
El otro día fui padrino de bautismo de mi sobrina recién nacida. Me encontré con un problemita administrativo. Algo que debería ser sencillo, una familia que pide para su hija el primer sacramento de la vida cristiana, terminó convirtiéndose en una pequeña peregrinación por varias parroquias. La razón: que estamos en Cuaresma, y en Córdoba, la ciudad donde vivo, no es habitual celebrar bautizos en este tiempo litúrgico. Mi hermana tuvo que ir preguntando de parroquia en parroquia hasta encontrar finalmente un sacerdote dispuesto a celebrarlo.
La disciplina litúrgica de la Iglesia aconseja, efectivamente, celebrar los bautismos en otros tiempos del año. Tiene su lógica pastoral. Nadie discute eso. Lo que resulta difícil de entender es que esa recomendación termine convirtiéndose en una cadena de negativas que obliga a una familia a buscar casi con lupa a un sacerdote que simplemente abra la puerta.
Porque cuando una familia que quiere bautizar a su hija recibe un “no” tras otro, lo que percibe no es pedagogía litúrgica. Percibe distancia. Percibe frialdad. Percibe que la Iglesia, en lugar de facilitar el acceso a la gracia, parece funcionar como una administración que regula trámites.
Y este es el verdadero problema: no es un caso aislado. Demasiadas personas guardan experiencias similares. Padres a los que se les complicó innecesariamente el bautismo de un hijo, novios que acabaron desistiendo de casarse por la Iglesia después de enfrentarse a requisitos interminables, familias que han encontrado dificultades incluso para enterrar cristianamente a un ser querido. No siempre hay mala intención, pero el resultado pastoral es devastador.
Conviene recordarlo con claridad: los sacramentos no son propiedad de un despacho parroquial ni un trámite que se concede o se retrasa según convenga. Son dones de la Iglesia para los fieles. Y cuando alguien los pide con recta intención, lo primero que debería encontrar es acogida.
La Iglesia no puede permitirse aparecer como una institución que pone palos en las ruedas a quien se acerca. Si una familia llama a la puerta para bautizar a su hijo, ese momento debería ser motivo de alegría pastoral.
Porque en una época en la que tantos se alejan de la fe, convertir la burocracia eclesiástica en la primera barrera es, sencillamente, un error pastoral de enormes proporciones.
