
El prelado noruego subraya que la sociedad contemporánea pierde el sentido del compromiso permanente y denuncia que las relaciones se contemplan como transacciones pragmáticas que cesan cuando desaparece el beneficio.
Erik Varden, obispo de Trondheim (Noruega), ha reivindicado la fidelidad matrimonial como uno de los testimonios más poderosos que las familias cristianas pueden ofrecer a una sociedad que teme el compromiso permanente. El prelado publicó sus reflexiones el 15 de octubre, tras participar en el encuentro de presidentes de conferencias episcopales celebrado en Roma con motivo del décimo aniversario de Amoris Laetitia.
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Sábado, 17 de octubre
Varden aclaró que sus consideraciones son personales y no representan las conclusiones oficiales de la asamblea episcopal, cuyo informe estaba pendiente de publicación. Aun así, sus análisis ofrecen una perspectiva de peso sobre los desafíos que afrontan las familias de hoy, la preparación de los jóvenes para el matrimonio y el acompañamiento pastoral en situaciones difíciles.
El obispo señaló que las dificultades familiares no responden únicamente a factores económicos, culturales o sociológicos. Existe un problema más profundo relacionado con la pérdida de una comprensión compartida de lo que significa ser humano. Según Varden, "excepto dentro de grupos de interés, es difícil hallar palabras compartidas para describir qué es una mujer, un hombre, un hijo".
El prelado lamentó especialmente que las relaciones se contemplen cada vez más como transacciones pragmáticas que cesan cuando desaparece el beneficio. "Las personas permanecen juntas mientras obtienen algún beneficio o satisfacción, luego avanzan", explicó. En ese contexto, advirtió de que comprometerse para toda la vida puede llegar a parecer absurdo, fenómeno que vinculó directamente a la pérdida de conciencia de que la propia existencia es un don.
Con todo, Varden identificó también una tendencia esperanzadora entre jóvenes y adultos hastiados de las relaciones pasajeras. Su experiencia pastoral le muestra que muchas personas, de distintas edades, buscan una verdad sobre la que edificar sus vidas, rechazando lo efímero.
El obispo dedicó una reflexión específica a la influencia de la pornografía en la formación afectiva de los jóvenes. Varden consideró que la exposición temprana a universos donde la sexualidad se presenta como objeto de consumo, donde el deseo es constantemente intercambiable pero siempre físicamente perfecto y donde la romanticidad brilla por su ausencia, genera un obstáculo formidable para el amor real.
"Cuando uno ha sido acosado desde la infancia por un universo de lujuria en el que el sexo es materia de consumo, en el que el objeto del deseo es constantemente intercambiable pero siempre físicamente perfecto, de donde la romanticidad está ausente, es un paso masivo, tal vez insuperable, entrar en una relación duradera y fiel con un ser humano concreto, falible y necesitado", afirmó.
No obstante, Varden refirió una experiencia pastoral alentadora: desde la publicación de su libro Chastity hace tres años, ha encontrado en distintos países numerosos jóvenes interesados en comprender el significado de la castidad. "Buscan amistad y un amor estable", afirmó, aunque matizó que no se trata necesariamente de una tendencia mayoritaria, sino de una corriente creciente que merece atención.
Para acompañar a esos jóvenes, defendió un lenguaje de verdad que nombre las cosas con serenidad, sin violencia ni desesperanza, y la necesidad de ayudarles a reconciliarse con su propia identidad y corporalidad. "Si queremos preparar a los jóvenes para el matrimonio, primero debemos ayudarles a encontrar paz consigo mismos", subrayó.
Al abordar los primeros años del matrimonio, Varden relató el caso de una pareja que, antes de casarse, pasó un fin de semana en una cabaña compartiendo abiertamente sus respectivas historias personales, incluidos errores, fracasos y triunfos. El propósito era garantizar que ningún obstáculo del pasado no reconocido pudiera emerger después en la vida común.
El obispo presentó esa experiencia como un ejemplo de sinceridad capaz de prevenir conflictos posteriores y fortalecer el fundamento matrimonial. "La esencia del amor es saber que puedo ser quien soy, sin máscaras, y aun así ser amado", explicó, destacando que esa vulnerabilidad compartida es lo que caracteriza el amor genuino tal como Dios mismo lo practica.
Varden subrayó que el rito matrimonial pregunta: "¿Habéis venido aquí libremente?" La libertad en que se cimenta la validez sacramental exige que los esposos sepan realmente a quién están desposando. La transparencia radical antes del matrimonio es una inversión esencial en la solidez futura de la unión.
