
Hacía falta claridad. Y por fin ha llegado. Ya está bien.
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De regreso de su viaje pastoral por África, el Papa León XIV respondió a la ofensiva impulsada en Alemania por el cardenal Reinhard Marx para formalizar bendiciones de parejas homosexuales y otras uniones irregulares. La respuesta fue cristalina: la Santa Sede no está de acuerdo con bendiciones formalizadas de parejas más allá de lo ya permitido anteriormente. Es que no tiene más.
Hablando claro: se bendice a las personas, no a las uniones contrarias a la moral.
No es una cuestión de dureza. Es una cuestión de verdad. La Iglesia no puede llamar bien a lo que no lo es, ni envolver de incienso aquello que contradice su propia enseñanza moral. Bendecir a una persona es pedir para ella la gracia de Dios. Bendecir una unión objetivamente desordenada sería sembrar confusión.
Y la confusión lleva años haciendo estragos en la Iglesia.
Alemania ha querido empujar a toda la Iglesia por un descamino propio, presentando como progreso lo que en realidad es una degradación lenta. Una decadencia moral sin remisión. Sin embargo, la unidad no nace de adaptar la doctrina a cada presión cultural del momento. La unidad nace de Cristo, no importa lo que el mundo piense.
Ahí León XIV ha dado en la tecla. Unidad en Cristo. Se acabó el ceder permanentemente, se acabaron los experimentos pastorales que escandalizan a los fieles y desconciertan a quienes miran desde fuera. Se acabó el devaneo. Se acabó jugar con palabras ambiguas para contentar a todos y no iluminar a nadie.
La Iglesia abraza a cada persona. A cada una. Pero no puede bendecir el pecado como si fuera camino de santidad. Tema cerrado. Ahora toca anunciar el Evangelio sin complejos.
