La contundente respuesta de Elizalde a la crisis de la Iglesia en Vitoria

La contundente respuesta de Elizalde a la crisis de la Iglesia en Vitoria

Monseñor Juan Carlos Elizalde aprovechó la fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote para responder con claridad a la tensión interna que atraviesa la diócesis de Vitoria.

En una homilía cargada de llamadas a la comunión, defensa de la renovación eclesial y advertencias pastorales, el obispo tendió la mano al diálogo, pero también dejó frases de gran contundencia.

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La celebración tuvo lugar el pasado 28 de mayo en la Capilla Pública del Seminario de Vitoria, donde la diócesis homenajeó a los sacerdotes que este año cumplen 25, 50, 60 y 70 años de ministerio. El contexto no era menor. En las últimas semanas, la Iglesia alavesa ha vivido un intenso debate interno tras la difusión de una carta crítica atribuida a decenas de sacerdotes, una situación que ha situado en el centro de la actualidad eclesial la figura del obispo y el rumbo pastoral de la diócesis.

Sin mencionar directamente esa carta, Elizalde construyó una homilía que puede leerse como una respuesta profunda a ese momento eclesial. Lo hizo articulando su reflexión en torno a las tres palabras clave del Sínodo: comunión, participación y misión.

La comunión, eje de toda la respuesta

Desde el comienzo de la homilía, el obispo insistió en que la Iglesia debe partir de la identidad recibida de Cristo y no de proyectos humanos o intereses particulares.

«La comunión es antes don que tarea», afirmó, recordando que la Iglesia nace de la acción del Espíritu Santo y no de consensos humanos.

A partir de ahí lanzó una de las reflexiones más significativas de todo el discurso:

«Cuando no partimos de la comunión y de la identidad, todo es tarea, todo es trabajo humano, diseño de una Iglesia según nuestros criterios, equilibrios parlamentarios para sobrevivir y al final, cotas de poder».

La frase parece condensar buena parte de su visión sobre los conflictos actuales. Para Elizalde, el problema no es la existencia de sensibilidades distintas dentro de la Iglesia, sino el riesgo de perder de vista aquello que une a todos los bautizados.

Por ello defendió también el papel del obispo como garante de la unidad eclesial.

«Un sucesor de los apóstoles en comunión con Pedro y con todos los obispos del mundo garantiza la comunión de la Iglesia».

No fue casual que, en ese contexto, citara expresamente el reciente comunicado del Consejo de Presbiterio, que manifestó su apoyo y adhesión eclesial al pastor de la diócesis.

Una defensa de la renovación que vive la diócesis

Probablemente la afirmación más importante de toda la homilía fue la que dedicó a la realidad pastoral de Vitoria.

Frente a quienes presentan una diócesis en crisis o bloqueada, Elizalde reivindicó con fuerza los frutos que está viendo en numerosas comunidades.

«Nadie en su sano juicio puede negar que en la diócesis de Vitoria se está dando una eclosión de carismas, de gracias de conversión y de renovación eclesial».

Lejos de tratarse de una frase aislada, el obispo insistió en la misma idea inmediatamente después:

«En muchas comunidades y realidades nuevas está habiendo una pujanza y una vitalidad sorprendente».

Estas palabras permiten comprender una de las claves de fondo del actual debate diocesano. Elizalde no solo defiende su gestión, sino que sostiene que la diócesis está viviendo un momento de especial fecundidad espiritual y evangelizadora.

Por ello reivindicó también una forma concreta de ejercer el ministerio episcopal.

«Yo como obispo no quiero ser un gerente, ni un gestor, ni un supervisor de carismas».

Y añadió:

«Quiero liberar la libertad para que puedan seguir surgiendo los carismas del Señor, para acompañarlos con cariño y para ayudar a que se integren en esta Iglesia local».

“No tengo conciencia de reprimir ningún carisma”

Uno de los pasajes más relevantes de la homilía llegó cuando abordó directamente algunas de las críticas que se le han dirigido durante los últimos años.

