Benedicto XVI: «Cada Estado tiene derecho a regular los flujos migratorios»

Benedicto XVI: «Cada Estado tiene derecho a regular los flujos migratorios»

El Papa defendió el respeto de los derechos fundamentales de todo emigrante, pero también recordó la responsabilidad de los Estados para ordenar la inmigración y habló de derechos y deberes en el proceso de integración.

La inmigración, la acogida, el control de las fronteras y la integración de quienes llegan a un nuevo país forman parte de un debate que continúa plenamente abierto. Benedicto XVI abordó estas cuestiones con especial profundidad en su mensaje para la Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado de 2013, publicado el 12 de octubre de 2012 bajo el lema «Migraciones: peregrinación de fe y esperanza».

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En aquel documento, el Pontífice presentó una reflexión que atendía tanto al sufrimiento de quienes se ven obligados a abandonar su tierra como a las responsabilidades de las sociedades de acogida y de los propios emigrantes.

«Todo emigrante es una persona humana que, en cuanto tal, posee derechos fundamentales inalienables que han de ser respetados por todos y en cualquier situación».

Fe y esperanza en quienes abandonan su tierra

Benedicto XVI comenzaba su reflexión poniendo el foco en las personas que emprenden el camino de la emigración. Para el Papa, detrás de muchos de estos desplazamientos existe una búsqueda de una vida mejor, pero también situaciones marcadas por el sufrimiento.

«Fe y esperanza forman un binomio inseparable en el corazón de muchísimos emigrantes, puesto que en ellos anida el anhelo de una vida mejor, a lo que se une en muchas ocasiones el deseo de querer dejar atrás la “desesperación” de un futuro imposible de construir».

El Papa señalaba que muchos emigrantes afrontan su viaje confiando en que Dios no los abandona. Una esperanza que, explicaba, puede hacer «más soportables las heridas del desarraigo y la separación».

Pero Benedicto XVI no reducía la cuestión migratoria únicamente a sus dificultades. También advertía de «los aspectos positivos, las buenas posibilidades y los recursos que comportan las migraciones».

Acoger, pero evitando «el riesgo del mero asistencialismo»

Uno de los aspectos en los que incidía Benedicto XVI era precisamente la integración.

Para el Pontífice, la respuesta de la Iglesia ante la inmigración no debía limitarse a prestar ayuda inmediata. Por ello afirmaba que la Iglesia y las instituciones inspiradas por ella estaban llamadas a «evitar el riesgo del mero asistencialismo».

El objetivo debía ser, según sus propias palabras, «favorecer la auténtica integración, en una sociedad donde todos y cada uno sean miembros activos y responsables del bienestar del otro».

Benedicto XVI consideraba que quienes llegan a un nuevo país no buscan únicamente mejorar su situación económica.

«No buscan solamente una mejora de su condición económica, social o política».

En muchos casos, recordaba el Papa, detrás de la emigración se encuentran «el miedo», «las persecuciones y la violencia», junto al «trauma del abandono de los familiares y de los bienes».

«El sufrimiento, la enorme pérdida y, a veces, una sensación de alienación frente a un futuro incierto no destruyen el sueño de reconstruir, con esperanza y valentía, la vida en un país extranjero».

«Cada Estado tiene el derecho de regular los flujos migratorios»

La reflexión de Benedicto XVI abordaba también directamente una de las cuestiones centrales del debate migratorio: la capacidad de los Estados para controlar la inmigración.

«Es cierto que cada Estado tiene el derecho de regular los flujos migratorios y adoptar medidas políticas dictadas por las exigencias generales del bien común, pero siempre garantizando el respeto de la dignidad de toda persona humana».

De esta manera, Benedicto XVI reconocía la potestad de los Estados para establecer políticas migratorias, pero vinculándola al respeto de la dignidad humana.

En el mismo mensaje defendía también el derecho de la persona a emigrar, recordando lo establecido por el Concilio Vaticano II.

Sin embargo, inmediatamente introducía otro concepto que consideraba incluso anterior: el derecho a no emigrar.

El «derecho a no emigrar»

«Antes incluso que el derecho a emigrar, hay que reafirmar el derecho a no emigrar, es decir, a tener las condiciones para permanecer en la propia tierra».