El prelado recordó que el matrimonio implica aceptar el sufrimiento que puede acompañar al amor conyugal y a la paternidad, sin que ello borre la belleza de la vocación. "Cualquier amor conyugal y paternal implica sufrimiento. Traspasará el corazón. Exigirá que la vida sea derramada para que otros vivan", afirmó.
En esa línea, destacó que la unión matrimonial exige un cambio progresivo de lenguaje y mentalidad: aprender a sustituir el "yo quiero" por el "nosotros queremos", y el "yo tengo" por el "nosotros tenemos". Ese tránsito hacia la primera persona del plural es lo que marca verdaderamente el comienzo de una vida matrimonial.
Varden insistió en que los matrimonios necesitan una comunidad que los sostenga, sobre todo cuando surgen dificultades. Por ello, atribuyó a las parroquias una responsabilidad concreta: ofrecer ayuda práctica, cercanía, sentido del humor y consejo compasivo. "Las parejas no deben verse como autosuficientes, esperando generar todos sus propios recursos y contentamiento", advirtió.
Al referirse a las situaciones familiares complejas, el obispo pidió evitar una visión idealizada del matrimonio que ignore sus dificultades reales. Comparó la vida matrimonial con la monástica: ambas exigen afrontar las pruebas con realismo, paciencia y disposición a cambiar.
Según Varden, los problemas pueden convertirse en ocasiones para superar el egoísmo y purificar el amor, siempre que las personas sean capaces de mirar más allá del sufrimiento inmediato y situarlo en la perspectiva más amplia de la propia conversión. "Cuando las cosas son difíciles, contraemos nuestra perspectiva. Vemos solo nuestro dolor presente, no el camino que puede extenderse más allá", explicó.
El prelado señaló que la literatura monástica primitiva, como los Dichos de los Padres del Desierto, ofrece una pedagogía realista y experimental que podría adaptarse para las familias. Sugirió compilar una colección de apotegmas para el contexto familiar, "mostrando cómo las pruebas pueden manejarse constructivamente a la luz de los mandamientos de Cristo y su gracia eficaz".
Varden abordó específicamente la situación de los católicos que mantienen relaciones consideradas irregulares por la Iglesia. Defendió comunidades capaces de reconocer esas circunstancias sin relativizarlas, pero acogiendo a las personas con amistad cristiana y permitiéndoles participar en la vida comunitaria.
El obispo elogió el ejemplo de fieles que, domingo tras domingo, suben a recibir bendición en el momento de la Comunión, sabiendo que no pueden acceder al sacramento, pero encomendándose a la misericordia de Dios que obra en la Iglesia. "Su ejemplo de fidelidad edifica mucho a la comunidad cristiana. Testimonia el realismo vital del sacramento y la virtud de la esperanza", afirmó.
En la última parte de su reflexión, Varden sostuvo que la misión principal de la familia cristiana consiste en dar testimonio de un amor estable. "Una familia es misionera, por tanto, principalmente por su fidelidad", afirmó con énfasis.
El prelado explicó que la promesa matrimonial de permanecer unidos hasta la muerte hace visible en la historia la fidelidad del amor de Dios. En una época en que muchas estructuras tradicionales de cohesión social se desintegran, esa misión adquiere una importancia vital: "Por prometer permanecer fieles el uno al otro hasta la muerte, marido y mujer instancian en la historia la realidad del amor de Dios".
Junto a la fidelidad, destacó la hospitalidad como otra dimensión esencial de la misión familiar. Varden animó a los hogares cristianos a abrirse a otras personas y a mantener vínculos con la comunidad eclesial, no como espacios cerrados sino como lugares donde se genera vida nueva y se transmite la fe.
El obispo señaló también la necesidad de facilitar que las parejas jóvenes puedan tener hijos mediante medidas concretas: vivienda asequible, cuidado infantil y educación accesible. "Esto no es solo una cuestión pastoral, sino también política", subrayó.
Varden concluyó reivindicando la importancia de los pequeños actos cotidianos de fidelidad, que renuevan constantemente la decisión de amar asumida en el matrimonio. "No se trata de estar continuamente extasiado de felicidad", aclaró, sino de honrar los compromisos mediante acciones pequeñas pero consistentes que permiten afrontar las dificultades desde la esperanza cristiana.
El testimonio de una familia que persevera en el amor, incluso cuando su vivencia es ardua, ofrece un contramodelo profundo a una sociedad que contempla todas las relaciones como transacciones. Las familias fieles, concluyó, no son un relicto del pasado, sino un signo profético del Evangelio para el presente.
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