«No tengo conciencia de reprimir ningún carisma, ni de haber descuidado nada que forme parte del patrimonio diocesano».

La frase constituye probablemente la respuesta más explícita a quienes le acusan de favorecer unas sensibilidades eclesiales frente a otras.

Sin embargo, lejos de encerrarse en una postura defensiva, el obispo introdujo inmediatamente una petición de perdón.

«Pero pido perdón si por torpeza lo he hecho o así se ha podido percibir y sufrir con dolor».

Lejos de ser una rectificación, la frase refuerza la idea de que Elizalde considera legítimo escuchar el sufrimiento de quienes no comparten determinadas decisiones pastorales, sin por ello renunciar al rumbo emprendido.

Una mano tendida al diálogo

Otro de los aspectos más destacados del discurso fue la reiterada invitación al encuentro personal y al diálogo.

«Yo tiendo mi mano hacia cada uno de mis hermanos sacerdotes que se sienta más alejado y menos valorado».

La invitación fue aún más concreta.

«Yo le abro mi corazón en la comunión de la Iglesia».

Y más adelante añadió:

«Mi casa, mi tiempo y mi corazón estarán abiertos al diálogo con quien se sienta más desplazado o marginado en mi ministerio episcopal».

Estas afirmaciones muestran que el obispo no busca una ruptura con los sectores críticos, sino que insiste en mantener abiertos los cauces de encuentro dentro de la vida eclesial.

La frase más dura de toda la homilía

Sin embargo, la llamada al diálogo convivió con algunas de las afirmaciones más contundentes pronunciadas por Elizalde en los últimos años.

La más llamativa fue probablemente esta:

«No vale refugiarse en la falta de sintonía con propuestas episcopales u orientaciones diocesanas para permanecer en una inactividad pastoral escandalosa».

La frase supone una crítica directa a quienes utilizan sus discrepancias con determinadas orientaciones diocesanas como argumento para reducir o abandonar su implicación pastoral.

El obispo reforzó esa idea con otra observación igualmente significativa.

«No hay en Álava enfermos para acompañar, familias a las que apoyar y jóvenes que necesitan consejo».

Más que una crítica personal, la reflexión apunta a la convicción de que la misión evangelizadora debe situarse por encima de los conflictos internos.

“No me defiendo a mí mismo, sino la fe de mi pueblo”

Quizá la frase que mejor resume el sentido de toda la homilía llegó al hablar de su responsabilidad como pastor.

«No me defiendo a mí mismo, sino la fe de mi pueblo».

Y añadió una reflexión que ayuda a entender el fondo de algunas de las tensiones actuales.

«A los pastores se nos confía la fe de los sencillos. Y esa es la que está en juego en algunos conflictos diocesanos».

Para Elizalde, por tanto, la cuestión principal no es su figura personal ni las diferencias entre grupos o sensibilidades, sino la protección de la fe del pueblo cristiano.

Una referencia a la “maniobra desleal y perniciosa”

La homilía concluyó con una referencia especialmente significativa al momento que atraviesa la diócesis.

Recordando una conversación mantenida durante el último retiro sacerdotal, el obispo explicó que quiere afrontar la situación actual «con discernimiento, caridad y firmeza».

Y añadió una expresión que no pasó desapercibida.

«Sin perder afecto por ninguno de los sacerdotes del presbiterio, aunque hubiera sido una maniobra desleal y perniciosa para el pueblo de Dios».

Pese a la dureza de las palabras, el mensaje final volvió a ser una llamada a la comunión y al trabajo compartido.

«Trabajar con pasión, pasión por Jesús y pasión por su pueblo, en la misión encomendada».

Una frase que resume el espíritu de una homilía que, más allá de responder a las críticas, quiso reivindicar la unidad de la Iglesia, la riqueza de los carismas y la prioridad de la misión evangelizadora en la diócesis de Vitoria.

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