No es tolerancia, es hipocresía: carta de un joven católico

No es tolerancia, es hipocresía: carta de un joven católico

Javier Ruiz Arregui

Redactor Jefe

La polémica surge tras la 40ª edición de los Premios Goya, celebrada en Barcelona, donde la actriz y humorista Silvia Abril afirmó que le daba “pena” que los jóvenes se “agarren en la fe cristiana” y calificó esa adhesión como una “carencia”, además de referirse a la Iglesia como un “chiringuito” y concluir con un “vayan saliendo”. Sus palabras, pronunciadas en el marco de una intervención sobre cine, generaron una inmediata reacción pública y reabrieron el debate sobre los límites del humor y el respeto a la libertad religiosa en el espacio cultural.

Llamar “carencia” a la fe de millones de personas no es humor. Es desprecio. Y cuando ese desprecio se dirige explícitamente a la juventud, la respuesta no puede ser tibia.

Usted afirmó: “Me niego a aceptar que la juventud que sube tenga esa carencia y esa tirada hacia lo cristiano. (…) Me da pena que necesiten creer en algo y se agarren en la fe cristiana. (…) Lo siento por la Iglesia, menudo chiringuito tenéis montado. Se acabó, se acabó, vayan saliendo.” 

No fue una reflexión cultural. Fue una burla.
No fue una crítica teológica. Fue una caricatura.

Y como usted habló de la juventud, aquí estoy: soy joven. Y soy católico.
No por inercia. No por imposición. No por miedo.
Por convicción.

Decir que creer es una “carencia” implica algo muy concreto: que quienes creemos estamos incompletos, que necesitamos un apoyo emocional para suplir una supuesta debilidad intelectual. Es un paternalismo ideológico revestido de superioridad moral. Usted no habló desde el respeto; habló desde la condescendencia.

La fe no es un déficit.
Es una elección libre.
Es un don que se nos regala y que aceptamos libremente.

Creer no es una huida, ni una falta de criterio, ni una necesidad emocional mal gestionada. Es una decisión consciente. Es una respuesta personal ante algo que trasciende lo material.

Lo verdaderamente revelador no es que usted critique el cristianismo. Es que lo hace con la seguridad de quien sabe que no habrá consecuencias. Porque el cristianismo se ha convertido en el único credo del que uno puede burlarse en una gala retransmitida sin que nadie hable de discurso de odio.

Nunca se atreverían a describir como “carencia” la adhesión a otras religiones.
Nunca se atreverían a ridiculizar públicamente la fe de otras comunidades creyentes.

No porque unas merezcan más respeto que otras, sino porque saben que habría reacción. Porque el respeto, en determinados entornos culturales, no es un principio universal: es un perímetro selectivo.

La valentía sin riesgo no es valentía. Es comodidad.

Eso tiene un nombre, aunque incomode: cristianofobia cultural normalizada.

Y esta normalización no surge de la nada. Es coherente con un clima institucional cada vez más evidente. En España, el Gobierno felicita públicamente el Ramadán —y está en su derecho de hacerlo—, pero guarda silencio ante el inicio de la Cuaresma, como si la tradición religiosa que ha marcado nuestra historia, nuestro patrimonio y nuestro calendario fuera algo que debe gestionarse con pudor o directamente invisibilizarse.

No se trata de enfrentar confesiones. Se trata de señalar una incoherencia.
En un país de raíces profundamente cristianas, lo único que parece incomodar en el espacio público es precisamente lo cristiano.

Cuando desde las instituciones se normaliza esa asimetría, el mensaje es claro: unas expresiones religiosas suman diversidad; otras estorban.

Sí, es grave que no se respete mi fe.
No porque necesite un trato privilegiado, sino porque el respeto debería ser el suelo mínimo de convivencia en una sociedad que se proclama plural.

Lo grave no es la crítica. Lo grave es la descalificación sistemática.
Lo grave es que creer sea presentado como una “carencia”.
Lo grave es que, cuando uno discrepa o simplemente no comparte el marco ideológico dominante, la respuesta no sea el debate, sino la etiqueta: “fascista”, “ultraderechista”… otros términos que todos conocemos.

Ese mecanismo no busca argumentar. Busca deslegitimar.
No pretende dialogar. Pretende señalar.

Y cuando se normaliza que una fe pueda ser ridiculizada mientras al creyente se le coloca automáticamente bajo sospecha moral por no pensar como el guion oficial, el problema ya no es religioso: es democrático.

Mientras tanto, en la misma gala en la que se pontificó sobre conflictos internacionales y amenazas ideológicas, no hubo una sola mención al accidente ferroviario de Adamuz, una tragedia nacional que ha generado debate sobre responsabilidades políticas. Se habla de lo que interesa. Se calla lo que incomoda. También eso es una forma de selección moral.

“Vayan saliendo”, dijo usted.

¿Salir de dónde exactamente?
¿De la cultura?
¿Del debate público?
¿De nuestra propia historia?

No vamos a salir. Porque no estamos ocupando nada que no nos pertenezca también.

Mi generación no necesita que le expliquen en qué debe creer para ser considerada moderna. No necesita esconder su fe para encajar en un entorno cultural que confunde pluralidad con uniformidad ideológica. Ser joven y católico no es una anomalía ni una carencia. Es una decisión libre en una sociedad que presume de libertad.

Usted tiene derecho a no creer. Tiene derecho a criticar la Iglesia. Pero no tiene derecho a apropiarse del discurso del respeto mientras lo niega a quienes no piensan como usted.

La tolerancia que solo protege a los afines no es tolerancia. Es hipocresía.
Y la hipocresía, cuando se disfraza de superioridad moral, acaba retratándose sola.

No somos una carencia.
No somos un chiringuito.
Y no vamos a “salir”.

Y a diferencia de ustedes, que se permiten burlarse de lo que para millones de personas es sagrado, nosotros no responderemos con desprecio. Rezaremos por usted. Rezaremos para que la fe que hoy ridiculiza pueda algún día iluminarle lo suficiente como para comprender y respetar a tanta gente que no piensa como usted, pero que sí sabe convivir.

La fe no es una anomalía.
La incoherencia sí lo es.

Javier, un joven católico que no tiene ningún complejo en respetar a los demás, aunque no siempre reciba el mismo respeto.

Iglesia Noticias no se hace cargo de las opiniones de sus colaboradores, que no tienen por qué coincidir con su línea editorial.
Comentarios
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Iker Cruz
1 hora hace
Es inaceptable que se descalifique la fe de millones como una "carencia". Esa burla no solo es condescendiente, sino profundamente irresponsable en un contexto donde la diversidad debería ser respetada. Necesitamos un diálogo real y auténtico, donde todas las creencias puedan coexistir sin miedo a ser ridiculizadas.
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