debate que desde hace tiempo rodea a estos retiros. En los últimos años han proliferado en España y, con ellos, también las críticas.
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Se les acusa de superficiales, de emocionalismo fácil, de quedarse en la piel de la fe sin profundizar en su esqueleto doctrinal y de ser una especie de “secta”. Se dice que apelan al corazón, pero descuidan la razón. Y, en parte, quizá sea cierto. Como joven que ha vivido uno de estos retiros, puedo afirmarlo sin rodeos: Effetá es, ante todo, sentimiento. Es impacto, es lágrima, es abrazo. Es corazón. Pero, ¿es eso necesariamente un problema?
Conviene detenerse un momento y mirar a la generación de jóvenes que hoy intenta, como puede, abrirse un camino. Una generación que vive en una constante batalla interior, donde la ansiedad, la comparación y la necesidad de validación se han convertido en ruido de fondo permanente. Jóvenes que buscan gustar, encajar, ser suficientes en un mundo que rara vez concede esa sensación. Jóvenes a los que se les ha dicho cómo pensar, cómo actuar, cómo vivir, mientras todo a su alrededor se vuelve cada vez más difuso, más relativo, más incierto. En ese contexto, hablar únicamente de normas, de estructura, de doctrina, puede resultar —no siempre, pero sí a menudo— insuficiente, porque antes de comprender, el ser humano necesita sentirse acogido, y antes de aprender, necesita saberse querido.
Y ahí es donde Effetá acierta, no como un tratado de teología ni como un fin en sí mismo, sino como un punto de partida. Es una sacudida emocional que abre una puerta que muchos ni siquiera sabían que tenían dentro. Es el primer paso de un camino que, si se recorre bien, debería continuar después con formación, comunidad y compromiso, pero sin ese primer paso, para muchos, no habría camino alguno.
Dentro de estos retiros he vivido cosas que resultan difíciles de encajar en una crítica simplista. He visto a una joven que rechazaba completamente a Dios descubrir, meses después, una vocación que la llevó a entregar su vida en un convento de clausura. He sido testigo de perdones imposibles, de heridas abiertas durante años que, en cuestión de horas, empezaban a cicatrizar. He visto lágrimas caer frente al Santísimo, no desde la culpa, sino desde el descubrimiento de un amor que no exige perfección previa. He escuchado confesiones durísimas, historias marcadas por el error y el dolor, que no encontraron juicio ni señalamiento, sino algo mucho más revolucionario: un abrazo.
Quizá eso es lo que incomoda, porque en un mundo acostumbrado a clasificar, etiquetar y condenar, la experiencia de ser acogido sin condiciones puede parecer sospechosa, demasiado blanda, demasiado emocional, demasiado poco exigente. Sin embargo, se olvida con facilidad que el cristianismo no comienza con una norma, comienza con un encuentro, y que sin ese encuentro cualquier estructura corre el riesgo de quedarse en un edificio vacío.
Es legítimo pedir que haya formación, y es necesario, porque la fe no puede sostenerse únicamente en la emoción, ya que la emoción es volátil. Pero también es cierto que, sin una experiencia personal, sin un impacto real en el corazón, la doctrina puede quedarse en teoría estéril, incapaz de transformar la vida de quien la escucha. Tal vez el error esté en plantearlo como una dicotomía entre cabeza o corazón, doctrina o experiencia, como si fueran caminos opuestos, cuando en realidad están llamados a encontrarse.
Effetá no es el final del camino, pero para muchos es el comienzo, y quizá eso sea lo que deberíamos preguntarnos: no si es perfecto, porque no lo es, sino si está ayudando a personas concretas a dar un paso hacia algo más grande que ellas mismas, si está despertando preguntas donde antes solo había indiferencia, si está abriendo grietas de luz en vidas que llevaban tiempo a oscuras.
Porque al final, y aunque a algunos les incomode admitirlo, al cielo no se llega por un único camino.
Se llega por muchos.
