
La noticia sacude el tablero mundial: la muerte de Alí Jamenei tras una operación atribuida a Estados Unidos en coordinación con Israel. Un líder totalitario menos, pero un problema más sobre la mesa.
No se trata de celebrar ni de escandalizarse. Hay que pensar en cristiano. Ya pasó con Maduro.
Jamenei encabezaba una teocracia represiva. Un Estado donde la fe no es propuesta, sino impuesta. Donde disentir podía costarte la libertad. Donde la religión, en vez de elevar al hombre, era utilizada como instrumento de poder. Eso no es defensa de Dios. Eso es instrumentalizar a Dios.
Pero una cosa es denunciar un régimen fanático y otra justificar su eliminación violenta.
El cristianismo no es maquiavélico. El fin no justifica los medios, aunque el fin suene noble. No creo que matar sea bueno aunque el resultado parezca conveniente. La vida humana, incluso la del tirano, no puede ser un botón que se pulsa en nombre de la libertad.
Aquí es donde el debate se vuelve incómodo. ¿Puede ser legítimo apartar a un líder totalitario? Sí. ¿Puede ser necesario frenar un sistema opresivo? También. ¿Debe hacerse necesariamente a tiros? Ahí es donde el cristiano levanta la mano y dice: cuidado.
En oriente no se entiende lo de la otra mejilla, son más del ojo por ojo, la espiral no se va a detener en el objetivo inicial. La violencia rara vez se queda donde empezó. y es posible que se alce una guerra potente.
Eliminar a un líder puede parecer una solución rápida. Pero la historia enseña que las balas no construyen paz duradera. Solo aplazan conflictos o los multiplican. LSinceramente, me asusta la posible escalada. El fuego cruzado nunca golpea solo a los poderosos, lo hace a los pueblos. Y ahí es donde debemos ser claros. Un cristiano no puede justificar la guerra con ligereza, ni tampoco bendecir la violencia porque el adversario sea oscuro. Denunciemos la teocracia opresiva y defendamos la libertad religiosa. Exijamos Estados que no impongan conciencias. pero no con violencia.
Además, este episodio vuelve a poner sobre la mesa algo que Occidente parece olvidar y Oriente Medio sufre: la confusión entre Estado y religión es una bomba de relojería.
Un Estado que impone una fe deja de servir al bien común. Empieza a vigilar conciencias. A castigar discrepancias. A confundir ortodoxia religiosa con obediencia política. Eso no protege a Dios. Eso degrada la religión y encadena al ciudadano.
El cristianismo no necesita policías para existir. Necesita libertad. Un Estado laico, no laicista, ni anticristiano, sino laico, es precisamente el espacio donde la fe puede ser libre, donde nadie es forzado, aqui creer no es obedecer al régimen. La fe impuesta se convierte en ideología. Y la ideología con poder absoluto siempre ha terminado en represión.
Ahora bien, tampoco podemos ser ingenuos. El mundo no es un convento. Hay amenazas reales, regímenes agresivos, decisiones dramáticas. Pero precisamente por eso el cristiano no puede dejarse arrastrar por la lógica fría del tablero geopolítico. Nuestra confianza no está en la ingeniería militar. Está en Dios. Y desde esa fe actuamos con prudencia, justicia y responsabilidad.
Pero no olvidemos que cuando la sangre se convierte en herramienta política, todos terminamos más lejos de la paz. El cristianismo no se construye con misiles. Se construye con verdad, libertad y una firme negativa a que el mal marque las reglas del juego.
