
Hay algo que chirría. Y mucho.
Llega la Semana Santa y las calles se llenan. En Córdoba —y en media Andalucía— no cabe un alfiler. Trajes impecables, miradas emocionadas, silencios solemnes, incienso perfumando las calles... Todo parece perfecto. Todo parece fe. Pero no lo es.
Porque esa misma multitud que se agolpa ante un paso desaparece el domingo en la misa. Esa devoción encendida ante mi Cristo o mi Virgen cuando pasa por las calles de la ciudad, se apaga en cuanto hay que arrodillarse ante el Sagrario. Mucho incienso en la calle… y muy poco en el alma. Y ahí está la herida. Como dice Isaias: “Este pueblo me honra con los labios pero su corazón está lejos de mí”.
La Semana Santa no es folclore. No es estética. No es una tradición bonita para lucirse unos días al año. Es la culminación de la Cuaresma. Es el corazón de la fe cristiana: la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. Si eso no transforma la vida, todo lo demás es teatro.
Sí, las procesiones son buenas. Son necesarias. Son una catequesis viva que ha sostenido la fe de generaciones. Pero cuando se convierten en un sustituto de la vida cristiana —y no en su expresión—, algo se ha roto; “El fundamento de toda verdadera cultura es la búsqueda de Dios y la disponibilidad para escucharle” (Benedicto XVI). La fe cristiana se hizo cultura y pervivió pero si solo nos quedamos con la cultura… La Fe puede morir… a manos de la cultura.
No se puede vivir de espaldas a Dios once meses y medio y pretender arreglarlo en una semana de emociones intensas. No se puede amar a Cristo en la imagen y despreciarlo en la Eucaristía. No se puede presumir de devoción y olvidar los mandamientos, la caridad, la oración…
Eso no es fe. Es hipocresía.
Y no pasa nada por decirlo.
Porque la fe no se mide por lo que se ve en la calle, sino por lo que sucede en lo escondido. En el silencio. En la vida diaria. En el esfuerzo por convertirse, por rezar, por amar mejor.
La Semana Santa no necesita más público. Necesita más conversión.
Menos aplauso vacío… y más corazones llenos.
