En recuerdo de un hombre incómodo

En recuerdo de un hombre incómodo

Víctor V. Espinar

Reportero de Actualidad Religiosa y Conflictos

Hay recuerdos que no se aquietan con el paso del tiempo. No se suavizan ni se acomodan en la nostalgia. Permanecen, más bien, como una pregunta abierta. Así sucede, justo un año después de su fallecimiento, con la figura del Papa Francisco. Cuya memoria no invita tanto a la evocación complaciente, sino a la incomodidad de quien se sabe interpelado.

No fue un pontificado fácil de digerir. Tampoco pretendió serlo. En una época inclinada a la afirmación constante y al reconocimiento inmediato, Francisco introdujo un lenguaje distinto, casi ajeno a la lógica dominante. Habló de periferias cuando el centro parecía absorber toda la atención. Insistió en la necesidad de salir cuando muchos preferían resguardarse. Y situó a los últimos en el lugar que, durante demasiado tiempo, habían ocupado los márgenes.

Para muchos jóvenes que pertenecemos a una generación educada en la incertidumbre y, en no pocas ocasiones, en la desconfianza hacia las instituciones, Francisco no fue solo un Papa. Fue alguien que habló un lenguaje distinto, reconocible, que no se quedaba en lo abstracto ni en lo puramente doctrinal, sino que aterrizaba en la vida real, en las personas concretas, en quienes quedaban fuera del foco. Insistió en una Iglesia “en salida”, no como lema, sino como actitud, como una forma de estar que obliga a abandonar la comodidad y a acercarse a las periferias, tanto las geográficas como las espirituales, donde se concentran muchas de las heridas de nuestro tiempo.

Ese planteamiento tenía consecuencias claras, porque no se trataba solo de abrir espacios, sino de cambiar la lógica, de pasar de una Iglesia que observa a una que acompaña, de una que señala a una que escucha. Francisco puso en el centro la misericordia, no como concesión, sino como punto de partida, recordando que la fe no se entiende sin cercanía y que la única manera legítima de situarse por encima de otro es cuando se le tiende la mano para ayudarle a levantarse.

Francisco incomodó, sobre todo, porque cuestionó la tentación de instalarse. Recordó que la Iglesia no existe para sí misma, ni para preservar una imagen, ni para asegurar una posición. Existe, en última instancia, para los demás. Y esa afirmación, tan sencilla en apariencia, tiene consecuencias profundas.

Ese modo de entender la Iglesia no fue recibido de manera unánime. Y, por ello, no sorprendieron las críticas que recibió a lo largo de su pontificado. Se le atribuyeron etiquetas que intentaban reducir su mensaje a categorías simplistas: liberal, comunista y un peligro para la tradición. En el fondo, estas críticas reflejaban la incomodidad que provocaba, porque obligaba a revisar posiciones asentadas y a reconocer que, en muchas ocasiones, se había perdido de vista lo esencial.

Un año después de su muerte esas críticas persisten, como persiste también la tendencia a medir su legado en comparación con otros pontífices. Sin embargo, ese ejercicio suele ignorar lo esencial: que cada Papa responde a una necesidad concreta, a un momento histórico irrepetible y que la continuidad de la Iglesia no se construye en la repetición, sino en la fidelidad a una misión sobrehumana que atraviesa los siglos. 

También incomodó con su forma de vivir. Rechazó los lujos, evitó la distancia y apostó por una sencillez que no era un gesto, sino una manera coherente de entender su responsabilidad. A los jóvenes, en particular, nos dejó un mensaje claro en un mundo que empuja constantemente hacia la exposición y el reconocimiento: no buscar el aplauso, no medir el valor propio en función de la visibilidad y entender que los cambios reales empiezan en lo pequeño.

Su última aparición pública confirmó esa coherencia. Aquel Domingo de Resurrección, enfermo y visiblemente debilitado, decidió recorrer la Plaza de San Pedro para saludar a la multitud que allí se concentraba, en un gesto que no buscaba protagonismo, sino cercanía. Estar, una vez más, con los demás. No dejar de cumplir con lo que había sido el eje de todo su pontificado.

Fue su última lección. La de quien, pudiendo retirarse, decide permanecer. La de quien entiende su responsabilidad no como un privilegio, sino como una forma de servicio que no se suspende ante la fragilidad propia.

Tal vez por eso su recuerdo no termina de asentarse en la tranquilidad. Porque sigue señalando una dirección exigente. Porque insiste en que la Iglesia avanza, no cuando se protege, sino cuando se expone. Y porque recuerda, de manera incómoda pero necesaria, que todos —sin excepción— estamos necesitados de aquello mismo que estamos llamados a ofrecer.

Y quizá ahí esté lo más valioso de su legado para mi generación. No en grandes discursos ni en ideas difíciles de aplicar, sino en una consigna directa, casi provocadora, que resumía todo lo anterior: “hagan lío”. No como un gesto de rebeldía vacía, sino como una invitación a no quedarse quietos, a no conformarse, a incomodar cuando sea necesario y a implicarse de verdad en la transformación del mundo.

Ese es, probablemente, el recuerdo que muchos jóvenes guardamos con más fuerza. El de alguien que nos pidió movernos. Que nos pidió no mirar hacia otro lado.

Que nos pidió, en definitiva, salir de nosotros mismos.

Iglesia Noticias no se hace cargo de las opiniones de sus colaboradores, que no tienen por qué coincidir con su línea editorial.
Comentarios
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Daniel Calvo
30 minutos hace
La figura del Papa Francisco debería ser una invitación a la reflexión crítica y no a la nostalgia complaciente. Su legado de incomodidad y cercanía nos interroga: ¿estamos dispuestos a desafiar nuestras zonas de confort y escuchar las voces que aún claman en los márgenes?
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