Para explicarlo, recuperaba unas palabras de Juan Pablo II:

«Es un derecho primario del hombre vivir en su propia patria. Sin embargo, este derecho es efectivo sólo si se tienen constantemente bajo control los factores que impulsan a la emigración».

Benedicto XVI enumeraba algunas de las causas que llevan a millones de personas a abandonar sus países: «la precariedad económica, la falta de bienes básicos, los desastres naturales, las guerras y los desórdenes sociales».

Cuando esto ocurre, advertía, la emigración puede dejar de ser una decisión verdaderamente libre.

«En lugar de una peregrinación animada por la confianza, la fe y la esperanza, emigrar se convierte entonces en un “calvario” para la supervivencia, donde hombres y mujeres aparecen más como víctimas que como protagonistas y responsables de su migración».

Integración: «derechos y deberes»

El mensaje de Benedicto XVI tampoco entendía la integración como una responsabilidad exclusiva de la sociedad que recibe al emigrante.

El Papa advertía de que numerosos emigrantes viven «en condiciones de marginalidad y, a veces, de explotación y privación de los derechos humanos fundamentales», pero también hacía referencia a quienes «adoptan conductas perjudiciales para la sociedad en la que viven».

Y resumía así cómo debía producirse la integración:

«El camino de la integración incluye derechos y deberes, atención y cuidado a los emigrantes para que tengan una vida digna, pero también atención por parte de los emigrantes hacia los valores que ofrece la sociedad en la que se insertan».

Una formulación en la que Benedicto XVI planteaba la integración como una responsabilidad recíproca: protección de la dignidad y los derechos de quienes llegan y, al mismo tiempo, respeto hacia la sociedad de acogida.

La inmigración irregular y la trata de personas

Benedicto XVI dedicaba también una parte específica de su mensaje a la inmigración irregular.

«No podemos olvidar la cuestión de la inmigración irregular».

El Papa señalaba especialmente aquellos casos en los que esta «se configura como tráfico y explotación de personas, con mayor riesgo para mujeres y niños».

Ante estas situaciones era contundente:

«Estos crímenes han de ser decididamente condenados y castigados».

Sin embargo, Benedicto XVI advertía también contra una política migratoria basada exclusivamente en impedir la entrada de inmigrantes.

Defendía «una gestión regulada de los flujos migratorios» que «no se reduzca al cierre hermético de las fronteras, al endurecimiento de las sanciones contra los irregulares y a la adopción de medidas que desalienten nuevos ingresos».

Según Benedicto XVI, una política de este tipo podría «al menos limitar para muchos emigrantes los peligros de caer víctimas del mencionado tráfico».

Vías legales y protección humanitaria

El Pontífice concretaba además algunas de las medidas que consideraba necesarias para responder al fenómeno migratorio.

Pedía «intervenciones orgánicas y multilaterales en favor del desarrollo de los países de origen» y «medidas eficaces para erradicar la trata de personas».

También reclamaba «programas orgánicos de flujos de entrada legal» y una «mayor disposición a considerar los casos individuales que requieran protección humanitaria además de asilo político».

Para Benedicto XVI, por tanto, la respuesta debía actuar simultáneamente sobre las causas que provocan la emigración, la lucha contra las redes de explotación, la existencia de vías legales y la atención a quienes necesitan protección.

«La solidaridad universal [...] es también un deber»

En el centro de toda esta reflexión permanecía la dignidad de la persona.

Benedicto XVI recordaba que los emigrantes esperan «encontrar acogida», «obtener ayuda solidaria» y encontrarse con personas dispuestas «a compartir humanidad y recursos materiales con quien está necesitado y desfavorecido».

Y recuperaba una afirmación de Caritas in veritate:

«La solidaridad universal, que es un hecho y un beneficio para todos, es también un deber».

El Papa concluía su mensaje dirigiéndose directamente a los emigrantes y pidiéndoles que mantuvieran la esperanza en medio de las dificultades.

«No perdáis la oportunidad de encontrarlo y reconocer su rostro en los gestos de bondad que recibís en vuestra peregrinación migratoria».

Una reflexión sobre la inmigración en la que Benedicto XVI conjugaba la acogida y la protección de la dignidad de quienes emigran con el derecho de los Estados a regular los flujos migratorios, la necesidad de una integración basada en derechos y deberes y el que consideraba un derecho todavía más primario: poder permanecer dignamente en la propia tierra.

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